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24 enero 2025
pos marxismo y revolución
20 enero 2025
La dictadura de las mayorías
En los últimos tiempos estamos asistiendo a un hecho singular de la realidad argentina. Quizás no tan singular por lo novedoso sino más bien por lo acentuado. Un fenómeno argentino y también (con mayor o menor participación) universal en este comienzo de siglo. Y es que vivimos en medio de la protesta pero de una protesta un poco incomprensible por no decir caprichosamente infantil... claro, uno dice esto no porque esté en contra de la protesta sino porque también habría que protestar contra los que protestan.
El caso más patético es sin dudas el de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires donde la protesta empezó antes de que asumiera el recientemente electo Jefe de Gobierno (uno de los líderes de la "nueva derecha", el simpático y exitoso Mauricio Macri). Ahora bien, Mauricio Macri no ganó en buena ley las elecciones de la Ciudad? De que se quejan los que lo votaron? Y digo los que lo votaron porque es así, el rechazo a Macri ya es parte de la subjetividad de los porteños porque incluye a muchos de sus electores. Que pasa entonces? Pasa que pasamos de una campaña publicitaria a otra y la opinión de la gente también se mide por minuto en esta sociedad con Síndrome de Down. En el tema del campo pasa lo mismo, si es la oligarquía... pero la oligarquía no son miles de personas. Los que cortan las rutas y participan de las asambleas también son parte del pueblo... son (como bien dijo un intendente del interior de la Provincia de Buenos Aires) los mismos que votaron a la actual presidenta y que gestionaron exenciones y condonaciones de deudas hipotecarias en la gestión de su marido. Claro aparecen los padres de este mamarracho, después los críticos de los padres y después los apologetas de los críticos y de los padres, y los críticos de los críticos y los apologetas... todos impresentables (sin excepción) sin ninguna autoridad moral porque nunca hicieron nada que no fuera medrar de manera oportunista con la realidad (triste realidad generalmente).
Recuerdo que en el artículo anterior califiqué a esta democracia de "esquizofrénica", ahora no tengo problema de calificar a parte del pueblo de imbécil. (Si seguramente soy un iluminado... pero como decía mi abuela andaluza: todos los refranes son ciertos, y tal vez será que "en el país de los ciegos el tuerto es rey" y yo no digo dos pero un ojo creo que tengo).
La dominación es un tema viejo, más viejo que la Nación y la República, pero sucede que la dominación si que evoluciona y después de las dictaduras de los ochenta llegó al cenit de la perfección: una dictadura legal, legitimada, la dictadura de las mayorías idiotizadas a drede, que están a merced de los medios de comunicación, el sistema educativo y el narcotráfico. Me dio realmente ternura ver los afiches de la Juventud Peronista satirizando a TN y a Clarín... a quién apoyó TN y Clarín en las últimas elecciones presidenciales? Qué hizo con los medios de comunicación el anterior gobierno del esposo de "la señora"? Nada, les renovó el monopolio no ya al Grupo Clarín si no al mismo Hadad a "Torneos y Competencias" etc. etc. etc.... Es decir, cuanto tiempo va a pasar para que haya un partido de fútbol todos los días? (no se puede andar sin documentos a la una de la tarde, pero se puede ir drogado y borracho a la cancha... encima te escolta la Policía Federal), la justicia no funciona pero en horas nomás hay ave as corpus para que Diceo vea el "clásico" (porque no se meten la justicia por el culo con balanza y todo)... y "Venga a bailar", porque no lo ponen también todos los días las 24 horas (porque ahora ya hay un programa de lo que no vemos de "Venga a bailar", y ni hablar de los que comen, en todos los canales de lo que hace Tinelli y de lo que hacen también –como bien dijo un actor- gente que en vez de estar en la televisión tendría que estar siendo tratada médicamente). Entonces yo que ya no leo "El Capital" sino el "Contrato Social" de Rousseau, quiero que me consideren extranjero en mi tierra, porque decía este buen hombre (Jacobo para los amigos) que la legitimidad de todo soberano emana de la alienación voluntaria que cada hombre hace de parte de su libertad... motivado sí, por los beneficios que en contrapartida le da el pertenecer a un todo más amplio y contenedor (es decir el estado)... por eso lo de "contrato"... el que así no lo quisiese, decía, debía ser considerado extranjero... bien a mi (que me dicen el gaucho) quiero que me consideren extranjero de este estado y de esta sociedad enquistada en el espacio vital que me corresponde por gracia y por derecho. No hay democracia con estos medios de comunicación, con este sistema educativo y con la impunidad delincuencial institucionalizada y tampoco con este pueblo, ni con estos gobernantes y políticos. Mejor sería la aristocracia o el canibalismo, porque el nihilismo también es parte de la estupidez: como no me gusta el mundo me atravieso un clavo oxidado en la nariz o me acuesto con mi abuela o el Rotwailler del vecino, me clavo una botella de kerosén (o un tetra brick que es lo mismo) o me voy al ciber a chatear con otro imbécil como yo, que vive en el Tibet o más probablemente al lado de mi casa... (mejor le mando un sms a Dios para que me diga para que carajo nací... tiembla el imperialismo cada vez que enchufo la guitarra o veo a los Simpsom)...
Bien, les mando un mensaje a los porteños, a los del campo, y a todo persona (valga el eufemismo) que proteste en esos términos o simplemente se queje de la carne, del tren, o de la puta madre que lo parió: Jódanse! de todo corazón, Jódanse! y que se les multiplique.
En un libro tan perturbador como interesante, el filólogo búlgaro Tzvetan Todorov, aborda uno de los temas, que en mi opinión, constituye el problema fundamental de todo proceso intercultural: esto es el de la percepción que se tiene del “otro”.
Para ello se vale de un “relato ejemplar” con el que va explorando las distintas posibilidades de ver a ese "otro diferenciado" que no es nadie en particular, sino más bien todo aquel que no es “nosotros mismos”. El relato que elige es “la conquista de América” (nombre con que a su vez titula el libro al que hacemos referencia) y que en realidad no es totalmente el relato de un tercero, sino su propia voz articulando la voz de los propios actores de la conquista, que amalgamadas van conformando un discurso más amplio, cuyo gran mérito es contener todas las posibles actitudes ante ese otro diferenciado y desconocido que tarde o temprano todos los pueblos del mundo han tenido que enfrentar.
Desde los diarios de Colón, a los de Hernán Cortés, pasando por los dichos de Moctezuma, los tratados de Fray Bartolomé de las Casas, las crónicas de Durán, de Sahagún o Cabeza de Vaca, cada cita de este relato aglutinador, sirve para ejemplificar una actitud determinada de ese extrañamiento que parece haber nacido con el hombre mismo. Lo interesante y no casual, es que un filósofo y filólogo búlgaro, radicado en París y de fama mundial, encuentre en la historia de nuestra dominación aquel relato capáz de abarcar, de contener en su interior, todas los relatos, todas las distintas posibilidades de asumir al otro, cosa que pocas veces sucede ya que lo universal (correctamente formulado) no puede ser más que la sumatoria de un sin número de particularidades y fenómenos de igual categoría (por disímiles que estos sean o parezcan serlo) y el hecho de que aquí se hayan combinado todas las formas posibles de asumir al otro es una prueba más de lo rico y de lo complejo de nuestro proceso identitario. Bueno sería remarcar esto como primer dato interesante.
Este problema de asumir al otro, de verlo como en realidad es y no como nosotros pretendemos sea, es quizás la explicación más seria y profunda de la incapacidad de ser humano del hombre. Eso si se entiende al hombre no como un hecho sino como una posibilidad, es decir hay un hombre genérico, un especimen humano y existe también la humanidad del hombre como valor, como una serie de preceptos, actitudes y sentimientos que son deseables y que por tanto pasibles de convertirse en paradigma. Esa "humanidad"como valor, que ha sido el tema central de la filosofía (el famoso ser en plenitud) no deja de ser un proyecto, un paradigma cultural hacia el que caminamos y no está mal que así suceda, lo malo es que la pasión y la vehemencia nos lleven en definitiva a violar esos principios, esos valores que supuestamente perseguimos y que dejan de ser en verdad humanos cuando excluyen al "otro diferenciado".
Alguien dijo parafraseando a Aristóteles que el hombre es un animal simbólico y el símbolo no deja de ser una relación significado/ significante que está en la base misma de toda cultura. No se trata por tanto de asimilar el universo simbólico del otro (lo cual representaría una participación en su cultura) sino al menos un conocimiento lo más profundo posible del mismo y el reconocimiento de que tiene la misma entidad y jerarquía que el nuestro... o la menos, el mismo derecho de constituirse en camino paradigmático que merece ser explorado.
Es indudable que desde que el hombre está sobre la tierra siempre ha tenido una actitud beligerante con el medio. Ya los mitos dan cuenta de que el destino del hombre (del que pende también su existencia) ha sido siempre culturar la naturaleza. El hombre es (y ha sido siempre) el demiurgo que organiza el caos pero, a diferencia de los dioses, a una escala menor del universo. Es él el que ha tenido que domesticar la planta, la bestia, construir los utencillos, la vestimente y la morada, para poder conjurar, neutarlizar, lo impredecible, lo imponderable, lo que se opone a su existencia o la amenaza. Dentro de esa actitud cultural ante el medio esta el "otro diferenciado" aquel que no responde a la propia genealogía, a la propia cosmovisión, al ethos social que me cohesiona al grupo. El otro nunca es reconocido como igual (incluso como hombre) porque siempre tendrá una calidad diferente a la nuestra ya que en el "nosotros" siempre hay implícito un mandato civilizador en sentido culturador, lo cual explica la actitud etnocéntrica como algo aparentemente inherente al hombre mismo.
Como hemos dicho ya en otros trabajos, no hay un solo pueblo del mundo que no se llame así mismo: "la gente", no hay una sola religión que no diga que Dios nos hizo a "nosotros" y si "nosotros" somos "los hombres" los demás deben ser necesariamente otra cosa. Esta dificultad de ver al "otro diferenciado" como un igual al menos genérico no es patrimonio solamente de los supuestos "salvajes" sino de toda la humanidad incluído occidente. Lo que surge sí, son distintas actitudes o posibilidades dentro de esta limitación básica. Desde proyectar sobre el otro lo malo o lo bueno que tengamos dentro, a medirlo dentro de una lógica que les es totalmente indiferente. El punto es que ese mandato, el rol que nos adjudicamos a nosotros mismos como cultura o civilización, lo que impide ver al otro como un igual. Es decir ese etnocentrismo no es un etnocentrismo que se reafirme a sí mismo y nada más, sino que tiene un componénte mesíanico que necesita la destrucción del otro. Destrucción que de no ser física al menos tiene que ser cultural, espiritual, esencial.
El libro de Todorov creo que muestra eso. Como personajes tan disímiles entre sí como Colón, Las Casas y Cortés, que tienen hasta posiciones encontradas tanto en los métodos, como en la actitud, como en la mirada hacia el "nuevo mundo", comparten de manera inexorable un mismo objetivo que es convertir al otro, volverlo parte del "nosotros". Uno prefiere destruirlo, reconstruirlo a través del desarraigo, del aislamiento con sus tradiciones, con su historia, sus explicaciones del universo y la creación, otro trata de justificarlo de verlo en una especie de infancia, como un niño perdido que no conce su linaje, pero que no está del todo perdido o condenado porque lleva en su sangre (aun sin saberlo) las claves de la salvación que no son otras que las nuestras. Fíjense que uno de los argumentos prfereidos de los defensores de indios es la teoría de la famosa tribu perdida de Israel. Los indios serían desendientes de esos antiguos hebreos y hasta sus prácticas más "aberrantes" serían no condenación sino "prueba" de ese linaje: Las Casas argumenta que los hebreos también hacían sacrificios y que el propio Abrahan sacrificó a su hijo en honor a Dios quien a su vez mandó su hijo a que lo mataran par salvar nuestros pecados. Nada de esto por tozudamente bien intencionado, termina contemplando la mirada del otro. No deja, en definitiva, de ser pura proyección, ya sea del que ve en los dioses de piedra al demonio y en los sacrficios y el canibalismo al infierno mismo en la tierra, como quien ve al indio como un niño perdido, que no lo es, y le adjudica una inocencia que no tiene.
El rasgo común de ambas posibilidades es la no participación del otro en la percepción. Colón habla en su diario permanetemente de lo que los indios "le dijeron"... y Colón (y todos los que con él se hallaban) no entendieron nunca una sola palabra de lo que los indios hablaban. Sencillamente sucedía que tan etnocéntrica era la mentalidad del conquistador que se daba por descontado, no solo el esquema lineal ascendente de la civilización como categoría, sino que además (y por la misma razón) la lengua propia era "la lengua" y en todo caso el no manejo de la misma no implicaba su desconocimiento sino más bien la animalidad, el salvajismo y por ende la impericia del otro diferenciado. Y esto está en la base misma de occidente ya que una de las posibles y probables etimologías de "bárbaro". "Bárbaro" es la onomatopeya, el balbuceo de los extranjeros que querían y no podían hablar en griego: bárbaro de bar bar . La otra sería ber ber de berebere pueblo del norte de África (es decir la costa opuésta, antítesis y antípoda del mundo y de Grecia) que en realidad no era otra que Cartago, una de las civilizaciones más grandes de la tierra pero que como lamentablemente fue vencida por otro imperio (el romano) fue lisa y llamamente borrada de la historia, incluso quemada y sembrada con sal, demonizada (casualmente también acusados de sacrificar y de, supuestamente, comerse a sus hijos) etc., etc. Colón no comprendía al otro, no quería conocerlo, sino más bien estaba preocupado en descifrarlo, en entender la onomatopeya, el balbuceo del buen salvaje (primero), convertido después en caniba una vez que se decepcionó de él. Pero no era Colón... el rey, la corte y todo el mundo medioeval pensaban lo mismo (no solo el bueno de Cristobal) una de las medidas impuestas como defensa de los indios ante el celo evangelizador y la sed de riquezas, fue justamente leerles un "requerimiento". Esta era una pieza obligatoria que todo adelantado debía leerle a los salvajes ni bien se presentaba el primer contacto. En ella se les persaudía de que abandonaran sus idolatrías y prácticas abominables y abrazaran la fe de Cristo y la obediencia a su representante en la tierra: el rey. Esto es como si ahora bajara una nave intergaláctica y un hombrecito verde me alumbrara con su dedo encandecente y como yo no interpretara lo que me dijera, ese dedito y esa lucesita se conviertiera en rayo que me terminara calcinando. No fue distinto lo que pasó entre Atahualpa y el cura Valverde.
Paradojicamente fue Cortés (el gran matador de México) uno de los pocos (y seguramente el primero) que quizo conocer al indio. Cortés domina México no solo porque se comunica positivamente con el otro a través de los intérpretes (la Malinche traduce del tlaxcalteca al azteca y un soldado de Cortés del azteca al castellano), sino porque explota las contardicciones políticas, los conflictos, ahonda en los mitos, miedos y creencias del otro y él mismo se presenta, no como el otro desconocido y diferenciado, sino como el dios de las propias profecías del dominado. Cortés es el primer etnólogo de América no solo por el método sino también por el fin, ya que como repito siempre que tengo la oportunidad, las ciencias arqueológicas nacen como ciencias de la dominación, y Hernán Cortés debe ser reconocido como su más preclaro antecedente en nuestro continente.
Pero como sucede siempre, nada es blanco o negro y mucho menos lineal. La misma percepción distorcianada del otro termina generando más de una vez el efecto inverso al pretendido. Las Casas en su larga y compleja polémica en las cortes se va convenciendo a sí mismo al tiempo que trata de convencer a sus contendores y al final de la vida abandona ya el problema fundamental que planteamos, ya que se da cuenta que su dios no es ni pudo haber sido el único, o en todo caso ese dios único no sería patrimonio exclsuivo de nadie, y cada pueblo diseminado por la tierra tendría una historia en común con él y un modo particular de relacionamiento, de percibirlo, de ofrendarle, de servirle. Las Casas es quizás (y por este motivo) uno de los hombres que más se acercó a la verdad de la percepción del otro de aquellos que llegaron. Pero las posibilidades son y fueron muchas... hay un ejemplo en el libro del búlgaro que es interesante y es el de Guerrero un miembro creo que de una expedición anterior, que se termina volviendo indio... es uno de los generales americanos que mejor combate a Cortés ya que conoce las tácticas y trucos de las armadas espeñolas. Guerrero seguramente para adoptar la cosmovisión del otro tiene que haber llegado a la conclusión de que su cultura era decadente o al menos que la cultura del otro era superior. Ahora bien alguien pudiera pensar que este caso de Gonzalo Guerrero haya sido un caso ecepccional, sin embargo no es así ya que hubo muchos casos (incluso si tenemos en cuenta que los casos registrados siempre son minimos en relación a los realmente ocurridos) lo que pasa sencillamente es que la cultura oficial simplemente se "avergûenza" de estos casos y por ende o los olvida interesadamente o como es el caso de Guerrero lo demoniza ya desde el principio, desde la propios relatos de los primeros cronistas. Evidentemente no ha sido una de las opciones más características de la conquista, pero existió y en algún momento le vamos a dedicar al menos unas lineas. Lo que si vale la pena adelantar es que cuando hablamos de la porblemática de percibir al otro, bien pudiéramos estar hablando del mestizaje propiamente dicho y de las diferentes actitudes que hay hacia las culturas preexistentes y de estas hacia la oficial que se pretende imponer.
No obstante esta actitud "Guerrero", tuvo opciones menos radicales y si más extendidas, como es la de la proyección en sentido idealizado, que no imlicaban la adscripción a la cultura del otro: la teoría del "buen salvaje" que nace en algunos pasajes del diario de Colón, en los tratados de Las Casas y sobre todo en los de Pedro Mártir de Anglería, tiene una repercución directa en el surgimiento del pensamiento utópico ("utopía" de Tomás Moro, "Atlántida" de Bacon y "Cívitas Solis" de Tomasso de Campanella) y este a su vez en la conformación del pensamiento socialista y socialista científico, pasando claro por los "essais" de Montagne y "el origen de la desigualdad del hombre" de Rosseau y la Revolución Francesa. Es decir, la percepción deformada del otro, en este caso proyectando los anhelos y mandatos incumplidos de la propia cultura, termina generando una propuesta superadora o posibilitadora de esos sueños incumplidos: el descubrimiento de América posibilitó el surgimiento del capitalismo y al mismo tiempo el de la ideología llamada a sustituirlo. Es muy interesante bucear en la mitologia medioeval (incluso en la de los pueblos originarios de Europa, como los cantabros, britanos,etc) para ver el peso de la utopía en el imaginario y en la sicología del hombre de aquella época. La fascinación por lo exótico mezclada con el desconocimiento del mundo y la proyección de sus miedos y supersticiones, hizo del conquistador practicamente un niño ante ese mundo que triplicó en un solo día su tamaño. Es muy interesante confrontar, por ejemplo, el diario de Marco Polo con el de Colón para darse cuenta de que en el del marino se transcriben párrafos enteros de el que fue a la China: las descripciones de los hombres con "hocico de perro" es una de las más notorias. Quiero decir con todo esto que el conquistador veía lo que en realidad quería ver, él no quería conocer o descubrir, quería confirmar sus sueños y deseos, pero también sus miedos y peores sospechas. Esta sería la otra posibilidad, la del espejo, la de ver reflejado en el otro lo peor o lo mejor de nosotros mismos, aunque el aspecto negativo de esa devolución de la imagen es sin duda la que preponderó en el proceso. Lo que se vio aquí estaba condicionado por la estructura misma del pensameinto occidental que es, a diferencia del pensamiento americano, un pensamiento que se desplaza en medio de una lógica de opuestos irreconciliables (dios separó la luz de las tinieblas, lo seco de la mar, "el que no recoje conmigo desparrama" decía Jesus, etc, etc). Esas eran las dos opciones... o ver en estas tierras el paraiso o ver el mismísimo infierno... Colón, igual que muchos otros seguramente, pasa por ambas, su diario día a día se va tiñendo de impotencia, ya que no logra dar ni con el oro ni con el Kan, y es esa impotencia la que va alimentando su intolerancia.
Y es así como al fin llegamos a la palabra mágica, trágica, fundamental e inobviable: "intolerancia". La percepción del otro de manera veráz es sumamente dificil ya que siempre la mirada está cargada de un conocimiento y una experiencia vital (individual y colectiva) y de un sinnúmero de cosas más que en realidad constituyen un complejo cultural que nos condiciona en tanto y en cuanto es el apriori observacional con el que nos enfrentamos a lo desconocido... y esto no por trágico es menos cierto. Se me ocurre, en todo caso, que dado lo universal de este problema, lo extendido en el tiempo, ha sido en cierto modo inevitable. Todos los relatos del exterminio universal, los rios de sangre, la crueldad más tremenda no han servido indudablemente para cambiar la naturaleza del poder, pero quizás si para cambiar la subjetividad del hombre. Pareciera que recién hoy que la globalización ha llegado a donde ha llegado, el hombre (en sentido universal) ha tomado conciencia de esta dificultad y lo ha hecho con una mezcla de reflección y de perjuicio propio, ya que ese paradigma desconocedor del otro diferenciado cada vez que llega a un lugar se estrecha, aguza su haz para volver a excluir, poniendo nuevamente en evidencia su limitación e incapacidad. La guerra como fenómeno permanente y universal no es más que la constatación de esta dificultad ya que hay suficiente prueba empírica como para convencer al más ecéptico de los científicos de que la diversidad del mundo es un hecho incontestable y permanente, y que a pesar de la dominación material, a pesar de la interculturalidad, de lo dinámico de esos procesos de préstamos y adquisiciones, a pesar de su carácter traumático o no traumático, las culturas resisten y nada hay que diga que dejarán de hacerlo... resisten resistiendo, resisten asimilando, resisten conquistando espiritualmente a quienes las oprimen, pero resisten, y el mundo hoy (por dar un solo ejemplo) en los inicios del 2007 no habla de cosas diferentes a las que hablaba Godofredo... la guerra de Irak y de Afganistán, el discuros del Papa acerca de los musulmanes, conservan la misma lógica, la misma percepción del otro que la que occidente tenía de Oriente durante las cruzadas. Claro en muchas cosas en nada nos diferenciamos con esos pueblos tan aparentemente distintos (autos, internet, etc. etc.) y en otras seguimos tan distantes como siempre o aun más... el problema de la percepción del otro en la cultura es el tema fundamental (desde esta lógica) de la supervivencia de la especie humana. Este problema lejos de atenuarse se profundiza por una simple razón física, porque el mundo es cada vez más pequeño en comparación a quienes lo habitamos y los contactos e interacciones (a lo que podemos llamar globalización) son cada vez más continuados y exacervados. La simple solución de este problema implicaría solo un cambio de actitud, un renunciamiento a los supuestos mandatos que nos habrían dado el derecho, no solo ya de hacer un mundo a nuestra imagen y semejanza (nada sería eso) sino de erradicar de ese mundo al otro que también tiene linaje y por ende puede fundamentar su derecho a consumarse en un mundo visto e inteligido por sus propios ojos. Toda categrización implica una jerarquia y toda jerarquía se constituye en linaje y a su vez en ontología, por tanto es la necesidad de categorizar lo que nos arrastra al ojo de la tormenta cuando en realidad de lo que se trata es simplemente de tomar nota, de registrar lo más objetiva y desapasionadamente la realidad a la cual nos aproximamos. Cada nación es una construcción delimitada por el tiempo y la geografía y en definitiva ha sido la mejor respuesta posible a esas dos dificultades concretas, su sola existencia es prueba de ello y cualquier intento de conmensurar lleva implícito el paradigma del que mide, eso ya hemos dicho es inevitable, lo que hay que cambiar simplemente es la vocación mesiánica, la voluntad de sustituir y aniquilar al otro en una especie de apriori civilizatorio. Muy distinto es la interculturalidad en sentido positivo (no traumático) donde cada cultura toma de la otra lo que le sirve o lo que supera su horizonte. De hecho así ha funcionado el mundo hasta hoy y es muy probable que lo siga haciendo... lo que habría que quitar del medio es el tema de la dominación porque es en ese aniquilar al otro donde nos aniquilamos a nosotros mismos como sucede hoy y ha venido sucediendo siempre. Queda por tanto lo único que nunca hemos hecho: ensayar un diálogo en igualdad de condiciones que nos permita capitalizar toda esa rica diversidad que la historia ha ido generando durante miles y miles y miles de años y de la que no es solo "el hombre" el único dueño sinó también "la tierra" que lo ha modificado de tantas formas diferentes. No hay por tanto más que una sola genealogía, una sola historia y un solo escenario, todo lo demás es solo tozudéz, impiedad, incomprensión... el gesto del que muere enterrando el puñal pero no consigue tampoco vencer, que muere y no deja otra semilla que no sea la de la maleza que asfixia al capullo clausurando por siempre la primavera.
ACERCA DE LA IDEOLOGÍA, LA ORGANIZACIÓN LENINISTA Y EL ESTADO
Exordio
Los presentes tres artículos, no constituyen un análisis integral ni exhaustivo de los temas que plantean, ni siquiera tienen un carácter autónomo, son en definitiva la continuación de viejas preocupaciones acerca del partido revolucionario que ya he planteado en otros trabajos y que seguramente seguirán apareciendo en otros posteriores.
I
Acerca de la ideología
Es muy común oír hablar de las ideologías como sinónimo de pensamiento político. No obstante “ideología” se refiere al conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político, etc. (tal la definición del diccionario). El problema de reducir la ideología a solo una parte de ese conjunto de ideas, en este caso “lo político”, es que podemos caer en la estrechez, el dogmatismo, o sin darnos cuenta fundar una nueva religión.
En nuestro caso ese peligro consistiría en reducir nuestra ideología (y la de nuestro partido) a un supuesto “marxismo” o “marxismo leninismo” o “trotskismo” o lo que fuese, que así entrecomillado pareciera abarcarlo todo y tener un carácter universal y finalista, de lo que se podría deducir que es válido para todo tiempo, lugar y circunstancia. Habría que preguntar que es lo que entendemos, en definitiva, por “marxismo”.
Una primera aproximación no dogmática y acorde a lo que postulamos más arriba, nos mostraría al “marxismo” como el conjunto de ideas de Marx, ideas que involucran a lo que consideramos “marxismo” pero que seguramente no se agotan en él. Una segunda aproximación ya más profunda nos mostraría que esas ideas (como ideología) ya no serían patrimonio solo de Marx, sino que fueron complementadas y enriquecidas con las de otros hombres (Engel, Lenin, Luxemburgo, Mao, Gramsci, Mariátegui, el Che y muchos otros de los cinco continentes) a lo largo del tiempo. Por otro lado Karl Marx como portador de un conjunto de ideas, es un producto cultural e histórico específico como todos nosotros. Es decir, en la formación de las ideas de Marx hay un sedimento histórico cultural inevitable.
Este “sedimento histórico cultural inevitable” no le quita nada de lo universal que pueda tener (y de hecho tiene) sino que nos habla a las claras de una forma de entender el marxismo. De que estoy hablando?
De que quizás Marx, como revolucionario que era, no tenía pretensiones demasiado alejadas a las de resolver las dificultades propias de la práctica revolucionaria que se impuso y es desde allí, seguramente, desde donde pensó todo lo que pensó (incluso aquellas cosas que trascendieron esa realidad y se convirtieron en universales). Es decir, hay un hombre llamado Marx, nacido en un tiempo y en un país, con una educación y una cultura y con una historia que lo trascendía y de la cual él (por acción o reacción) también formaba parte.
Esto es fácilmente verificable en sus escritos, tanto lo de la pertenencia como lo de las limitaciones. Limitaciones sí, que son entendibles e inevitables, justamente por esa pertenencia cultural de la que hablábamos. En todo caso lo bueno en Marx es que muchas de esas limitaciones culturales (en su más amplia acepción) fueron siendo, en muchos casos, superadas en el tiempo por la propia dinámica de sus ideas. Por citar solo un ejemplo, su concepción en cierto modo eurocéntrica del mundo, heredada fundamentalmente del positivismo y la filosofía alemana, fue mutando desde aquellos “bárbaros” del Manifiesto, a sus cartas sobre el problema nacional en Irlanda o las comunidades campesinas rusas, pero indefectiblemente en su evolución tuvieron que pasar por su artículo sobre Bolívar o aquel otro sobre el colonialismo inglés en la India. Marx no pudo asomarse al mundo sino desde “su mundo” y es en ese “conocer desde su mundo” donde fue encontrando el mundo más o menos real o mejor dicho un mundo visto desde varios lados, no solo desde la centroeuropa de los dominadores.
Esto mismo podría decirse de muchos otros revolucionarios, que por hombres, no podían partir sino de sí y que por esa misma razón hicieron del marxismo un “conjunto de ideas” formuladas y reformuladas a lo largo del tiempo, desde las realidades y geografías más disímiles, para dar respuesta a un fenómeno global (y también particular) como es la dominación capitalista. La mentada “universalidad” del pensamiento marxista se halla mucho más en esa construcción colectiva sostenida en el tiempo por más de 150 años, que en las propias ideas de Marx, lo cual no viene a menoscabar la importancia que esas ideas tuvieron y tienen sino a poner de manifiesto que hay una dimensión y hay un sedimento histórico cultural en todo pensamiento y es por ese motivo que no hay ideas que puedan ser petrificadas o desbrozadas de la historia y más allá aun, de la cultura (incluidas las de Marx).
Esto es fundamental porque visto así, el marxismo jamás podría haber sido pensado como una religión de la materia, ni como una supraciencia, ni como una filosofía al margen de la filosofía, como de hecho sucedió, sino como la praxis transformadora de hombres y mujeres concretos inmersos en sus circunstancias.
“Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de diversos modos; de lo que se trata es de transformarlo” K. Marx tesis 11 sobre Feuerbach.
Esto de la “praxis transformadora” le da al marxismo la dimensión histórica que sin duda está en su esencia y por esa vía (la de la dimensión histórica) también lo inserta en el universo de la cultura, entendida esta como toda actividad realizada por el hombre. Esto nos devuelve nuevamente al principio de estas líneas cuando decíamos que nada hay fuera de la cultura. Filosofía, historia, ciencia, religión, usos y costumbres, son todos productos culturales y como tales, producto de una relación entre el hombre, la historia y el paisaje. La “ideología” en cuanto conjunto de ideas, es bastante parecida a la cultura y ese es nuestro punto. Si el marxismo es una “filosofía de la praxis” esa praxis transformadora del hombre tiene necesariamente que estar contaminada, acechada, condicionada y contenida dentro del horizonte cultural donde nace y se desarrolla.
Hay muchos ejemplos de como las distintas formaciones culturales
de esos hombres que pretenden “transformar” la realidad modifican el hecho de “ser marxistas” y esto es tan fácil de explicar, como decir que nadie es marxista y nada más. El marxista es un hombre y en tanto hombre es un producto de la historia y del paisaje. Lo que en realidad ha pasado es que el marxismo entendido como “filosofía de la historia para todo tiempo y lugar” terminó generando hibridación del pensamiento. Terminó imponiendo como propio, en los llamados países periféricos, aquel sedimento cultural que era lógico en los clásicos (Marx, Engel, Lenin, etc.) pero que nada tenía que ver con nuestra cultura. En ese sentido muchos marxistas americanos tomaron como propio el “mito civilizatorio” de occidente. Lo cual no puede ser visto como una mera elección, sino como un serio limitante para comprender y transformar su propia realidad. Bastaría analizar la relación histórica entre el marxismo como ideología y las diversas teorías científicas y filosóficas en boga a cada momento para entender de que estamos hablando. Hubo un correlato la más de las veces, como pasó entre la física de Newton y el “mecanisismo y el determinismo”, o entre la biología de Darwin, el positivismo y el marxismo liberal. El marxismo se convirtió así en una teoría finalista, en escatología, búsqueda ontológica, metafísica, atemperando sus capacidades subvirtientes, pero más importante aún, se convirtió en una ideología que aunque opuesta al capitalismo compartía en nuestro continente su mismo “mito civilizatorio”[1]. Este aspecto me parece que no es un aspecto menor y me parece también que es un aspecto que merece ser profundizado por las nuevas generaciones de marxistas americanos.
En definitiva de lo que tratan estos apuntes, es de la necesidad de dotar al partido revolucionario de una ideología que lo haga apto para comprender y transformar la realidad y eso solo se logra siendo parte de ella, no escindiéndose.
América necesita una filosofía de la historia. Una filosofía que tenga como base el análisis marxista pero que no se agote en el enfoque clasista o meramente económico, sino que profundice en los fenómenos interculturales y aculturales, en las diferentes cosmovisiones y mecanismos del pensar americano. Necesitamos bucear en la espiritualidad, en los mitos, en las instituciones económico sociales de la América ancestral que aun sobreviven en nuestros pueblos y que constituyen muchas veces su forma de ser más genuina y natural. También necesitamos conocer y testear a cada paso la los fenómenos transculturales que se siguen desarrollando hoy y se seguirán desarrollando mañana porque este es en continente no acabado y nuestro proceso identitario, un proceso aun en formación y de futuro incierto ya que es la realidad la que siempre lo modifica a manera de última palabra. Necesitamos una historia y una filosofía de la historia arquitectadas desde la perspectiva del dominado y no desde la del dominador. Una filosofía de la historia que tiene que tener como horizonte, como motivo, como razón de ser, la tan ansiada síntesis ya que el problema de América no es (ni nunca ha sido) la diversidad sino la fragmentación. Ambas cosas (diversidad y fragmentación) conllevan actitudes desde el punto de vista del hacer y del pensar. La diversidad implica el reconocimiento de que América es una realidad multinacional, pluricultural y multiétnica (incluso en el seno de cada estado nacional) y ese reconocimiento exige un diálogo en igualdad de condiciones sin mesianismos, ni paternalismos, por más bien intencionados que estos sean. La fragmentación en cambio implica el reconocimiento de que esas diferentes Américas se hallan confrontadas desde hace más de cinco siglos y están inmersas, están incluso en el centro mismo, del proceso de dominación de nuestro continente. Nuestra principal tarea en ese sentido ha de ser la de tender puentes, buscar comunes denominadores, construir un nuevo mito para América. Demostrar en definitiva que no son las culturas, ni los pueblos, ni los estados nacionales, sino la dominación lo que imprime y ha impreso siempre, una dinámica de destrucción y muerte a nuestra realidad. La otra posibilidad es la que el marxismo “tradicional” ya ha intentado: es la de ser parte de un proceso acultural (en el sentido de sustitución de lo preexistente) que no por antagónico al capitalismo es menos acultural.
Basta mirar la historia para darse cuenta que durante siglos los hombres y mujeres de este continente se han alineado a un lado y al otro de aquella dicotomía planteada por Sarmiento entre “la civilización” y “la barbarie” y los marxistas generalmente hemos caído en la trampa positivista de ver en nuestra cultura las rémoras de un pasado que había que superar. Hoy es el propio capitalismo y la propia dominación la que se ha encargado de develar lo artificial y estéril de esa dicotomía ya que lo que siempre estuvo en juego aquí fue la posibilidad de un pensamiento (y por ende de una cultura) americanas. No como negación sino como genuino punto de vista. No somos (ni podremos ser) la civilización porque (parafraseando a Martí) nunca ha habido una real batalla entre la civilización y la barbarie sino entre la falsa erudición y la naturaleza. Y ser “naturaleza” es justamente reconocer y explorar esa relación del hombre con la historia y el paisaje. Esa relación en América está atravesada por la dominación , por la batalla paradigmática entre culturas, que no se termina de saldar y que por ende no termina de parir un nuevo arquetipo. Esa es la principal calidad de lo americano, su condición de “no acabado”. Y es en este sentido que el marxismo para ser americano debe de situarse por encima de los proyectos en disputa y convertirse en aquel nuevo mito del que hablaba Mariátegui.
Esto sería en relación al marxismo como “filosofía” ubicado en el centro de la dicotomía “civilización o barbarie”. No obstante necesitamos también incorporar a nuestra ideología, los grandes valores de nuestro siglo. Aquellos que la humanidad ha puesto en el horizonte de la civilización.
La propia historia de la humanidad exige que sean repensados los derechos de los hombres... porque ya no basta que contrapongamos el derecho a la vida, a la salud, al trabajo, a la educación, a la vivienda, a una “libertad hueca del capitalismo”. Debemos seguir luchando por lo que luchamos siempre pero además incorporar al núcleo duro de nuestro pensamiento esos viejos valores redimensionados. La libertad de expresión, la democracia real (tanto la formal como la participativa), el libre albedrío y el respeto a la intimidad y la espiritualidad de las personas, a sus opciones sexuales, a sus objeciones de conciencia. Nada que coarte las capacidades del hombre en cualquiera de sus aspectos, por sutiles que estos sean, puede ser esgrimido en favor de su felicidad. Digo esto y lo digo sin rodeos, porque pienso que el tema de las libertades es un tema en el que el socialismo debe seguir reflexionando a la luz, no solo de la sociedad capitalista, sino también de las experiencias históricas que ensayó como modelo de sociedad. Aquella carta del Che al semanario “Marcha” hablaba de que el socialismo no se trataba de reducir todo a elementos de la misma categoría; hablaba (justamente en el sentido inverso) de que solo desarrollando al máximo la potencialidad individual del hombre, este podía serle útil al conjunto de la sociedad. En nombre del socialismo se han generado experiencias con diversos grados de totalitarismo y el totalitarismo como fenómeno nada tiene que ver con el socialismo. Debe ser tomado en consecuencia como contranatural y antagónico a nuestro proyecto y nuestras aspiraciones.
En realidad lo que nos pasa es que a nivel de la arquitectación de una nueva sociedad poco es lo que hemos andado y reflexionado. El grueso de nuestro conocimiento se centra, de manera lógica (y en el mejor de los casos), en la demolición del capitalismo, pero no así en la solución al menos avanzada de gran parte de la problemática elemental del hombre[2].
Necesitamos por último también, ver al socialismo como una cuestión civilizatoria. No como escatología, sino civilizatoria en sentido de preservación de la especie humana ya que lo que aquí se juega es el futuro de la hombre y del planeta mismo como sistema.
Es en ese sentido que debemos asumir posturas ecológicas de avanzada, sobre todo nosotros los habitantes de los países oprimidos, porque es aquí donde se encuentran la casi totalidad de los recursos que serán imprescindibles en este milenio, no solo los combustibles, no solo los minerales, no solo los alimentos y el agua potable, los espacios incontaminados, también aquí se encuentra más del 70 u 80 % de la biodiversidad genética y esto es fundamental después de la Tercera Revolución Científico Técnica, donde la genética, junto a la robótica y la informática acrecentarán o achicarán la hasta ahora insalvable brecha entre desarrollo y subdesarrollo.
El tema de la preservación del medio ambiente es también un derecho humano, un derecho cultural, porque aquí hemos hablado permanentemente de una relación hombre/tiempo/paisaje y la enajenación del medio ambiente también traerá consecuencias culturales ya que estamos penetrados y atravesados por ese paisaje.
Estos son algunos aspectos que he querido incorporar al debate sobre los aspectos ideológicos, no porque piense que nuestra ideología deba reducirse a estos aspectos que he tocado aquí, sino (como dije al principio) porque no los había planteado de esta manera en trabajos anteriores y es tal la amplitud y complejidad de la ideología como "“conjunto de ideas" que me parece imprescindible y hasta una cuestión vital para nosotros comenzar a avanzar en estos temas superando las entrecomilladas referencias a los “clásicos” y los slogan clausuradores de lo diverso.
II
Acerca de la organización leninista
El tema de la organización revolucionaria ha aparecido de manera tangencial pero recurrente en varios de mis trabajos anteriores. Esta preocupación por rescatar a la organización como concepto, nace del total convencimiento de que sin organización consciente jamás puede haber revolución.
Ahora bien, cierto es que hay “organizaciones y organizaciones” y cierto también es, que el modo de ser de las organizaciones (las vanguardias) termina siendo transferido, en gran medida, al resto de la sociedad después de que estas se instalan en el poder. Creo que sobre esto no puede caber la duda porque es un hecho verificable históricamente.
Vemos entonces que el tema de la organización revolucionaria no puede ser en principio a una cuestión meramente instrumental (en términos de necesidad o eficacia) sino que además tiene un contenido también paradigmático, en tanto y en cuanto, si en toda sociedad (analizada como cultura) se encuentran de manera embrionaria aquello que la ha de sustituir, quiere decir que el partido u organización revolucionaria, se convierte no solo en actor de esa transformación sino también en parte constitutiva de ese nuevo modelo o paradigma.
La casi totalidad de los partidos u organizaciones de la izquierda clasista (y algunos que no lo son), lo digan o no lo digan, han adoptado históricamente el modelo leninista de organización. Sin caer en la vulgaridad de todo reduccionismo, cabría preguntar si hubo alguna relación entre el modo leninista de organizar al partido y la fracasada experiencia del “socialismo realmente existente”.
Lo primero que se me ocurre es que habría que analizar esta cuestión dentro del contexto histórico en que se desarrolló. El partido que Lenin propone (por acción u omisión) en libros como el “Que hacer?” es un partido diseñado para dar respuestas a una situación concreta de un país concreto en una etapa histórica determinada. Cuál era esa situación?: La dispersión política e ideológica, la falta de organicidad y de coordinación de esfuerzos, cosas todas graves para un partido revolucionario, pero, además, potenciadas por el hecho de que en la Rusia de ese entonces no había margen ya para la legalidad. El partido de Lenin asume, por tanto, no solo una actitud insurreccional, sino que, además, y como consecuencia, se organiza como un destacamento combatiente. Evidentemente una fuerza insurreccional combatiente tiene que caer (en mayor o en menor medida) en una lógica militar. Es decir (y por el absurdo para que se entienda) en medio del asalto a una unidad enemiga no se puede parar a realizar una asamblea, ni formar una comisión para que profundice acerca del tema, ni siquiera escuchar las, fundadas o no, razones de la minoría.
Quiero decir con esto que la organización leninista en la Rusia insurreccional de los primeros años del siglo XX estaba totalmente justificada y no podía tener otras características que las que tuvo (si es que en verdad quería tomar el poder) como lo reconoció Rosa Luxemburgo a pesar de sus reparos iniciales, reparos que paradójicamente se vieron ampliamente confirmados más tarde [3]. Lenin tenía razón y Rosa de Luxemburgo también tenía razón... y la única manera de que puedan tener razón los dos, es que las organizaciones (como sistemas o modelos organizativos) no sean un fin en sí mismo sino que respondan a necesidades concretas de momentos históricos determinados.
El problema es qué entendemos por organización leninista? O mejor dicho... puede una organización servir para todo tiempo y circunstancia?
Los que se oponen a la organización leninista contraponen la más de las veces un parlamentarismo burgués que creo refleja por un lado el asumir posturas reformistas (por lo tanto no precisan un partido insurreccional combatiente, ni siquiera uno con vocación de poder) y por otro una dispersión ideológica que más que diversidad es individualismo de las ideas. No obstante, creo yo, que si hay una relación entre una cierta interpretación del espíritu leninista de organización y el “socialismo -no marxista- realmente existente”.
Ser leninista no puede ser otra cosa que ser conspirativo... y lo de conspirativo remite a su vez al poder y el poder nos pone de frente ante el cómo y para qué de ese poder, lo que nos devuelve a su vez, adonde empezamos. Puede haber una forma organizativa disociada de los principios y valores que le dan razón de ser? Definitivamente no.
Marxistas contemporáneos como Adolfo Sánchez Vázquez retoman en cierto modo aquella crítica de Rosa Luxemburgo y apuntan a la ideología marxista-leninista ser “fundamento y justificación” de una experiencia histórica identificable (léase socialismo real) que fue pos capitalista pero evidentemente no socialista. Ahora esta especie de homologación del leninismo al “socialismo realmente existente” me parece tan arbitraria como la que se hace en el mismo sentido al marxismo en general cuando se pretende presentar a Stalin como consecuencia lógica y natural de Lenin y de Marx. Creo sí que la “organización leninista” (en su sentido clásico) debe tomarse en su espíritu y no convertirse en un modelo petrificado de democracia (centralismo democrático) para todo tiempo y lugar.
No hay ningún modelo organizativo que sea intrínsecamente bueno o intrínsecamente malo. Las organizaciones están conformadas por hombres y mujeres y de su moral, de sus valores, sus prácticas y motivaciones, depende, mucho más que de la arquitectura organizativa, la eficacia y la habitabilidad de las mismas.
Digo, por tanto, que el partido revolucionario debe conservar siempre su vocación de poder, lo que implica determinadas pautas organizativas que le den capacidad real de conspirar, pero en tanto y en cuanto es también (y fundamentalmente) “intelectual colectivo”, debe garantizar de manera indeclinable la más absoluta circulación de ideas, debe garantizar la capacidad de incidir en la línea y en la vida real del partido a cada uno de sus militantes. Esta es la parte criticable de cierta apropiación del concepto leninista de partido, justamente para inhibir ese intelectual colectivo.
La lógica militar de la que hemos hablado debe ser aplicada en zonas muy específicas de la vida partidaria y de manera general en los momentos extremos que no permitan otro modo de democracia interna que no sea el de “delegación e intermediación”. Pero en los momentos que esas condiciones extremas no se dan (que generalmente es la mayor parte del tiempo) el partido debe practicar la más amplia democracia, entendiendo por democracia, el debate, la confrontación de las ideas, el respeto a las eventuales minorías, la horizontalidad de las discusiones y las decisiones de amplio consenso, la rendición de cuentas y la plebiscitación de aquellos temas puntuales que pueden suscitar polémicas o no fueron contemplados en los procesos asamblearios donde se define, se construye y articula la línea política y que por lo general distan varios años unos de otros.
Es un hecho por todos conocido que cuando la “organización leninista del partido” es sinónimo de “ordene y mando” lenta pero inexorablemente se llega a las lealtades personales, a las pertenencias a determinadas minorías que no se asumen como tales pero existen y operan en el seno de la fuerza. El partido como paradigma se vuelve “otra versión” de la misma sociedad caduca en tanto y en cuanto reproduce sus mecanismos y miserias con la aparente justificación de que sirven a otros fines, luego los fines y las personas se confunden y se funden y se termina identificando el futuro y el presente, con el futuro y el presente de un dirigente determinado, volviéndose el partido una empresa generacional y no un proyecto que trasciende a quienes lo integran. Esta doble moral es lo que reduce al partido a su mínima expresión posible, ya que es la fuerza centrífuga que termina haciendo una selección inversa entre sus cuadros. Se acusa de principistas y formalistas a quienes en realidad tratan de imponer una práctica coherente con los valores que dan razón de ser al partido en cuanto paradigma. El disenso es puesto como amenazador de la vida misma de la organización, el celo metodológico, como problemas personales entre sus miembros. Nada nuevo hay en definitiva en todo esto ya que es parte de la vieja mitología stalinniana: la permanente instalación de falsas dicotomías entre forma y contenido, entre política y principios, entre medios y fines que es lo más antimarxista que se nos pueda ocurrir. Todo lo contrario es deseable y por cierto posible. La unidad ideológica del partido solo se alcanza a través del acatamiento de las resoluciones colectivas y nada tiene que ver con un hipotético pensamiento monocorde y mucho menos oficial. Incluso las tendencias y eventuales mayorías y agrupamientos (dicho sea de paso como sucedía en los tiempos de Lenin) son aceptables si se respetan los acuerdos y resoluciones y es más honesto y revolucionario asumirlas que negarlas, ya que en definitiva muchas veces se las emplea de hecho y en la sombra. El centralismo democrático no puede ser la cáscara de la hipocresía, un escudarse en frases como “el colectivo”, el “partido”, “nosotros”, que generalmente (y así entrecomillados) no son más que la voluntad de uno o de unos pocos. Por eso decía al principio que no había ninguna forma organizativa que “garantice” determinadas pautas de comportamiento, sí es verdad que determinadas arquitecturas organizativas son más permeables ha ser usadas de manera discrecional que otras y esto es tan evidente y está tan abonado por la historia de la humanidad que no merece comentarios.
El partido debe entonces conservar su esencia, sus capacidades y atributos, su sentido revolucionario de democracia, lo cual no quiere decir (tampoco en este caso) que no deba incorporar aquellos valores, prácticas y mecanismos que han pasado a tener carácter universal para toda la humanidad. El voto directo y secreto para algunas instancias como pueden ser las de elección direcciones, la revocatoria de mandatos, el plebiscito, los despachos por la minoría, no pueden ser descartados, deben ser manejados y ubicados y son tan válidos y deseables como el consenso mismo. Nadie duda que un partido realmente revolucionario debe conservar espacios organizativos que por su propia esencia y especificidad no pueden ser democratizados (en un sentido asambleario) e incluso deben permanecer compartimentados, pero no son tantos como para imprimir a toda la organización características que tienen como resultado un conocimiento diferenciado de la realidad (tanto interna como externa) y un uso discrecional y, por tanto, muchas veces interesado, de la información y del aparato o estructura partidaria. No hay dudas que el grueso de la vida del partido debe discurrir con la menor cantidad posible de intermediación y de delegación de las facultades y de la soberanía de sus miembros. Esto es una cuestión vital ya que es imposible la construcción de un “intelectual colectivo” sin esa soberanía de la inteligencia.
El “centralismo democrático” no es intrínsecamente un sistema perverso, lo que es perverso son algunas interpretaciones que de él se hacen. Creo sí y con honestidad, que al menos de la forma que yo lo conozco, tiene serias limitaciones y se presta con mucha facilidad al desarrollo de fidelidades personales y al uso del aparato como homogeneizador y hasta domesticador de voluntades, lo cual es una especie de suicidio colectivo, porque no solo se quita la riqueza que el partido pueda tener, sino que lo que es aun más grave, inhibe la posibilidad de que el partido se rectifique a sí mismo. Estoy hablando del “centralismo democrático” y con más razón aun cuando ese “centralismo democrático” es solo “centralismo”. El solo hecho de la tremenda intermediación hace que en la práctica lo que nace en la base de la pirámide como crítica, llegue al vértice como slogan o mero enunciado. Quedan reducidas así cosas que eran importantes y hasta fundamentales a simples preocupaciones, porque en ese proceso de intermediación muchas veces también se hace un proceso de filtrado a tal punto que en el vértice todo puede llegar a ser unánime decisión... se pierde así toda la riqueza de las ideas (acertadas o no) a manos de “relatorías y forzados consensos” que no hacen más que vulgarizar lo complejo, ridiculizar lo adverso, desconocer lo disonante. Esta es una de las razones por la cual no sirve este esquema para la construcción de contenidos, que dicho sea de paso es uno de los grandes problemas de todas las organizaciones revolucionarias: organizaciones abnegadas, organizaciones heroicas, pero organizaciones muchas veces que caen en la inercia del oposicionismo víctimas de su propia mediocridad.
III
Acerca del estado
Con respecto a este tema no estaría de más decir que los comunistas estamos por la abolición absoluta del estado ya que todo estado es en esencia coercitivo. A diferencia de los anarquistas para nosotros esta desaparición del estado es un punto de llegada y no de partida, lo cual quiere decir en principio dos cosas: Primero, que vemos la construcción de la nueva sociedad como un proceso. Y segundo, que en ese proceso el estado tiene un rol fundamental. Es justamente por su carácter coercitivo que el estado adquiere esa importancia, la diferencia es que esa coerción es ejercida para liberar a la clase oprimida, la que está en la base de la sociedad.
Ya tenemos aquí dos elementos aparentemente contradictorios. Uno la necesidad de abolir el estado y el otro la necesidad de que el estado sea un instrumento apto para la emancipación absoluta del hombre.
Este proceso bidireccional es un buen parámetro para medir la calidad y profundidad de cualquier proceso revolucionario, porque si hablamos de un rol del estado y hablamos también de un punto de llegada que es de disolución del mismo, estamos diciendo que el principal rol del estado es de disolverse, de ir transfiriendo a lo largo de un proceso de “tránsito” sus facultades a la sociedad toda, es decir: al pueblo organizado.
Este es un tema interesante y sobre el cual se ha escrito menos. La gran mayoría de los escritos marxistas se refieren a los procesos que culminan con la toma del poder, pero poco o nada a los problemas del llamado “tránsito al socialismo y al comunismo”. Pero lo que me interesa abordar ahora es otra cosa y no este aspecto sino más bien el aspecto más estructural de esta cuestión. Dejemos en claro sí, que todo lo dicho en relación a la organización leninista sirve también en este punto ya que toda forma organizativa genera una “forma de ser” y esta a su vez una cultura. Esa cultura que ya posee la organización revolucionaria antes de la toma del poder, es el paradigma de sociedad (como ya dijimos) que implementará en la construcción de lo nuevo. Como no recordar aquí aquello de las armas melladas del capitalismo a las que hacía referencia Ernesto Guevara.
En otros trabajos ya he intentado analizar este aspecto estructural del nuevo estado. He señalado muchas veces, que la mayoría (yo diría la totalidad) de las experiencias socialistas se han definido así mismas como “repúblicas” (democrática, popular, socialistas). Y a pesar de que las experiencias han sido muchas y de diferentes características (incluso con diferentes arquitecturas) la palabra “república” no puede dejar de remitir a la revolución francesa y en consecuencia a la separación de la iglesia del estado y a la división e independencia de poderes. En consecuencia y a la luz de estos elementos habría que definir en principio si somos o no republicanos.
En caso afirmativo (como es mi opinión) tendríamos que oponernos a todo estado “confesional”. Y esto aunque suene antiguo me parece cardinal en estos tiempos de finales del siglo XX principios del XXI, ya que este fenómeno se nos vuelve a presentar con más fuerza incluso que durante la Edad Media.
El estado confesional es inaceptable por cientos de razones... por antidemocrático, por ahistórico, acultural, por mesiánico, etc., etc. ... sean estos estados judíos, musulmanes, católicos, protestantes e incluso ateos (ya que el “ateísmo militante” termina siendo también una ontología[4]). El estado nacional es nada más, y tampoco nada menos, que una figura jurídica y así debemos reivindicarlo. Nada tiene que hacer por tanto (ni a favor ni en contra) con respecto a la espiritualidad del hombre. Esto (repito) es sumamente importante porque creo que no solo el pasado sino el presente de la humanidad demuestra el peligro de los estados confesionales, estados que siempre han conservado la misma lógica, desde las cruzadas hasta la guerra contra el terrorismo, pasando por la conquista de América, África y Asia, la guerra del Ulster, los Balcanes o el fundamentalismo musulmán. Es decir, “si Dios nos hizo a nosotros, debe ser que los demás han de ser cualquier otra cosa menos seres humanos”. La existencia de religiones “oficiales” (como es el caso de muchos de nuestros países) es una forma solapada de continuidad medioeval en el estado moderno y si no veamos la reciente experiencia boliviana donde al poner a las religiones de las nacionalidades indias a la misma altura que la iglesia católica se ha formado un revuelo increíble. El estado nada tiene que ver con la espiritualidad del hombre, incluso la nación (que es una figura no legal sino cultural) muchas veces alberga en su seno a distintas confesiones y si no veamos el caso de Palestina. Palestino era Jesucristo que era judío, palestino eran los seguidores de Jesús que eran cristianos y más tarde también lo fueron los seguidores del profeta Mahoma. Por eso es tan inaceptable el estado de Israel como el de Irán o cualquier otro estado que obligue a sus ciudadanos a tomar una postura predeterminada en relación a sus creencias más íntimas. Muchas veces somos condescendientes con muchos movimientos o países confesionales (y otros no confesionales pero de dudosa moral) por su simple oposición al imperialismo, lo cual nada aporta y mucho confunde... y sobre todo nos confunde.
El otro aspecto tiene que ver con la división y necesaria independencia de poderes, cuestión que está íntimamente ligada con lo que ya hemos planteado acerca de los derechos humanos y posibilidades de desarrollarse en plenitud como individuos. Esta división y esta independencia de poderes, es lo único que parece garantizar el estado de derecho no solo por el mutuo contralor sino porque es la justicia la última instancia de preservación del individuo.
Ya lo he dicho en otras ocasiones, yo soy partidario de la no superposición del partido revolucionario con el estado y lo he explicado detalladamente en “Democracia y socialismo”. El partido, en resumidas cuentas, no tiene que mutar de condición con la toma del poder. Su función sigue siendo la de concientizador, la de vanguardia, la de garante del proceso y eso resulta imposible cuando partido y estado son la misma cosa. En esa misma línea creo también que debe existir la libertad de asociación y en consecuencia la posibilidad de que existan otros partidos políticos y organizaciones civiles independientes. Es decir, nuestra crítica al capitalismo no puede empañar la visión del sistema republicano, ni restringir nuestro concepto de las libertades y derechos que son inherentes a toda persona. Una cosa es el estado burgués y otra cosa muy distinta ha de ser el nuevo estado, pero en el sentido de que lo que una solo enuncia el otro hace efectivo. “Libertad, igualdad, fraternidad” sigue siendo una buena bandera, el problema es que en manos de la burguesía siempre ha sido una (en el mejor de los casos) expresión de deseos, cuando no una ironía. Me parece interesante, en definitiva, analizar las nuevas experiencias y los fundamentos de la llamada “democracia participativa” de la cual la constitución venezolana puede ser un buen ejemplo. No por caer en un nuevo fetichismo pero en Venezuela se abre una experiencia “no clásica” que intenta revolucionar la sociedad a partir de la construcción de una nueva legalidad: el proyecto político, el programa revolucionario, la propia ideología, es la constitución nacional. Otro antecedente sería el del movimiento zapatista. Más allá de las posibles valoraciones de ambos procesos, queda claro que a partir de una nueva legalidad se puede “matar al pez por la boca” dando a partir de este hecho un nuevo sentido y un nuevo significado al discurso hueco del modelo imperial de democracia. Las constituciones pueden y deben garantizar no solo los derechos humanos y ciudadanos, sino también los derechos económicos, ecológicos y medioambientales, y los derechos culturales y nacionales de los distintos pueblos que forman el estado nacional.
Hay que retomar el camino de la “vía chilena” al socialismo, no como “la vía” sino como un aspecto que no hemos desarrollado en la profundidad que hemos desarrollado otros aspectos o posibilidades de acceso al poder y modelos de democracia. Creo que no debo aclarar a esta altura de todos mis trabajos anteriores, que los medios y los modelos tienen que ver con las condiciones reales en momentos determinados y específicos, todos son válidos siempre y cuando se los aplique en el momento preciso: los métodos son "consecuencia" de las condiciones reales en que la lucha se desarrolla. Por eso en las actuales condiciones es imperioso desarrollar otros aspectos del accionar revolucionario. En definitiva, todo lo que subyace bajo todo esta línea argumental no contradice en nada los axiomas clásicos del pensamiento revolucionario, ya que todos estos proyectos llevan implícitos la necesidad de “destruir” el estado burgués a manos del partido revolucionario quien en definitiva será también quien construya esa nueva legalidad. Por tanto, no hay ninguna contradicción tampoco entre revolución, estado, división e independencia de poderes y democracia.
Por último quiero resaltar lo que ya hemos adelantado hace un instante... y es que por toda esa visión de la historia que desarrollamos en los puntos anteriores, no nos que más que refundar el Estado Nacional no solo como una república sino también como una unidad multinacional, pluricultural y multiétnica. Esta refundación parte de la premisa de reconocer que todos los que estamos en esta tierra más allá de las circunstancias históricas y sociales tenemos el mismo derecho a existir y desarrollarnos acorde a nuestras particulares cosmovisiones. Y en este sentido es que la revolución en América tiene que ser fundamentalmente un hecho de la más absoluta justicia y de reparación histórica.
No voy a fundamentar sobre este particular porque ya lo he hecho ampliamente en mi ensayo sobre la naciones indias que no solo desarrolla conceptualmente toda esta problemática, sino que además es una verdadera propuesta de implementación que tuve el gusto de discutir no solo con algunos especialistas en el tema sino también con muchos integrantes y dirigentes de las propias comunidades.
Estos han sido algunos aspectos que como habrán visto están todos interrelacionados a pesar de que cada uno tiene su propia dimensión y complejidad. Como dije al principio, remiten y complementan anteriores trabajos que he escrito y como siempre no quieren ser una última palabra (ni siquiera una opinión definitiva) sino al menos un poner sobre la mesa lo que generalmente ocultamos bajo la alfombra.
[1] Estamos hablando concretamente que si eran correctas las teorías de Taylor y Morgan acerca de que la humanidad tenía que pasar inexorablemente por una serie de estadios hacia la civilización, si las teorías de Darwin acerca de la selección natural y la evolución de las especies eran transportables al hombre y a la sociedad... América quedaba evidentemente ubicada en la prehistoria y hasta el capitalismo (como decía aquel artículo de Marx sobre la India) era civilizador por cruento que fuera.
[2] Fíjense que no he utilizado la tan trillada frase “emancipación total del hombre” porque justamente pretender que con la eliminación de la sociedad dividida en clases vamos a terminar con todos los problemas de la sociedad me parece religioso o al menos un a priori que no me interesa sostener hoy por hoy.
[3] Rosa Luxemburgo creía que una organización así podía ser utilizada en sentido autoritario.
[4] Los soviéticos acuñaron el término “ateísmo científico” deducido obviamente (y aunque parezca contradictorio) de su religión de la materia.
comunismo como escatología
por armando de magdalena
Como suele suceder inexorablemente las ideas están sujetas a la interpretación del que las recibe, y esta, a su vez, más allá de la intencionalidad de quien las genera o emite.
En el caso del marxismo, entendido este, no solo como el conjunto de ideas de un hombre llamado Karl Marx, sino también como una construcción a la cual muchos aportaron a lo largo del tiempo, el caso no es diferente.
Muchas veces he utilizado en otros escritos expresiones como “religión de la materia”, “marxismo metafísico”, “marxismo liberal”, “dogmático”, “vulgar”, etc., justamente para tomar distancia de esas interpretaciones que creo se alejan de esa intencionalidad o de ese espíritu que el marxismo en opinión de muchos debiera haber tenido, antes, ahora y después.
No es mi intención aquí volver a repetir muchas de las cosas que ya he dicho en otros trabajos, sino justamente explorar un aspecto que creo no había tocado antes . Hemos hablado ya muchas veces de la vulgarización del marxismo, es decir, de aquello de que el ser social determina la conciencia social obviando el en última instancia, que tiene que ver con otra simplificación como aquella de que el pensamiento refracta de la materia así de manera directa y no dialéctica que es lo mismo que decir y viceversa. Este tipo de cuestiones tan aparentemente insignificantes son las que, en mi opinión, terminaron convirtiendo al marxismo en una supraciencia por encima y al margen de la ciencia y lo que es peor aún, en una religión que no por materialista es menos religiosa que cualquier otra religión que conozcamos o hayamos conocido. El Dios en todo caso es la materia y el dogma toda una legalidad positivista y evolucionista, un conocimiento apriorístico empoderado de todas las respuestas correctas a los problemas posibles, y que tuvo serias consecuencias, no ya en el marxismo, como una filosofía al margen de la filosofía, sino en la posibilidad misma de revolucionar al mundo. En definitiva, sean escrito montañas de libros partiendo de estas falsas premisas y como era de esperar los resultados han sido siempre catastróficos.
Esa legalidad del marxismo, fundada en las teorías científicas en boga a principios del siglo XX, siguió inmodificada y lo sigue estando, en cierta interpretación que del marxismo se hace, a pesar de que esas teorías científicas, que como todo conocimiento científico siempre han sido provisionales, fueron o bien sustituidas o bien circunscriptas o acotadas a determinados espacios de la realidad, cuando no sustituidas. Ese marxismo igual que aquella ciencia, tenía una vocación universalista, legalista y hasta ontológica, por eso no es dificil comprender que puedan haber terminado en religión y como tal en escatología. Es por eso que siempre he reivindicado aquella interpretación mariateguiana del marxismo que veía en él sólo un método de análisis, una teoría de la revolución o un modelo posible de sociedad. Esto, de hecho, niega al marxismo la entidad de filosofía de la historia y de suprafilosofía al margen de la filosofía o de la ciencia. En todo caso (y ya en mi opinión y no la de Mariátegui) el marxismo como filosofía de la historia solo tendría entidad para occidente pero no para todo el mundo. Por qué? Por que los llamados “clásicos” siempre hablan de occidente e incluso, las pocas veces que hablan de otras partes del mundo lo hacen contaminados, lo hacen con el a priori de su propio conocimiento, de su propia cultura y de sus propios mandatos incumplidos, de sus propias categorías y puntos de vista. Por eso es que hablamos de feudalismo en América, en Africa o Asia, vemos relaciones mercantiles donde no las hay y hasta esclavitud también. Esto no es siquiera de la cosecha de Marx ni de Engel sino que es de Augusto Comte, de Taylor y Morgan, de Darwin y Newton y de muchos más. Es decir, un mundo con un linaje (Grecia, Roma, Jerusalem) con leyes irrefutables que en todo caso solo esperan ser descubiertas, un mundo con estadios por los que indefectiblemente hay que pasar y de ahí, de el lugar exacto que se ocupa en esa grilla, la valoración: el grado de desarrollo material y espiritual que un pueblo puede tener, o al que puede aspirar, en un momento determinado. En ese esquema lineal ascendente el comunismo sería lo que el juicio final para el cristianismo o mejor aún, el paraiso ganado después de la apocalipsis de la lucha de clases.
Quien no ha dicho o escrito alguna vez aquello de que a través de la superación de la sociedad dividida en clases el hombre alcanzaría su total y definitiva emancipación? Yo lo he hecho varias veces. Ahora bien, todo es cierto pero nada es verdad (al menos verdadad irrefutada) el problema es donde se ubica cada cosa y cual es el límite de cada reino. El concepto de “alienación” que ya Marx desarrollaba en sus manuscritos de 1844 es sumamente rico y fecundo. El hombre se “desapodera” de su trabajo, lo vive como algo ajeno, tortuoso y extrínseco, al punto que termina siendo él mismo producto de ese trabajo. “El salario es una consecuencia directa del trabajo alienado, y el trabajo alienado es la causa directa de la propiedad privada. En consecuencia, la desaparición de uno de los dos términos arrastra también la del otro. De la relación del trabajo alienado de la propiedad privada, etc., de la servidumbre, se expresa en la forma política de la emancipación de los obreros, no como si sólo se tratara de su emancipación, sino porque esta implica la emancipación universal del hombre; ésta está contenida en aquella porque toda la servidumbre del hombre está implícita en la relación del obrero con la producción, y todas las relaciones de servidumbre no son más que variantes y consecuencias de esta relación” decía el joven Karl Marx sobre el final del Primer Manuscrito. Claro, no lo tenemos a Marx para preguntarle acerca de la intencionalidad de sus afirmaciones, ni tampoco de cual es el límite (si es que lo tuviere) donde esto se enmarca y tiene entidad de ley (si así pudiéramos llamarlo), pero cierto es que solo podemos leerlo e interpretarlo y entonces la polisemia (tan propia de todo texto) es inevitable... en esa emancipación del obrero está en verdad implícita la emancipación universal del hombre? Marx, como decía Mariátegui, está reflexionando sobre el capitalismo de su tiempo desde las necesidades propias de su militar revolucionario o tiene pretensiones más allá de ese horizonte?
Es indudable que esta alienación por el trabajo producida por la propiedad privada, es parte del núcleo duro del marxismo. Y cierto es que esa dominación de clase es una de las principales coartadoras de la humanidad del hombre, pero una vez que esas relaciones cesen, como resolverá el hombre su relación con el otro? Como resolverá el hombre su natural vocación filosófica, culturadora? Como interactuarán las distintos paradigmas nacidos de distinats cosmovisiones que a su vez son el resultado de las diferentes relaciones del hombre particular con un paisaje particular y una historia particular? Ese etnocentrismo propio de todos los pueblos cesará con la desaparición de las clases?
Realmente no me atrevo a pensar el comunismo como punto de llegada del hombre. Creo sí que el comunismo es lo que ha de suceder al capitalismo, (incluso aunque se llame de otro modo) pero de la misma forma que hubo otra historia de la humanidad antes de la lucha de clases[1] es muy probable que haya otra historia después de su desaparición. Pensarlo de otro modo se me hace parcial, no deja de ser un análisis estricatmente económico (y por tanto estrictamente material) y muy por el contrario de lo que dejaba entrever la religión de la materia el ser humano nunca fue mera refracción (un espejo de la realidad) sino que siempre tuvo una actitud activa, cultural (en el estricto sentido etimológico) ante esa realidad por la que fue, si, permanentemente condicionado, pero que nunca logró ser un impedimento insalvable para trasgredirla y superarla en sentido afirmativo. No conocemos ni podemos conocer cúales serán los desafíos, los condicionamientos y futuras relaciones del hombre con los demás hombres, solo por eso su "emancipación total" no puede ser más que una expresión de deseos, un punto al que nos dirigimos, pero que se me ocurre, al igual que sucede con el horizonte, siempre se aleja a la par que caminamos.
[1] Se hace referencia aquí a la nota aclaratoria de Engel a la edición alemana de 1890 del Manifiesto, donde reconoce que hay una historia anterior a la de la sociedad dividida en clases que era prácticamente desconocida en 1848, época en que se escribió el Manifiesto.
por Armando de Magdalena
Para muchos estudiosos y analistas de la realidad americana, el populismo es y ha sido la corriente de pensamiento que más ha caracterizado nuestra escena política desde el siglo pasado . Tal aseveración puede ser tomada por cierta si abordáramos este fenómeno desde la perspectiva histórica de los procesos políticos de nuestro continente, no obstante, sin restarle importancia y verosimilitud a este enfoque, creo que el populismo no puede ser tomado como una ideología (al menos en el sentido no- lato de la palabra) si no más bien como una actitud que en todo caso ha impregnado con su coloratura a un amplio y diverso espectro de personas y procesos político sociales.
Y es que nada definimos, desde el punto de vista ideológico, cuando decimos que tal persona o política es populista. La identificación con una ideología determinada no puede dejar de ser sospechada, ya que si miramos bien lo que tácitamente se pretende, es establecer una supuesta ligazón (y continuidad) entre personajes y procesos de la actualidad, con personajes y procesos del pasado histórico, cuando en realidad pocas veces guardan (o han guardado) alguna similitud o concordancia. A esto debemos sumarle como agravante, que aquellos procesos tuvieron como protagonistas a hombres que en muchos casos han entrado a la categoría del mito o al menos han quedado fijados en el ideario de sus respectivos pueblos y del continente como figuras paradigmáticas, cosa que por cierto los separa grandemente se sus supuestos herederos. Desde ser procesos que se dieron en una determinada región y en una determinada fase del desarrollo capitalista a nivel mundial que no había llegado a la concentración y transnacionalización que tiene hoy día, hasta las posibilidades de desarrollo que le daba un mundo multipolar de entreguerras y posteriormente de la Guerra Fría (en el cual los países del tercer mundo podían a amenazar a cualquiera de los dos bloques de pasarse al otro bando) todo es diferente, salvo la máscara.
El problema es desde donde se piensa ese supuesto populismo como ideología.
Cuando se lo piensa desde el poder imperial el populismo es presentado como antagónico cuando en realidad se sabe que es una variante tolerada de un único proyecto. Más allá del refunfuneo y la pirotecnia verbal para las grandes cadenas informativas, el populismo cumple su deber de ser falsa alternativa. Para ello se rebautiza todo el espectro ideológico llamando “izquierdistas” a hombres como López Obrador, Kirchner, Tabaré Vázquez o Bachelet, se llama “centro” a la derecha, “moderados” a los liberales quedando así la izquierda revolucionaria fuera del espectro y hasta yuxtapuesta al terrorismo y los carteles de la droga. De este modo lo que se consigue es enmascarar una mera postura, con el ropaje y la entidad de una ideología, supuestamente alternativa, pero que en verdad no lo es.
El populismo se diga o no, es homologado a un nacionalismo (poco serio por cierto) pero nacionalismo al fin, propio de países subdesarrollados, que no comprende el fenómeno de la globalización y que por tanto (por viejo) no tiene ninguna posibilidad de sobrevivir o al menos de dar soluciones satisfactorias a los problemas actuales y futuros de los pueblos que conduce. Así, tácitamente excluida, queda la posibilidad de sustituir al capitalismo por otro modelo de sociedad y también de romper la hegemonía imperial a escala planetaria: el populismo enuncia un camino condenado de antemano al fracaso, pero en todo caso es tolerado (en tanto y en cuanto es un fenómeno nacido de las urnas) pero que en definitiva no puede dejar de mostrar y explicar el subdesarrollo de los pueblos que lo sustentan. Muy distinto es el servicio inestimable que presta ya que es el principal freno para los cambios verdaderos y el principal generador de frustración popular. Hay entonces una relación amor odio entre el imperio y el populismo porque por un lado instala un discurso que más allá de que jamás será consumado queda fijado en el ideario de los pueblos[1] (y por cierto hostil a las intereses imperiales), pero por otro es un vehículo para aislar a la izquierda real, descomprimir el descontento social e incluso arrebatar o desacralizar sus banderas.
Desde el otro lado (desde el campo popular) el populismo tiene problemas para ser presentado también por sus connotaciones negativas... pero en un sentido diferente. Populismo es más bien, sinónimo de demagogia. Y esto necesariamente obliga a los populistas a buscar otras denominaciones (nadie que yo sepa se reivindica populista), giros generalmente arquietectados en torno a lo nacional, el antiimperialismo, lo popular, la patria, la justicia, la soberanía y cosas por el estilo, incluida la revolución. Como ya hemos dicho esos procesos y personajes que fundan la supuesta genealogía de este sector del campo popular nada tienen que ver con la ideología (generalmente de “tercera vía”) que detentan sus supuestos herederos. Lo que toman la más de las veces es su máscara, es decir, su retórica, sus símbolos, sus mandatos incumplidos. Se trata de resaltar un supuesto pragmatismo que en realidad no era tal, sino más bien un intento (ilusorio o no) de encontrar un camino alternativo y por tanto diferenciado del capitalismo y el socialismo realmente existente en aquella época. La diferencia sustancial en este punto es el abandono del populismo actual de la retórica anticapitalista que tenía aquel otro, y lo que tiene en común sí, es la ilusión de que exista aun una burguesía genuinamente nacional que pueda operar transformaciones en sentido revolucionario y antiimperialista. Es decir, este es un segmento del campo popular que se empeña en no aprender nada de la historia de nuestro continente, e incluso de sus propios errores.
No es casual que junto con el redescubrimiento del antiimperialismo y la “Patria Grande”, estos sectores reinstalen también la polémica, ya vieja, acerca de el rol y características de las burguesías de nuestro continente, polémica que ya estaba casi saldada en la década del 20 y del 30 del siglo anterior pero que parece tendremos que seguir discutiendo algún tiempo más. Este hecho no puede ser tomado como desconocimiento. Creo que hay algo de aggiornamiento en esta exhumación, es decir, abandonada ya para siempre las fiebres juveniles de la utopía solo queda tratar de construir una sociedad más justa (no justa), un capitalismo sano como quiere Carrió y como quieren muchos aunque no lo digan. El tema es que las burguesías nacionales en la América de hoy, solo tienen de nacional su residencia ya que no son más que meros agentes de las transnacionales y grupos político económicos de las grandes metrópolis dominadoras del mundo. No hay por tanto una tal “burguesía nacional” y el caso más elocuente es el de Venezuela donde es justamente el Estado Nacional quien tiene que jugar el rol de esa burguesía nacional inexistente.
Ahora bien, esta homologación del populismo con el nacionalismo es tan dificultosa como dificultoso es definir al propio nacionalismo de una manera abstracta y ahistórica. En todo caso el nacionalismo será (y fue) populista solo en la medida que no sea revolucionario ya que el rasgo principal del populismo es justamente el divorcio entre su retórica y su accionar, o en el mejor de los casos, la superficialidad de sus medidas, su incapacidad de resolver los problemas de fondo, es decir, su carácter reformista en un continente donde a causa de la dominación las medidas deben ser liberadoras, es decir radicales. Desde ese punto de vista el populismo debiera ser identificado en todo caso, con el nacionalismo burgués (muy presente en nuestro continente a lo largo del siglo XX, incluso el indigenista) y no con el de origen marxista que por radical propone (y propuso siempre) modelos de transformación donde la lucha entre clases es (y era) insoslayable. No es casualidad que los grandes líderes populistas de todos los tiempos, sean y hayan sido siempre, los conductores de grandes partidos y movimientos policlasistas y por tanto la polisemia y la ambigüedad el eje de su discursiva.
Que se entienda bien entonces que no estamos criticando aquí al nacionalismo (todo lo contrario). De lo que se trata es de defenderlo también a él del manoseo y la profanación permanente, del vaciamiento de contenido y el travestismo tan propio de la posmodernidad capitalista. El nacionalismo no es siquiera un peldaño necesario en un proceso hacia el socialismo y el comunismo, el nacionalismo es (y debe ser) parte del núcleo duro de cualquier ideología revolucionaria, porque aun cuando se haya resuelto la lucha de clases, aun cuando hayan desaparecido las fronteras nacionales, las naciones seguirán existiendo como comunidades de cultura (que eso es en realidad lo que son) y por tanto el cultivo, preservación y enriquecimiento de las diferencias y particularidades, una parte fundamental del proceso identitario de todo individuo.
Ese nacionalismo al que nos referíamos (el de la primera mitad del siglo pasado) no era un todo singular, preciso y riguroso, sino que era ecléctico... palabra que para mi no necesariamente es una mala palabra... y digo ecléctico porque realmente lo era (al menos en su formación) ya que tomó del fascismo algunas poses y vicios (también su desprecio a la democracia burguesa), tomó del keynesianismo y del desarrollismo (cada uno a su momento), sobre todo en cuanto al papel del estado en el desarrollo estratégico de la nación, y abrevó incluso en las ideas socialistas, o más bien materializó muchos de sus reclamos y reivindicaciones, más allá de los motivos por lo que lo haya hecho (léase, de elevar por un lado el nivel de las masas, situación que además de una indignidad era hasta un freno para el capitalismo, o de frenar la lucha social y revolucionaria). Ese “ser el posibilitador” de ese ascenso social de las masas es el capital simbólico con el que el populismo ha logrado legitimar todas sus aventuras y zigzagueos ideológicos hasta el presente y fue también la herramienta con la cual erradicó el ascendiente que los elementos revolucionarios habían logrado sobre el pueblo en general y sobre la clase obrera en particular y que les había costado décadas acumular con sangre. Claro no ha sido solo el accionar de los unos sino también los desaciertos de los otros (pero eso ya es un tema aparte)... lo concreto es que esos procesos nacionales fueron genuinos, lícitos y hasta necesarios, lo que les podemos cuestionar hoy, desde la distancia, es su inconsecuencia, su haberse quedado a la mitad del río o lo que es peor, haber traicionado en algunos casos sus propios postulados o las aspiraciones de las grandes mayorías. Fueron necesarios porque no solo instauraron los derechos de los sin derecho, sino que nacionalizaron los resortes estratégicos para el desarrollo (energía, comunicaciones, industria pesada, reforma agraria, nacionalización de la banca, etc., etc.)
todas medidas correctas a su momento y por cierto nuevamente necesarias después de décadas de neoliberalismo. El tema es que el mundo este ya no es el mundo aquel, las burguesías, como dijimos, tampoco son las mismas y la clase obrera (casi extinta) también es distinta. El fenómeno hoy es la desocupación, la lumpenización, la marginalidad y exclusión lisa y llana de los 2/3 de la población mundial que son “inviables” (así de sencillo) para los grandes poderes político económicos de los rectores del mundo. Por eso hoy debemos llamarlos populistas y no nacionalistas porque no hay ninguna posibilidad (y ellos lo saben) de reeditar esos procesos en los mismos términos, sin derecho de inventario.
A diferencia de lo que hemos analizado con relación al mito en otros trabajos, la identificación del populismo actual con esos procesos nacionales del siglo pasado, no se da en términos ni siquiera paradigmáticos, es decir, del rol que le ocupa a un determinado personaje (generación o grupo de personas o movimiento) en relación a la historia, a su pueblo y a los mandatos que le vienen de su cultura desde el fondo de los tiempos... lo que hay es más bien una extrapolación de una realidad vista de manera detenida y superficial, una especie de foto que como tal solo recoge lo aparente, lo que está en la superficie y no lo que subyace y da fundamento. Por tanto el populismo como tradición hoy en pleno siglo XXI no deja de ser en muchos casos, una copia mala de algo que quizás ya era malo pero al menos era genuino en su momento. Es por eso que no puede ser tomado como una ideología, sino que debe ser tomado como una actitud, una postura, tolerada si por el imperialismo ya que es uno de los dos gestos inobviables de un mismo movimiento y que el capitalismo siempre ha necesitado para regenerarse. Tan necesario es el populismo que a veces hasta resulta imprescindible (sino veamos el caso de Kirchner apareciendo después de la sangrienta y estrepitosa caída de De La Rúa y del “que se vayan todos”). En los propios EEUU eso se llama “demócratas” y “republicanos” y a tal punto es así que no deja de ser simpático el modo en que los republicanos hablan de los demócratas, incluso un espectador desprevenido podría llegar a pensar que los demócratas por ser menos conservadores o más progresistas, son menos capitalistas que sus eternos y necesarios adversarios. Lo mismo sucede en Europa donde hasta el propio marxismo ha desaparecido de hecho a fuerza de su negativa a reconocerse beneficiarios de un standard de vida sustentado en la explotación del resto del mundo. Los marxistas europeos (por esta única y sencilla razón) se han convertido en los reformistas más honestos y consecuentes que puedan existir... ahora para ser revolucionarios tendrían que ir en contra de los intereses de sus propias naciones, cosa que no han hecho ni harán nunca, según parece.
Vemos entonces que este populismo nunca ha dejado de ser funcional al sistema dado su carácter retardatario. A diferencia de los pocos procesos nacionales honestos y consecuentes, toma las banderas profundas de los pueblos solo para traicionarlas. Su reinstalación y tolerancia hoy, tiene que ver sin dudas con la caída del Muro y con la reticencia de los mentores de la unipolaridad del mundo a reconocer el fracaso (casi dos décadas después) de su proyecto de dominación total (es decir, material y espiritual) de la humanidad, y el populismo es el máximo nivel de hostilidad que están dispuestos a aceptar. El problema en todo caso es que nunca pueden estar seguros si están realmente ante un populista o ante un proceso nacional que se desplaza hacia otras posiciones.
Muchos de los procesos revolucionarios de nuestro continente nacen y han nacido (como ya lo hemos dicho) desde posiciones nacionalistas honestas, y el populismo no tiene nada que ver con esto, en todo caso, todo proceso nacional serio tendrá en un momento que chocar con los intereses de los imperios, ya que hay una incompatibilidad obvia entre la soberanía e independencia política, económica y cultural de los pueblos y el destino manifiesto de los imperios por esclavizarlos. En la resolución de ese problema (y no antes) está dado el carácter burgués o revolucionario de un proceso nacional. Esta era la percepción del Che Guevara cuando hablaba de que el socialismo en el tercer mundo pasaba por la guerra de liberación. Hasta la “vía chilena”, realmente novedosa y fuera de la lógica del modelo de revolución tanto insurreccional como soviético, tuvo que enfrentarse antes que nada a este problema. La liberación nacional es lo que posibilita que se desarrolle en el tiempo histórico la liberación social. Porque bien cabe recordar que la superación de la sociedad dividida en clases es un proceso y no un hecho único y espontaneo, por tanto en el camino al socialismo y al comunismo hay toda una problemática de carácter nacional de cuya resolución depende la propia supervivencia del proceso revolucionario.
Esta resolución del proceso y no su estética o su retórica es lo que hace la diferencia. Se puede avanzar como hizo la revolución cubana, como parece hacer Chávez hasta el día de hoy, o se puede hacer lo que hizo Perón en el 73 cuando echó a la izquierda de la plaza. Es esa verbigracia la que termina yendo en contra del propio simulacro, ya que la acumulación de un proceso en determinados puntos de su desarrollo no puede ya desmontarse o retrotraer a estados anteriores. A eso nos referíamos tangencialmente cuando decíamos que el populismo más allá de ser un simulacro no deja de instalar un discurso (como lo hace hoy Kirchner con los derechos humanos y el antiimperialismo) el problema es que a veces los pueblos se lo creen y lo toman como propio y es más, se lo arrojan a la cara a sus líderes.
Tiene por tanto el populismo todo los elementos de una tragicomedia que va tocando todos y cada uno de los sentimientos más caros del pueblo. Cuando ese pueblo avanza y le empieza a reclamar la consumación del discurso que ha venido sosteniendo es donde estos procesos se definen y quedan al fin caracterizados. La identificación del populismo y nacionalismo tiene que ver entonces y de manera precisa, con la irresolución (premeditada o no) del problema nacional y no con otra cosa. Tiene que ver con procesos nacionales que quedaron a medio camino por no poder o no querer resolver el tema de la dominación, la condición colonial y neocolonial de nuestros países que en el plano interno se expresa e imprime determinadas características a la lucha de clases. Por eso es tan incorrecto e inconducente el antiimperialismo fronteras afuera que desconoce el carácter de meros agentes transnacionales de nuestras burguesías, como la lucha social clasista que desconoce el componente civilizatorio y continental de la dominación.
Ese reformismo populista que muchos estudiosos dan como distintivamente americano, nada tiene en verdad de distintivo y mucho menos de singular o americano, ya que es en la Europa de entreguerras donde nace y se desarrolla, e incluso sobrevive con éxito, hasta nuestros días, ya que el reformismo es una política correcta (y el populismo lo es) para un país o grupo de países, sometedores que han fundado su posición privilegiada en el concierto de las naciones en la dominación política, económica y cultural de los llamados países periféricos. Esas mismas reformas aplicadas en países como los nuestros nada pueden hacer sino fracasar ya que nuestra principal condición es la del dominado y no la del dominador. Eh ahí el fraude de todo el contrabando ideológico (de izquierda y de derecha) que vive extrapolando experiencias que nada dicen con respecto a nuestra problemática fundamental. Es ese uno de los rasgos más elocuentes de nuestra dominación: el colonialismo mental, la adscripción acrítica a todas y cada una de las corrientes en boga en el “mundo civilizado”.
En todo caso se podrá decir que aquí existe una fuerte tradición cultural, un fuerte peso, una fuerte identificación con los líderes, pero el caudillo nada tiene que ver con el populista o el demagogo o el déspota. El caudillo tiene en América una doble genealogía que le viene tanto de sus príncipes indianos, verdaderos dioses, como de los capitanes de la guerra, aquellos que “adelantaban la frontera” para el rey y para Dios. Ese es un tema específico (que bueno sería dedicarle unas cuartillas) y que en América nunca ha sido debidamente sopesado... ha sido incluso combatido por izquierda y derecha y sea tal vez nuestra más genuina razón de ser. Su gravitación en la historia pasada y presente de nuestro continente ha sido siempre determinante y no por casualidad, se me ocurre, ha sido tan denostada siempre.
Quien puede dudar que Fidel Castro es un caudillo y que por el solo hecho de existir siempre será inobviable?... lo fue el Che, lo fue Torrijos, lo fue Perón, Chávez lo es y Evo para “sus indios” casi un dios y no necesariamente (a pesar de lo disímil de los ejemplos) todos populistas.
Por eso me parece tan inconducente asumir al populismo como ideología, como circunscribirlo solamente al campo del nacionalismo. De hecho (y volvemos a lo de la heterogeneidad) cierto es, que otras corrientes no nacionalistas (socialdemócratas, socialcristianos, radicales y liberales en general) han sido también sus más altos exponentes en determinadas épocas y circunstancias. Hasta la misma izquierda revolucionaria ha caído (y cae) muchas veces en posturas populistas que tienen que ver con el facilismo, con la falta de profundidad, con el oposicionismo consignista que en realidad oculta su poca o nula preparación para el poder y su incapacidad de ser reconocida por las masas, no ya como vanguardia, sino como genuino emergente, genuino exponente, intérprete y conductor de un pueblo.
Convengamos entonces, para concluir, que el populismo es algo mucho más complejo que una simple ideología y por eso también es mucho más difícil de destruir. El populismo es una actitud fundada en una supuesta volubilidad ante las masas. Volubilidad que se verifica en la permanente atención a las encuestas, los medios y el estado de ánimo general de la población y del mundo. Y es que hay una especie de falta de plan en el populismo que es lo mismo que decir que el plan es en todo caso el dar respuesta a una especie de marketing político cortoplacista y demagógico que tiene por norte y por único objetivo la perpetuación en el poder. Si para sostener ese consenso se tiene que ir para atrás, para el costado, para adelante, o para el otro costado, no importa... tampoco si se tiene que recurrir a personajes históricos que están en las antípodas del propio pensamiento (tal el caso reciente del candidato de la derecha ecuatoriana que terminó su intervención en un debate televisado por CNN diciendo: “hasta la victoria, siempre”)... todo vale lo que importa es la captación de la voluntad de las masas como un fin en si mismo y no como aquello que posibilita la transformación y la solución de los problemas. No es casual que una vez en el poder populismo y totalitarismo se hallen íntimamente ligados, así como la corrupción y el avasallamiento de las libertades y derechos individuales.
Esa volubilidad ante las masas es la que derriba para el populismo cualquier frontera ideológica. Es esa mutua seducción, ese placer orgásmico del líder ante los grandes conglomerados, lo que hace opacar la más clara señal en el cielo de la historia. El populismo es una trampa ya que no tiene otro fundamento y justificación que ese placer edónico. Si como todos reconocen (tanto a izquierda como derecha) el estado nacional tiene un rol fundamental en la formación (o deformación) de la conciencia, ya sea mediante la cultura oficial, las instituciones educativas, culturales y sociales, (más exactamente aquello a lo que Gramsci llamaba “superestructura”) hay una contradicción entre esa complacencia ante las masas y el rol asumido de educarlas. Educarlas no en el sentido de que los pueblos no tengan sus propios saberes, sus propias idiosincrasias, sino porque toda generación es hija de un modelo de sociedad, y toda sociedad a su vez, está arquitectada sobre determinados valores, determinados mandatos y paradigmas... esas “armas melladas del capitalismo” de las que hablaba el Che nunca podrán servir para construir lo nuevo. Y lo nuevo puede ser muchas veces hasta antipopular, porque a nadie creo le tiene que caer simpático ir a hacer trabajo voluntario un domingo si bien pudiera quedarse en su cama, como tampoco al hijo le cae simpático que su padre le ponga un límite. Hasta la más exacerbada individualidad necesita un continente y necesita también un norte donde poder proyectarse. Es solo la conciencia lo que posibilita el sacrificio por lo demás, el sacrificarse por otro tiempo que necesita de mi tiempo para consumarse, un tiempo sí que tendrá mi huella y la de otros miles y miles de hombres, de niños y mujeres. El populismo es simplemente la falta de valores y de conciencia, es una exacervación del individualismo, una sed insaciable de poder y reconocimiento, que se mira a sí mismo y que nada le importa de los demás. Es la actitud correcta para un tiempo signado por la desesperanza, por la clausura, por la vanalización. Es por eso mismo que no respeta ideologías porque es solo lo que se espera de él y nunca lo que nos atraviesa, lo que nos sacude, lo que nos obliga y nos hace mejores, ser solo y para los demás, es decir “ser” en el sentido trascendente que es la condición de lo humano.
[1] Pensemos en la retórica antiimperialista, o contra las entidades de crédito internacionales, o la lucha por el castigo a los culpables de las dictaduras alentadas por Washington, etc. Hay toda una retórica que no por falsa deja de ser instalada en el ideario.