06 febrero 2011

El futuro se escribe con Ñ

Quinientos millones de hablantes no es un número menor, pero tampoco nada dice ya que si en realidad el número es lo que importase el idioma de la China (con sus mil doscientos millones de habitantes) sería el primero del mundo y no lo es.

Lo que generalmente se toma en cuenta en estos casos es que un idioma, para aspirar a ser universal o relativamente importante (ya que la universalidad parece imposible), sea hablado en un amplio espacio vital y no de manera excluyente, en el acotado ámbito de una nación. Dicho de otro modo, no debe ser un idioma étnico1 como lo puede ser el catalán o el chino mandarín, o la inmensa mayoría de los idiomas que aun se hablan y que remiten a una realidad cultural única y no albergan, como es nuestro caso, una polisemia que termina redefiniéndolos y ensanchándolos a lo largo de los siglos.

Teniendo en cuenta esto, podríamos empezar aventurando que una lengua para aspirar a cierto grado de universalidad o más bien preponderancia, debe poder albergar dentro de sí otras realidades que exceden el universo de donde emergieron. La capacidad de asimilación de una lengua, la capacidad de dar cuenta y poder nombrar otras realidades que en principio la exceden, es lo que creo las hace grandes y por sobre todo vivas y vigentes.

No es, como veremos, una simple voluntad o posibilidad de serlo. La idea de un idioma universal ya tuvo su punto de llegada en el esperanto. Un idioma artificial creado por un oculista polaco de origen judío, Lázaro Zamenohf, allá por el 1887 y que hoy es hablado por unas 150.000 personas en todo el mundo (lo cual no deja de ser en extremo pobre para un idioma que aspiraba a ser universal… lo que si prueba esta pobreza es que no hay lenguas sin culturas). En realidad los idiomas que alguna vez lo lograron (y en esto también hay temporalidad) lo han hecho por relaciones de poder que lo permitieron (no sólo por estar vivas y pujantes). El inglés, que es la primera lengua hablada en importancia, es la lengua de un pequeño país que una vez dominó el mundo. Antes había sido el latín y antes el griego, el egipcio, el persa y así de continuo. Lenguas de pueblos que consiguieron un predomino comercial, político, cultural o militar sobre el mundo por ellos conocido. También fue el caso del árabe esparcido por el mundo a través de una religión: el islam, pero también del portugués, del español, el francés, el alemán, el italiano, el belga y el holandés, idiomas que junto al inglés fueron lenguas de colonialismo y conquista durante los siglos XV, XVI, XVII, XVIII, XIX y XX. Lenguas impuestas por Europa a pueblos de cuatro continentes a través de siglos de explotación, muerte y saqueo. Es decir (y aquí aventuramos otro axioma), que la lengua del dominador es “la lengua” y la etimología de la palabra “bárbaro” así lo refiere, ya que bárbaro era para los griegos antiguos todo aquel que no hablase griego. Y esto que ahora parece de perogrullo es tan claro como el agua clara y a su tiempo fue del más estricto sentido común: Colón les hablaba en español a los indios del Caribe y deducía lo que se le ocurría de sus contestaciones (como bien ilustra su diario) ya que ni se le cruzaba por la cabeza que estuvieran hablando otra lengua, sino que estaban mal pronunciando la de Castilla lo cual era la prueba misma de su barbaridad (tal la ceguera etnocéntrica que ya roza la alienación). Pero como siempre sucede toda regla tiene al menos una excepción que la confirme y en este caso la excepción fue el latín que ha principios de la Edad Media terminó siendo tomado como propio por aquellos que arrasaron Europa derrumbando el por siglos omnipresente y omnisapiente Imperio Romano dando origen a un racimo de lenguas que sirvieron de vehículo (y fueron también resultado) entre el mundo grecolatino, el cristianismo y la “barbarie”. En este caso la lengua del vencido se convirtió en la lengua del vencedor y esto sólo por que el universo de esa lengua arrasada era más complejo y sofisticado que ese universo del arrasador: somos lo que hablamos y el idioma que no da cuenta de la realidad en su total dimensión (tal cual es vivida y soñada) debe ser ensanchado o sustituido por otro que si lo logre. Tal vez en esta excepcionalidad que acabamos de apuntar esté el secreto del futuro prominente de la lengua nacida en los desolados llanos de Castilla. Por qué, a pesar de que es el inglés la lengua política, comercial y tecnológica por excelencia (en la era de la informática y la globalización) es el español la lengua vedete de este momento? Por qué (ahora mismo) hay 15 millones de personas estudiando español en los lugares más impensados del mundo y hasta los propios EEUU (heredera de aquel colonialismo inglés y hoy capital imperial del mundo) se dirige inexorablemente al bilingüismo, al punto de calcularse que en el 2050 cuatro de cada diez norteamericanos hablará español y será allí donde se concentre la mayoría de los hispanohablantes del globo?


La razón no es una sino todo un abanico.


Primero, el nuestro es un idioma que se habla a lo largo y ancho de todo un continente. Se habla obviamente en España (ya que de ahí vino), aunque ahora sus fueros se han visto mermados ya que en realidad no existe un “idioma español” sino uno “castellano” que por la propia dinámica y avatares de la historia de la conformación del Reino de España terminó siendo impuesto a la totalidad de los territorios que a su tiempo fue ganando (de uno u otro modo) dentro de la península, y que ya pasado el tiempo (de absolutismos y dictaduras) muchos se resisten a usar ya que prefieren obviamente su lengua materna… hablo de gallegos, catalanes, vascos y valencianos (incluso de asturianos que hablan una especie de español arcaico llamado bable). Así y todo es un hecho que todos entienden y hablan español en España, lo cual ni por lejos crean que es una obviedad. Pero bien, decíamos: América, decíamos España… pero también se habla castellano en algunas pequeñas regiones de África (Sahara occidental, Guinea Ecuatorial, algunas zonas de Marruecos y Argelia) y hasta en Asia encontramos aún hoy hispanohablantes ya que en alguna época fue el idioma oficial de Filipinas. Eso sin contar a esos 15.000.000 de los que hablábamos y que están ahora mismo aprendiendo español en lugares tan remotos e importantes como China, Brasil, EEUU y la UE, ya que obviamente lo consideran una de las lenguas del futuro.

El español, nuestra lengua, es la más estudiada en el mundo y hago hincapié en estos 15 millones porque el holandés, que es la lengua de un país que fue a su tiempo la potencia colonialista por excelencia, es hablado por 22 millones de personas en todo el mundo, en tanto el idioma del Dante por sólo 10 millones fuera de Italia. La lengua de Goethe y de Brecht, la más hablada de Europa con cerca de 100 millones, no llega a 20 millones hablantes fuera de esas fronteras. Mientras tanto la lengua de Molliere, Rousseau y de Voltaire, hablada por unos 125 millones en todo el mundo, no es la primera lengua en casi ninguno de los países que estuvieron bajo su égida colonial durante siglos. En contrapartida casi 8 de cada 10 de esos 500 millones de hispanohablantes de los que hablábamos al principio son latinoamericanos y tienen al español como primera lengua. Segundo, esto nos trae un dato no menor: el español hace ya mucho que dejó de ser la lengua de España a pesar de que muchos españoles (como es de esperar) parecen empeñados en no reconocer que así sea.


Y es que el español se fue convirtiendo a lo largo de siglos en una especie de supralenguaje donde el castellano peninsular es sólo una variante más de un idioma que si bien tuvo ya desde el principio una gramática unificada (la de Nebrija 1492, primera gramática de una lengua europea moderna2), reconoce múltiples subestilos como resultado de la interacción con las lenguas nativas de América pero también (y ya con anterioridad) con otras lenguas y culturas. En este sentido es innegable que el castellano es uno de los idiomas más inclusivos que se conozcan. Los préstamos del griego, del árabe, de todo ese mundo impensado que se reveló totalmente nuevo a partir del descubrimiento para sí de América, los anglicismos y galicismos, la permanente reformulación a través de su gran literatura3, la variedad y riqueza del habla común en todos los países donde esta lengua se enseñorea, y que terminan siendo (esa variedad y riqueza) patrimonio común de todos los hispanohablantes, sumado a una actitud flexible (aunque polémica) de las academias e instituciones que la representan, la defienden, promueven y estudian, son sólo algunos factores que intervienen y la han conformado hasta llegar a ser lo que hoy es.


Esta capacidad inclusiva y engrosadora de nuestra lengua hay que reconocer que no es casual, sino más bien mérito del propio “ser español” ya que aquel Reino de España, más allá del innegable carácter cruento de la conquista, fue el único estado europeo que se planteó “colonizar” los nuevos territorios que había descubierto para sí y para occidente.

Sus posesiones ultramarinas no eran meros puertos, plantaciones o factorías como lo fueron para ingleses, holandeses y franceses, sino que fueron concebidos siempre como una prolongación de sus territorios continentales: hubo saqueo y muerte, pero hubo también Leyes de Indias, universidades e instituciones. Ahí están los pergaminos de los cronistas, estudios de la lengua, la religión, las costumbres, creencias y cosmovisiones de las antiguas civilizaciones americanas. Más allá del para qué de esos trabajos, los trabajos existen y tuvieron impactación, no sólo en la lengua, sino en el propio pensamiento del conquistador4. Y es aquí donde ocurre lo maravilloso. El castellano que se introdujo en América fue un castellano vulgar (ya diferenciado por ese tiempo del habla culta en la península) poblado de arcaísmos y de medias lenguas no saldadas aún con el árabe y el hebreo, ya que ese proceso de amalgamamiento que se iniciaba en América estaba aun en marcha y no había finalizado en la propia España. Colón descubre América tan sólo unos meses después de la caída de Granada. Basta ver el antiguo romancero para descubrir esos préstamos no saldados de la media lengua fronteriza entre el islam y la cristiandad5. Ese habla común es el que primero contactó con nuestro mundo numinoso ya que era el hablado por los capitanes, marineros y frailes que llegaron a estas costas a bordo de las naos. Fue luego cuando llegaron las universidades, los obispos y letrados, los jurisconsultos y doctores. Ya aquí en el principio, en estos dos niveles del habla del conquistador, es donde se fueron perfilando los caminos disímiles y convergentes de un habla de dos orillas.

El catalán Díaz- Plaja habla de un “castellano mediterráneo” en obvia contraposición a otro castellano de intramuros. Y es tan fácil de rastrear aún hoy la afinidad que hay entre el español que se habla en Latinoamérica y el Caribe y el que se habla en Andalucía y Canarias que no pueden caber dudas al respecto. Luego viene la adaptación de ese idioma y de ese modo a la estructura y los tics propios de las lenguas originarias de América (y lo que es más importante aún, al imaginario de esas culturas), un poco más tarde la interacción con lo negro, luego con otras migraciones y por último (y al mismo tiempo) la dialéctica de retroalimentación entre el habla popular y el habla culta a través de las universidades, la literatura y los textos en general. Esto es lo que explica que el habla latinoamericana sea inmensamente más rica que el habla actual de los peninsulares (tal lo reconociera recientemente en un programa de la tv española la propia presidenta del Instituto Cervantes). No por que sí. No por una cuestión meramente nacionalista de antropocentrismo inverso, sino porque lo hispano está contenido ya en lo hispanoamericano más allá de que uno participe en la génesis del otro. La lengua no cuajada que aquí trajeron se convirtió de inmediato en otra cosa por la sola y simple razón de tener que explicar lo radicalmente nuevo. Hoy el proceso de castellanización revierte y (por dar un solo caso) hay un aspecto benéfico de la inmigración latinoamericana en España sobre el habla común de los españoles. Esta parece ser la realidad de nuestra lengua a la que con justicia debiéramos llamar a estas alturas “hispanoamericana” ya que lo español “castizo” es de manera indudable sólo una parte de la lengua y no su techo o referencia ejemplar: 8 de cada 10 hispanohablantes son latinoamericanos y caribeños, cómo podría ser de otro modo?

Desde ya que esto no sólo es difícil de aceptar para los españoles sino también para el común de los americanos ya que fuimos educados en un complejo de inferioridad a través de la cultura oficial realmente imperante a lo largo de más de 500 años. Ese complejo de inferioridad no nos ha permitido siempre, ver lo obvio: todo lo que es propio de la cultura ibera es propio para nosotros, pero nuestra cultura nacida del entrecruzamiento más formidable que jamás se haya producido (sin ninguna exageración) es un resultado superador que también debe ser considerado como propio por la cultura ibera en tanto ella fue parte del sustrato sutil de aquella primigenia sementera. Eso sería lo lógico e inteligente (además de lo justo) sin embargo no creo equivocarme si dijera que no es esa la actitud de España. Una España que parece empeñada en una especie de suicidio silencioso ya que de la misma manera que niega aún la España del exilio y la derrota, niega también la España americana que un día consumó lo que la peninsular aun no pudo6.


Hay quienes dicen que el Renacimiento de España fue América (yo también lo creo) pero digo además que las repúblicas americanas, aquellas que derrotaron a los soldados del absolutismo español, eran también parte del sueño de una España también vencida como lo fue más tarde la del 36. España en vez de ser parte de América, de los sueños hechos realidad que eran los suyos también, sigue empeñada en sostener una superioridad que ya perdió en la guerra pero también en el pensamiento y en la belleza. La gloria de Cervantes, la gloria del “siglo de oro español”, de Góngoras, López y Quevedos, de los humanistas salamanquinos del XV y el XVI, de los poetas de la guerra civil, de los Unamunos y Ortegas, los Gaos y tantos que sería seguramente imposible, o al menos tedioso nombrarlos, es una gloria que no se extinguirá, lo que pasa es que las culturas son dinámicas y los títulos se deben revalidar a cada momento porque de no ser así estaríamos ante una mera cultura del holocausto. Una cultura que como decía Ortega y Gasset no vive a partir de su pasado si no “en el pasado”, y eso es lo primero que uno nota apenas pisa España: el inmenso peso de la historia que es una bendición pero también puede ser cepo donde fenecer sin darse cuenta7. La cultura hispanoamericana en contrapartida vive en su dificultad (y España vive en ella aunque no lo sepa), atravesada por sus miedos y frustraciones, con mandatos incumplidos que se empeña en materializar y que a veces logra trabajosamente. Eso la hace aguda, reflexiva, pasional, desesperada, fecunda. El último siglo ha sido testigo de sus capacidades, de su alta potencialidad y sofisticación. Su habla es la expresión de su imaginario (como no pudiera ser de otro modo) y ese imaginario también ha revertido en maravillosos productos que no pueden ser otra cosa que patrimonio de todos los hispanohablantes y también de la humanidad. Seis de los once Premios Nóbel de Literatura que ganó nuestra lengua han sido para Hispanoamérica con omisiones que de tan escandalosas son también ya un premio (como las de Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, o los mexicanos Adolfo Castañón y Alfonso Reyes). La importancia de esto no pasa por una mera estadística (favorable en este caso para nosotros) sino por la importancia que las producciones literarias tienen y han tenido siempre en relación al ensanchamiento del lenguaje y de la lengua. Por eso no deja de dar ternura el énfasis de los medios de prensa españoles ante el recientemente otorgado Premio Nobel de Literatura a Mario Vargas Llosa… el escritor “hispanoperuano” repetían, y celebraban el reconocimiento de la que creían su sola lengua (como si Vargas Llosa fuera un perico al que ellos le dieron el habla). Si, Vargas Llosa tiene doble nacionalidad, pero supongamos que su pasaporte en vez español fuera japonés… a alguien se le ocurriría imaginar a los japoneses celebrando para Japón el Premio Nóbel de Literatura? No, realmente no me lo imagino pero tampoco podía imaginar que lo hiciera España, como lo hizo. Que si lo haya hecho no es más que la confirmación de lo que hablábamos. Es simplemente persistir, desconocer que la lengua en la que hablamos ya no pertenece a España. Ningún pasaporte pude acechar la peruanidad de Vargas Llosa (ni de nadie) por más que Vargas Llosa sea un gran escritor y un gran constructor de la lengua española8. Estado y Nación no son la misma cosa, y aún renunciado a su nacionalidad una persona no puede renunciar a su pasado, a su genética cultural, a su historia ni al de su pueblo, a lo que el paisaje le hizo en la piel y en la mirada. Qué es el hombre sino resultado? Decirle a Vargas Llosa escritor "hispano peruano" (inclusive en ese orden) es una clara muestra de impotencia cultural., pero también de supina ignorancia. Nombrarlo Marquéz es además ridículo (faltaría que le cambien la partida de nacimiento)9. Claro a Vargas Llosa le gusta, pero aquí cabe lo que Unamuno dijo de Sarmiento: "hasta maldiciendo a España, Sarmiento es un gran escritor español". En el caso de Vargas Llosa "hasta renegar de Perú es lo más peruano que hay". El tema es dónde (dentro de la lengua) termina España y empieza Perú? Dónde termina Cervantes y empieza Cortázar? En qué momento el verso dejó de ser gongorino para ser nerudiano, la copla soneto o coloquial rima valleja? Evidentemente la lengua se parece al monte y es inútil ponerle candados. Que 50 millones de personas le quieran enseñar a hablar su propia lengua a 450 millones no por pintoresco deja de ser ridículo y patético10, sobre todo si esos 50 millones forman parte de un país que aunque ahora tiene una tasa de analfabetismo no superior al 2% la tuvo de casi un 70% en 1900 cuando en Argentina era del 53% en 1895 y del 35 % en 1914. Si a eso le sumamos que Argentina tiene 200 años como nación el contraste es aún mas notorio. En el resto del cono sur la situación es más o menos similar con performances de aun mayores niveles como la de Uruguay o Cuba (paradigma esta última incluso a nivel mundial). Nosotros hablamos español pero no al modo de España y lo que es aun mas importante escribimos lo que pensamos y sentimos, pero pensamos y sentimos como lo que somos. Desde la crónica al modernismo, desde el boom de la novela al ensayo y las ideas, América va bruñendo la lengua en que piensa y se expresa y eso no es un tema menor en relación al “milagro”. Nosotros no hablamos la lengua de España sino la nuestra, y no tenemos complejos: el Quijote es un gran libro aunque yo prefiera el Martín Fierro. No me es ajeno por lo que ya he explicado: es más el Quijote y el sargento Cruz se llevarían tan bien como Martín y Sancho Panza ambos eran gallardos y libres como el viento y aquí sí que aun hay molinos que batir con la lanza. No importa si el inglés ha obtenido 27 de esos Premios Nobel de Literatura, lo que importa sí es que uno de sus máximos exponentes, el infinito Williams Shakespeare, era un confeso admirador de Cervantes y por ende de la lengua en que Cervantes escribía. Tampoco si el italiano es hablado por sólo 10 millones fuera de Europa... el peso del verso italiano en la poesía española es parte del fenómeno aunque el mundo se empeñe en pelear por las migas. No es entonces ni el número ni la geografía, ni la extensión o la vitalidad (no es "sólo eso") es la influencia de una lengua en un tiempo determinado que es lo mismo que decir en un tiempo histórica. Cuando decimos eso hablamos incluso de algo más allá de la lengua como mero arsenal de palabras, hablamos de que las palabras nos anteceden y atraviesan y en definitiva expresan o no totalidad del mundo material e inmaterial en el que estamos viviendo o queremos fundar. Estos nacionalismos de parroquia mal servicio le hacen (justo en este momento resplandeciente) a la lengua que hablamos. Por eso no necesitamos una Real Academia Española que convierta en canon las dificultades que el modo de hablar peninsular encuentra con el lenguaje (no son las dificultades de todos los que hablamos la lengua), necesitamos una Real Academia Española para un lenguaje ancho y extendido y no para convertirlo en asta de descoloridos estandartes de ininteligible heráldica que descoloridos están no por nuestra culpa sino por ese lento suicidio del que hablábamos: suicidio de negación y de soberbia11 . Quien dude de este españolismo de la RAE (mal entendido por cierto), de sus circunstanciales faltas de objetividad y sumisiones a intereses extralingüísticos y culturales, que lea los diccionarios del franquismo y que después me cuente. Nuestra lengua se merece mucho más que ser mero instrumento para la recuperación de la autoestima de un antiguo y extinto imperio. Nuestra lengua se ha sembrado en mucha tierra y en cada palmo comenzó una vida distinta. Está claro que no somos una lengua tecnológica (a mí el ordenador no me pregunta: “che boludo estas seguro que querés guardar el documento?”), como seguramente no somos una lengua de pragmáticos ni de mercaderes. Y aunque debemos remediarlo en cierto modo, debemos estar orgullosos de que así nos pasara, de ser el Ariel de Rodó pero también el Calibán de Retamar ya que esta lengua que llegó junto a la muerte y el saqueo, también nos trajo las grandes pasiones que aun nos atraviesan y nos unen a todos los hombres de la tierra.


Somos en definitiva una lengua de sueños y utopías, de visiones heroicas e inalcanzados horizontes. Expresamos nuestro universo cuando la hablamos, y si eso que decimos es, de facto, algo capaz de conmover al mundo, quiere decir que la grandeza de nuestra lengua y de nuestra literatura es expresión de la belleza de nuestro pueblo y de sus sueños. Hay una estrecha relación entre la vitalidad de los pueblos, entre sus sueños, sus apesadumbramientos, sus afanes y preocupaciones, y la riqueza de su lengua (eso todo el mundo lo sabe). La palabra infierno no existía en América por que no existía el infierno para los americanos. Del mismo exacto modo nos empezó a suceder después cuando tuvimos que empezar a expresar ese estar a medio camino de dos mundos irreconciliados: nombrar lo nuevo es fundar un nuevo lenguaje. Ese es el secreto, ese es el misterio, la explicación del “milagro”. La capacidad para ver la realidad en toda su sofisticación y complejidad, para ver al futuro y al futuro del hombre dentro de ese futuro, es lo que hace la diferencia entre una gran lengua y la que no lo es, entre una viva y otra que no le está, entre una del pasado y otra del presente y de lo que vendrá. Eso es lo que fue el latín para los reyes bárbaros de la Edad Media y es lo que seguramente estará siendo la lengua de los hispanos de todas las orillas de la mar en este instante. No una lengua “más bella o mejor” que la propia lengua, sino un imaginario ”más bello y mejor” para la avidez inextinguible del espíritu.



1

Aunque esto de la etnicidad puede ser discutible en tanto y en cuanto una

lengua puede ser en un determinado momento una lengua nacional

(en el sentido de comunidad de cultura) y en otro momento histórico dejar

de serlo. La polisemia de la que aquí se habla tiene que ver con el proceso de

síntesis de dos culturas diferentes y con el desafío que es para una lengua poder

dar cuenta de la realidad de ese otro que se quiera asimilar.



2Esto ha sido fundamental para la unificación y preservación de esa unidad de la lengua a lo largo de los siglos a pesar de la dispersión y multiplicidad de procesos de interacción.



3 Hacemos tanto hincapié en la literatura ya que esta siempre ha ido por delante de la lengua: las exigencias expresivas han alumbrado formas que luego son incorporadas como paradigma por la propia lengua. En el latín vemos frecuentemente de manera clara estás citas a producciones poéticas que terminan siendo ejemplares.



4 La conquista de América y el debate que los abusos y el propio status legal de los indios suscitó, terminó abonando el ya incipiente humanismo salamanquino y de manera más extendida en el pensamiento avanzado de la época. Obras como "La isla de Utopía" de Tomás Moro, "Cívitas Solis" de Tomasso de Campanella, o "La Atlántida" de Francis Bacon, son resultado directo del Nuevo Mundo y también el primer antecedente del socialismo científico.



5Sobre todo en la jarchas y mohaxas se ve esta escritura "salpicada" que era en realidad el habla popular de la frontera.



6En América se consumaron la ideas republicanas y liberales que la penísnula no pudo a pesar de la indisolubilidad que hubo entre ambos procesos. La Constitución de 1812 jamás volvió a ser restaurada en todo su esplendor en España (de hecho hoy es un Reino con serias dificultades nacionales en su interior). Esto explica en gran parte el atraso y la particularidad española.

7 Mi sensación siempre ha sido estar en un país grandioso y antiguo poblado de historias y gestas de pueblos de mil épocas y lugares... estar transitando un mundo de inmensos hombres ausentes cuya presencia es apabullante.



8Y aclaro que no tengo ninguna simpatía personal por Mario Vargas Llosa (más bien todo lo contrario) lo cual no quita que lo que digo es cierto y que además es un gran escritor.

9En el mismo acto se lo nombró también a Vicente del Bosque, DT de la Selección española de fútbol (otra hazaña de la hispanidad): Ahora si Vargas Llosa y del Bosque son marqueses que eran José Fernando de Abascal o Íñigo López de Mendoza a muchos españoles incluso le causa mucha gracia este tipo de cosas).

10Nosotros los rioplatenses pronunciamos la z como s y sin embargo nunca se nos ocurriría proponer la abolición de la Z... los canarios la pronuncian igual que nosotros (igual que muchos andaluces)... de hecho en España la c y la z se pronuncian de igual modo en muchas regiones. Construcciones como el "a por" tan usado en la península son para los latinoamericanos totalmente contranaturales y sin embargo nada afecta a nuestro habla su existencia o su uso. Podríamos hablar de la ll que para nosotros suena ye y que para los peruanos y... etc. etc. El voceo, la forma de construir las frases y oraciones... y que sin embargo sin dejar de pertenecer a subestilos, están junto a las propias palabras, a disposición de quien quiera usarlas. En este sentido la normalización atenta contra la riqueza.

11Otro ejemplo de esta especie de desesperación son los Premios Cervantes, máximo galardón de la lengua, si se ven las estadísticas más allá de los nombres y los posibles méritos verán que este premio se entrega una vez a España otra al resto de los hispanohablantes, dos veces a España una al resto de hispanohablantes... esta secuencia 1x1 que a veces es 2x1 nada tiene que ver con la realidad de la lengua: no hay una igualdad entre la potencia de las letras españolas y la del resto de los países hispanohablantes. El Premio Casa de las Américas es una especie de muestra de esta no equiparación.

10 diciembre 2010

Homenaje a Fanny Edelman


Fanny Edelman tiene 99 años y es una luchadora de toda la vida. Durante la Guerra Civil Española fue miembro del Socorro Rojo Internacional y su amor por España es muy grande. Este poema y este afiche son mi homenaje a la distancia, justamente desde esta tierra de Asturias tan combativa como ella.




No pasarán sobre el Ebro ni el Nalón

ni aunque inunden (como lo hacen) bajo las presas la memoria

allá bajo el agua están intactos los estampidos de las balas

y los versos de Miguel acunado por bellotas

no

no pasarán sobre la huelga aunque cierren la mina

aunque maten al carbón en una fragua

ni sobre el V ni sobre las Brigadas pasarán

aunque muertos estén (bien muertos) y las trincheras rotas bajo la escarcha

ni aún sobre los que yacen olvidados en las cunetas podrán pasar

ni aún entre los muertos muertos tan lejos de la viña y los olivares

revuelo espantado de palomas sinceras

ni aún sobre sus lágrimas, su rabia o el exilio, no

no pasarán,


Amar

amar nunca puede ser pecado

tú que eras tan pálida y tan joven y mirabas celeste como tu bandera

aun no han logrado pasar sobre los ademanes de tu ternura

sobre tu acero, menos

ni aun sobre tus palabras

ni aun sobre tu estar al lado

ni aun sobre tu propia muerte

no

yo te lo digo y te lo prometo

no

no pasarán

...ni ahora

ni nunca

ni por el río

o la montaña

ni por la mar

o la ladera

ni de día

ni de noche

aún muertos tendrán que sortearnos

y tal vez aun les escupamos en la cara.



30 marzo 2010

Nuevo Libro

“Armando de Magdalena / Escritos estético filosóficos“ reúne una serie de trabajos acerca del arte y la literatura. La primera parte la integran una serie de artículos y manifiestos (”Metafísica del desamparo”, “Sobre el oficio de ser poeta”, “El juego de la representación en el arte”, “El aura del artista”, “Arte y sabiduría”) y la segunda por una serie de artículos agrupados bajo el título “De hombres, libros y literaturas” . Se presentará próximamente el la Feria del Libro de Buenos Aires. Para más información visite Acercándonos Cultura

22 febrero 2009

Nuevo Libro


Breviario del Pensamiento Político, Económico, Social y Cultural de los Hombres de la Primera Independencia

El pensamiento colonizado es consecuencia y a la vez precondición de toda dependencia. En el caso de América, ese pensamiento colonizado (que es la propia cultura oficial) ha pretendido con éxito despojar a nuestra historia de toda su riqueza y lo que es peor aun, de todos aquellos elementos que pudieran servir de instrumental para un desarrollo posterior, autónomo y soberano. El presente trabajo, pese a su brevedad, trata de captar el movimiento propio de la ideas que nos dieron la Primera Independencia, despojado este de toda la mitología y falsos supuestos de la cultura oficial imperante, vehículo (como ya hemos dicho) de los intereses de los dominadores de todos los tiempos. Armando nos muestra, en consecuencia, tanto las rupturas como las continuidades, pero por sobre todo la riqueza y los rasgos originales del pensamiento de nuestros padres fundadores, sobre la base de una importante fuente documental.

Acercándonos Ediciones


para bajar un extracto ingrese a
“Ensayos”

11 diciembre 2007

Rufino Blanco Fombona
y la polémica sobre Hispanoamérica

I

Rufino Blanco Fombona se me ocurre, es un nombre que no debe sonarles demasiado. Es una de esas grandes inteligencias que ha dado nuestro continente y que sólo por ese milagro (nefasto) que suele ser la cultura oficial en nuestros países, permanece ocultado para muchos, minimizado para otros, y esto porque en definitiva, pertenece a ese grupo de los que o no se avienen al canon o directamente lo combaten... Alguien dijo alguna vez (y con mucha razón) que si Andrés Bello hubiera sido suizo, austriaco o alemán (no recuerdo que país exactamente), hubiera sido Augusto Comte, pero como era venezolano es solo un poeta, un independentista si (o tal vez), pero no un filósofo... la misma edición que leí de Blanco Fombona (“Hombres y libros” de Editorial Ayacucho de Venezuela) lleva un prólogo que más que presentación en muchos tramos parece una disculpa (será por eso que cada vez leemos menos los prólogos?). Lo importante en todo caso es que este hombre es un hombre sorprendente, al menos para mí, ya que leyendo por primera vez sus artículos y polémicas, he encontrado muchas de las cosas que habitualmente sostengo en mis escritos. Lo asombro en todo caso es que Rufino Blanco Fombona nació en Caracas en 1874, y 90, 100 o 110 años no es poco handicap para una idea, para un razonamiento, o para la comprensión de un proceso o fenómeno (en el cual incluso y para peor de males) está uno inmerso. Es decir, un proceso (como sucede siempre) donde aun no se perfilan los contornos de una manera clara y predecible como lo harán inevitablemente una vez desarrollados o concluidos.

Dentro de ese libro del que les hablo se reúnen varios trabajos que Rufino Blanco Fombona desde la polémica, le dedica a lo español, a lo hispanoamericano, a la relación de los EEUU con el resto del continente y a una serie de escritores “bandera” (podríamos decir) de nuestra literatura, como son Sarmiento, Prada, Lugones, Darío... o de otras latitudes como Gogol, Dostoievski, Anatole France, Wilde, Ibsen. Estos artículos sobre Hispanoamérica son los que más me han impresionado por su justeza. Creo que hoy nadie les podría agregar ni quitar siquiera una coma, y no lo digo justamente por su calidad literaria (que la tienen en grado sumo) sino por lo que la belleza de esa su escritura sostiene.

Antes de referirnos a ellos, bueno sería contextualizar un poco el momento en que fueron escritos. Cuáles fueron las circunstancias de este poeta, ensayista, editor y activista político americano?

Para no irnos muy lejos, pensemos que cuando nace Rufino Blanco Fombona el actual territorio de la República Argentina terminaba hacia el Sur no mucho más allá del fuerte de Luján, frontera de un llamado “desierto” habitado por miles y miles de almas. Venezuela, su patria, se había separado de la Gran Colombia solo 44 años antes (1830), y en Zaragoza, España, un joven de 21 años llamado José Julián Martí, que había sido deportado de su Cuba natal tres años antes, se licenciaba en Derecho, Filosofía y Letras. Cinco años antes (1869) a los 16, ese mismo joven cubano había sido condenado a trabajos forzados por conspirar contra el dominio español a favor de la independencia de su tierra natal... veintiséis años después de ese hecho (1895) moría de un balazo en Dos Ríos muy cerca de Santiago de Cuba al frente de un ejército al cual lideraba en compañía de un general dominicano llamado Máximo Gómez. Transcurridos tan solo tres años de estos hechos (1898) los EEUU intervenían en Cuba con la excusa de ayudar a los patriotas (tanto tanto los quisieron ayudar que se tomaron la molestia de gobernar la isla por ellos). No era de extrañar (ni siquiera en ese entonces) porque en 1848 (es decir, cincuenta años antes) los EEUU se habían quedado con la mitad de México y de ahí en más nunca pararon (Samoa Oriental, Hawai, Filipinas, Puerto Rico, Nicaragua, Panamá, etc., etc., etc., etc., etc., etc., etc., etc., etc.,). Tan solo tres años antes de aquella anexión iniciática de México, Sarmiento empezaba a publicar en El Progreso su “Facundo, civilización y barbarie”, páginas que fueron convirtiéndose paulatinamente en la Biblia del “progresismo” americano, despertando devociones de mayor o menor intensidad que se pueden rastrear hasta nuestros días. Este libro “Facundo”, más allá de su innegable calidad, de su “éxito” como obra literaria, es un verdadero tratado político filosófico que guió los sueños de muchos, o casi todos, los “ilustres constructores” de los pequeñas y minusválidos estados modernos de Sur América y el Caribe. En el 1900 (cincuenta y dos años después del de Sarmiento) aparece publicado “el otro libro”, su antagonista: “el Ariel” de José Enrique Rodó que será con “Facundo” el involuntario y dramático anverso y reverso de esa única y extraña medalla que somos, nosotros, los americanos.

Esa es, de manera muy escueta, la América en la que nace y crece Rufino Blanco Fombona. Una América que había producido una cruenta ruptura con España. Una América influenciada e inspirada en la cultura francesa y alemana, en la ilustración, el pensamiento económico inglés, y el constitucionalismo norteamericano. Una América que en el caso de muchos de sus nuevos países recién emancipados, cayó inmediatamente en manos de Inglaterra[1], y una vez en manos de esta empezó a ser asediada y disputada por el gran nuevo gigante, los EEUU, quien con su Doctrina Monroe se autoproclamó desde ese entonces, en paladín de estas tierras, impidiendo así (por puro interés y sin proponérselo) que otras potencias como Francia y Alemania nos colonizaran (aunque con ello no alcanzara a eliminar totalmente la influencia, ni política, ni económica, ni cultural, de estas como es el caso).

Volviendo al libro de Sarmiento (la primera de las dos caras) todo lo hispano, todo lo ibero, todo lo meridional, por más que fuera de Europa, era deleznable por lo cual el problema de América latina era ella misma, su propia existencia en tanto y en cuanto éramos sin más (y lamentablemente) iberos[2].
Rufino Blanco Fombona conoció muy bien la obra y la vida de Sarmiento por que conoció muy bien y frecuentó a sus nietos en Europa y ellos mismos se encargaron de leerle de mostrarle los archivos, la correspondencia, su voluminosa obra. No sin un dejo de admiración expresa, por su temperamento, por su tozudez, su convicción, escribe un artículo sobre el sanjuanino que no tiene desperdicio a pesar de lo breve. En él muestra las tremendas deficiencias de Sarmiento, tanto en su carácter, como en su formación intelectual, como en sus propias y escasas ideas. Eso me hizo recordar esa magnífica y primera refutación al “Facundo” que es el breve “Nuestra América” de Martí. Y hay una sentencia en ese escrito que de ser cierto lo que nos dice Blanco Fombona (y no hay razón para dudarlo), debió sonarle al sanjuanino[3] como la misma muerte: “no existe una real batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza”. Esa falsa erudición es la erudición propia de las mentes colonizadas que no saben descubrirse a si mismas o tienen vergüenza de lo que son y por eso buscan la aprobación en el otro. Al naturalizar la dominación a que son sometidos se legitiman (o creen hacerlo) con la cultura del dominador y a eso, de manera simple, termina siendo reducida su búsqueda trascendental, su modo de ser entre los demás. Creo que es el caso, más allá de la intencionalidad, de toda esta tradición de pensadores que repito puede rastrearse hasta nuestros días.

Lo intentos de hibridar una cultura nunca han sido felices (al menos ninguno que yo tenga noticia) y mucho menos exitosos. Por eso me parece interesante la polémica de Blanco Fombona con los apologistas de lo sajón. No porque lo sajón, como toda cultura verdadera no sea fascinante y digno de admiración, sino porque aun hoy (y eso también es muy latino) seguimos yéndonos de un extremo a otro sin encontrar el punto exacto donde poder poner en valor toda esa riqueza que somos y nos pertenece. Ese es el caso de lo hispano: una parte indivisible de nuestra identidad.

II

En esta serie de escritos de que les hablo, empieza nuestro hombre reflexionando sobre lo que él mismo define como la personalidad de la raza (habla obviamente de España). Una personalidad que a lo largo de su relato sirve para explicar tanto la grandeza como el ocaso de aquello que los pueblos de España llegaron a construir en el orden político, económico y militar a lo largo de los siglos como pueblo. Esto ya es interesante para un hombre de su época. Va de suyo que Blanco Fombona ve a los pueblos no como emergidos de la nada sino como resultado de un largo proceso histórico. Desde esa perspectiva él cree encontrar aquellos rasgos, que más allá de las circunstancias políticas, históricas y económicas, permanecen como constante en el modo de ser de ese pueblo. Habla de un individualismo español al que no debemos dar la connotación actual que ese término tiene en los marcos de la sociedad capitalista a la que pertenecemos (sobre todo la que adquirió en la llamada posmodernidad) sino más bien relacionarlo con una especie de orgullo, de talante señorial y soberano cuyo origen en el tiempo no alcanza del todo a dilucidar el venezolano.

Cuando leí eso me acordé inmediatamente de las palabras de Charles Darwin (vertidas en su “Viaje alrededor del mundo”) acerca de la impresión que le causaron los gauchos allá por la primera mitad del siglo XVIII.... y lo realmente fascinante (y reflexiones como las del venezolano así lo demuestran) es que ese icono que es el gaucho (el mestizo) y que la más de las veces contraponemos al conquistador, es contrapartida válida en tanto y en cuanto actor interesado de un drama político y económico y hasta cultural (en términos de proyección), pero que esté contrapuesto no quiere decir que esté escindido, es decir, no quiere decir que el gaucho no sea genuinamente hispano en más de un aspecto[4]: “Durante la noche vinieron numerosos gauchos a beber licores y a fumar puros; su continente llama sobremanera la atención; por lo general son altos y bien formados pero llevan en el semblante cierta expresión de orgullo y sensualidad {...} parecen una raza de hombres muy diferentes de lo que se podría esperarse de su nombre de gauchos, o simples campesinos. Excesivamente corteses, nunca beben una copa sin invitaros a que los acompañéis, pero mientras os hacen una inclinación demasiado obsequiosa, parecen dispuestos a degollaros si la ocasión se presenta”Charles Darwin, “Viaje alrededor del mundo”.

En muchas partes de este diario de viajero el naturalista inglés, se emiten juicios parecidos por lo cual en verdad lo debe haber impresionado esa índole del gaucho que él mismo no se cansa de explicar. Otro hombre de esa época (en realidad un niño) Guillermo Hudson, exhibe, en su “Allá lejos y hace tiempo”, esa misma mezcla de admiración, fascinación y espanto oculto, que se puede detectar en el naturalista inglés o en las propias líneas del “Facundo”. Todos refieren que en realidad ese ser tan rustico y casi desnudo, no muy distinto al indio como era el gaucho, trasudaba un aura de caballero medieval, un porte de dignidad y una cortesía natural (por llamarla de algún modo) que está en un todo de acuerdo con las aseveraciones que hemos referido de Blanco Fombona y sus escritos y que debemos atribuirlas sin dudas a un patrimonio cultural, a un capital, que el gaucho como ser acechado por dos mundos no podía dejar de tener. De no ser así sería paradójico e incomprensible que justamente Sarmiento, y en distintas intensidades, todos los revolucionarios de las juntas y cabildos (imbuidos de las nuevas doctrinas políticas, ideológicas y culturales) vieran en los caudillos federales y en el gaucho mismo, una expresión tardía del señoralismo español. Esto no nos tiene que llevar a equivocarnos (como lamentablemente ha sucedido siempre) y homologar a uno y otro personaje con una determinada ideología o postura conservadora o revolucionaria, según sea el caso. Sarmiento (su misma historia y su propia hermenéutica lo demuestran) no era menos bárbaro que Facundo, ni Facundo era menos ilustrado que los jacobinos de las ciudades[5]. Más allá de los diferentes paradigmas de nación y de los diferentes modelos de capitalismo que representaban, el tema cultural es evidente como explicación válida, como fundamento de dos modelos de país que se iban perfilando y que se suplantarían (al menos formalmente) uno al otro.
Ambos bandos provenían del mismo molde, para unos la utopía se parecía mucho a la quimera, querían hibridar una cultura, construir ex nihilo un paradigma que percibían como lo mejor de la inteligencia y la cultura humanas, para los otros la utopía era ese talante español independizado de lo español mismo. Y fíjense que fascinante y que patético, que como bien lo muestra el Martín Fierro, ese es un mundo condenado a la muerte de manera innegable... pero no por eso (o quizás justamente por eso) no deja de ser romántico y seductor. Ya lo he dicho en muchos de mis trabajos: los argentinos ni siquiera sabemos el grado de participación que tenemos en ese mito... hasta que punto está incrustada esa idiosincrasia en nuestro modo de ser. Todo eso que le apunta Blanco Fombona al hispano se podría decir de manera indistinta del gaucho: su individualismo casi litúrgico, que no es mezquindad o egoísmo, sino necesidad metafísica, un modo de ser y de devenir... su sentido de la amistad (también casi religioso) y como contrapartida de ese individualismo, su temeridad mezclada con esa aparente mansedumbre y displicencia (esa cortesía que hablaba Darwin), su desapego a las normas y su desconfianza genética a la autoridad[6]. Nada de eso pudo ser cambiado de manera total, por un drama político, económico y cultural de gran proyección como fue aquel que quedó clausurado con la muerte del Chacho y Felipe Varela, la Guerra de la Triple Infamia y la Conquista del Desierto. Y es por eso que la fuerza de lo hispano, al igual que la fuerza de lo antecolombino, ha permanecido como común denominador, como residuo y sedimento que ningún proceso posterior ha podido diluir. Más bien, todo lo contrario es cierto, ese residuo se ha convertido en prisma que ha descompuesto todo lo que por su interior pasó.

En otro de sus trabajos, Blanco Fombona trae a cuenta una serie de hechos y anécdotas que hacen muy interesante y ameno su relato, pero que sobre todo apuntalan bastante lo que acabamos de afirmar. Él trae a cuenta los apuntes que una tal Condesa D’Aulnoy efectúa al recorrer los campos de España, allá por el Siglo XVII: “Refiere la viajera (dice Blanco Fombona) que en un pueblo de Castilla, riñó cierto caballero español que la acompañaba, al cocinero de la fonda. La señora oía las voces desde su habitación. A los cargos del caballero escuchó, sorprendida, esta respuesta del fámulo: “No puedo sufrir querella, siendo cristiano viejo, tan hidalgo como el Rey y un poco más”. “Así se alaban los españoles –comenta la dama extranjera– cuando se juzgan obligados a defender su orgullo” “Los españoles –observa poco más adelante– arrastran su indigencia con aire de gravedad que impone; hasta los labriegos parece que al andar cuentan los pasos”.

Cuánto de éste carácter sirve para explicar la historia de América? Se parece Hernán Cortés o Pizarro o Almagro o cualquier adelantado o capitán de Indias a este ofuscado y simpático cocinero de fonda que nos trajo a cuenta el relato que acabamos de citar? Yo creo que muchísimo. Ese “soy tan hidalgo como el rey y un poco más” es lo que explica que un porquero como Pizarro termine siendo aquel a quien se le firmen las Capitulaciones para la Conquista del Perú, lo cual no quita que Almagro se sienta con derecho a traicionarlo del mismo modo que Cortés traicionó a Diego de Velásquez y que casi todos traicionaron a todos... y es que no es traición ya que todos eran (como buenos hispanos) “tan hidalgos como el rey y un poco más”.

No se trata por tanto, de describir de una forma más o menos detallada, más o menos profunda, a uno de los actores del drama americano originado aquel 12 de octubre de 1492, se trata del retrato psicológico que sirve para mejor comprender, por un lado, la historia de este continente, y por el otro a nosotros mismos. Ese individualismo del que habla Blanco Fombona lleva de manera irreversible a lo heroico. Los ejemplos casi fundacionales de este carácter son perseguidos por Fombona y encontrados en pequeños grandes hechos que tiene casi entidad mítica: la heroica ciudadela de Sagunto defendiéndose ante Cartago, o Numancia resistiendo las legiones romanas, o Gerona y Zaragoza levantadas como un muro contra Napoleón y sus huestes inmortales... “no es una resistencia como la de Verdún[7]”, dice Blanco Fombona, de un país contra un país o grupo de países, “son las mismas ciudades, a veces casi inermes, entregadas a su propio esfuerzo, que luchan contra los invasores”. Los españoles combaten como hombres individuales (dice en otra parte) y no como piezas de una maquinaria, y esto también es muy americano. Hace notar de manera muy acertada que fue este pueblo hispano uno de los primeros cultores de la lucha guerrillera de quienes se tengan noticias, y evidentemente ese modo de guerrear también tiene mucho que ver con nuestra historia pasada y presente. Sin invalidar el hecho de que la América independentista contó con grandes espadas como las de San Martín y Sucre, no es menos cierto que el guerrillerismo (incluso como cultura) fue un factor decisivo para derrotar a uno de los mejores ejércitos del mundo, como era el español de aquella época. Esa experiencia que heredamos quedo también como otras tantas, como acervo cultural, como forma “natural” de enfrentar a los poderosos, a los grandes ejércitos opresores de todos los tiempos. Lo interesante (y volviendo al punto) es que Blanco Fombona no duda en tildar indistintamente a conquistadores o héroes de la Independencia, de “guerrilleros”. Y esto me parece otro logro sorprendente del venezolano, ya que se deduce que Blanco Fombona no confunde (y ese es el punto) la conquista con la cultura hispana en sí.

Desde un enfoque como ese que acabamos de mostrar, se deduce que los españoles en América no lucharon con otros que contra ellos mismos.

La Guerra de Independencia fue un proceso político y económico (en mucha menor medida de ruptura cultural) ya que como casi siempre sucede en estos casos, las diferencias fueron políticas e ideológicas (incluidas las doctrinas económicas) y no un problema adicional al ya planteado por la conquista misma, entre el mundo antecolombino y el posterior[8]. En ambos bandos se encontraban los mismos actores: criollos e hispanos de manera indistinta, que como ya hemos referido y ejemplificado en otros trabajos, tomaron partido en uno y otro bando por estos factores que apuntábamos recién y no por un tema de rechazo a una cultura. Tal es así (lo del carácter político ideológico) que el propio movimiento independentista, que tuvo entre una de sus varias fuentes inspiradoras a las ideas del despotismo ilustrado español, revirtió luego como influencia hacia la península. Influencia esta que puede rastrearse en la constitución liberal de 1812 promulgada por las Juntas que resistían la invasión francesa, y también en la revolución del Marqués de Riego que la reinstauró 1820 luego que fuese anulada por el rey Fernando VII en 1814 cuando volvió de su cautiverio francés. De lo que se trataba aquí era del derecho a gobernarse así mismo por eso era inevitable la guerra no contra España sino contra la Corona, es decir, España en esa encrucijada representaba un poder fáctico y también una ideología: el absolutismo monárquico[9]. Una vez derrotado ese poder fáctico la principal preocupación de muchos de los más grandes libertadores, fue la de restituir la unidad espiritual (tal las palabras de Simón Bolívar) de la América antes española. Eso no invalida que el propio Bolívar se viera, ya en medio de un proceso cultural en marcha (del que toda su generación era resultado) así mismo y a todo lo que él representaba, como un compuesto distinto que ya no era ni esto ni aquello otro. Aquí como siempre lo apuntamos en nuestros trabajos, se empiezan a percibir (al margen de cualquier interacción) las primeras diferenciaciones producidas por un entorno geográfico, histórico y social diferente al de la cultura madre.

Por consiguiente el otro acierto de nuestro hombre es que no solo no confunde el carácter de la conquista con la cultura del pueblo que la lleva adelante, sino que tampoco piensa que nuestra identidad deba o pueda ser alcanzada y construida por la negación de alguna de las partes intervinientes como planteaban los panegiristas de lo sajón. Solo el conocimiento profundo de cada una de esas partes y también de los resultados amasados por el tiempo de su interacción con las otras vertientes que nos dan identidad, podrían prefigurar un intento de síntesis sostenido en el tiempo. Esa línea de razonamiento, como ustedes habrán visto en muchos de mis trabajos, es una línea que me parece muy fértil y que lamentablemente pocos transitan aun hoy en pleno siglo XXI.

Blanco Fombona ve continuidad y metamorfosis, ve “lo hispano” por debajo de los hechos históricos. Y esto que él logra es lo que a veces se pierde de vista por más de una preclara inteligencia. No es que Blanco Fombona no vea el carácter de la dominación, incluso que no vea el carácter de clase de la misma[10], sino que evidentemente piensa que ese análisis inobviable de clase, no alcanza a explicar la totalidad del fenómeno (y en eso también coincidimos). Los escritos que de él hemos traído a cuenta sobre Hispanoamérica, son un ejemplo de ello como ustedes verán cuando los lean. Y es que aún hoy una gran parte de nuestros intelectuales (sino la mayoría) no han podido desembarazarse de la falsa dicotomía entre eurocentrismo y leyenda negra, entre reduccionismo economisista y fábula novelada. No nos olvidemos que este hombre está escribiendo lo que escribe en pleno auge del pensamiento positivista en América, un pensamiento que no sólo pretendía legislar sobre los sentimientos y la propia naturaleza, que no sólo subvaloraba todo aquello que no fuera occidental, sino que establecía dentro de ese propio campo que imponía como canon y modelo, una seria de estratificaciones, de subgrupos, donde lo “meridional” ( es decir, la península Ibérica, el sur de Italia, la Grecia moderna y todo lo ribereño, sea por el sur, norte u oeste, al mare nostrum mediterráneo), era inferior a lo sajón, a lo escandinavo, a lo centroeuropeo[11]. Todos estos matices, su comprensión aunque más no sea intuitiva de lo que son los procesos interculturales, creo que ubican a Rufino Blanco Fombona, más allá de su modernismo[12], en compañía de muy poca gente.

Entiéndase bien entonces que Rufino Blanco Fombona no hace una apología aquí del carácter hispano por la apología misma, lo hace para explicarse la historia y el futuro de América y la esencia de los hombres que la llevan adelante.

De ese individualismo, de ese orgullo y hasta arrogancia, de ese carácter localista, comarcano (en el sentido de comarca como espacio tangible de una comunidad de cultura o hasta de consanguinidad) Blanco Fombona deduce incluso una institucionalidad americana: la importancia de las juntas y cabildos de las cuales tan poco se habla en comparación con la influencia del paradigma francés de revolución, y que fue la responsable de verdaderas revoluciones como la de los comuneros castellanos contra Carlos V. Ese “federalismo crónico” de los americanos, que tanto retardó la Independencia, que tanto dividió a lo que era una un cuerpo político y espiritual, en un sin número de pequeños paisitos, es el “comarquismo crónico”, el “aldeanismo” del hispano de todos los tiempos[13]. Se atreve Blanco Fombona a decir que el absolutismo en España fue cosa de reyes extranjeros (en alusión a los Hasburgos) y que “la raza española aunque imperialista rechaza el imperio” esto en franca alusión las eternas violaciones de las leyes de Indias que como bien señala Lipschutz en algunos de sus trabajos no fueron nunca malas leyes, sino que simplemente fueron leyes nunca o muy pocas veces aplicadas[14]. Ese es para Blanco Fombona otro rasgo característico del hispano su incapacidad casi congénita (ahora sí remedando a Sarmiento) del hispano para aceptar una norma, un canon, una regla. Es ese orgullo hispano “que es arrogancia porque no es callado” (dice Fombona) lo ha llevado entre otras cosas a emprender “empresas máximas con medios deficientes”[15]. También hay que decir que esa incapacidad para medir es lo que nos ha hecho a ambos (los hispanos de ambas márgenes del océano) tan apasionados, tan altivos, dramáticos y heroicos... esa Guerra Civil Española sigue sorprendiendo más aun que la propia Segunda Gran Guerra, y es ese carácter (que también es parte de nuestra herencia) lo que nos ha permitido resistir más de 500 años de dominación ininterrumpida, de distinto signo y bandera, pero dominación al fin. Es esa sangre que no duda en revelarse incluso contra si misma, la que nos ha hecho temerarios y soñadores empecinados, y eso es (como señala en otros trabajos Blanco Fombona) lo que nos ha distinguido siempre de la otra América, de la América sajona, materialista y pragmática, conservadora y religiosamente oscura: mil veces han fracasado ingleses y norteamericanos (incluso los franceses en México) cuando han querido hacer de esta América el Calibán deforme y sumiso del retrato de Shakespeare. Es un Blanco Fombona de la membresía de Ariel, de quien les hablo, y por tanto un antiimperialista consecuente, y ahí tampoco se confunde cuando enmarca su antiimperialismo no en una puja intercapitalista sino más bien y de manera fundamental, civilizatoria.

Él no rescata lo hispano como “raza” (asombrosamente para su época dice: las razas no existen) la “raza” es solo metáfora para referirse a lo hispano como cultura. En esos términos (y a diferencia de Sarmiento) lo hispano es un capital dentro de una diversidad que lo excede y lo contiene. Es la lengua misma que se fagocita a todo lo demás, a todos los venidos de los rincones más remotos de la tierra en cualquier época y circunstancia. Y es lo hispano lo que es superado por lo americano, no como algo que le es ajeno, diferenciado y contrapuesto, sino que es dialécticamente su continuación y su superación, el siguiente paso evolutivo de una cultura que nació allende el mar y que encontró en América su pase a otra dimensión: la nuestra es una lengua hablada por millones y millones de personas que la recrean en los más impensados contextos y circunstancias (y ya ni es siquiera la lengua original de Castilla). No es a diferencia de otras, una lengua aldeana que por más prosapia que detente no deja de ser hablada en unos pocos pueblos y ciudades encerradas en las fronteras de los pequeños estados nacionales de Europa. Es la lengua viva de una cultura viva, que crece y se recrea, y que no sólo se recrea sino que revierte (antes, ahora y después) su imagen al rostro español que lo mira como a un espejo, sin saber que no es un espejo perfecto y que la imagen que vuelve ya no es la misma que la del rostro que la mira.

Esa es la verdadera dimensión de Hispanoamérica. Hispanoamérica es una sola nación separada por un lago demasiado grande. Cuando cayó el absolutismo, cuando cayó el despotismo y también la dictadura fascista de la falange, América empezó a ver en España solo un pueblo, y España dejó de ver en América su pasado y empezó a ver su futuro, el futuro de la lengua y también de la cultura en la que ahora ella está implícita.

De eso también habla Blanco Fombona, él asocia esa cultura hispana con el ideal republicano de aquellas primeras décadas del siglo en que vivió. Es decir, lo hispano mismo tenía la oportunidad de desembarazarse de todas su rémoras, de todas sus taras y distorsiones. Y era en América donde podía regenerar sus huesos como de hecho parece haber ocurrido en definitiva: la dimensión de América lejos de apagar las luces de una cultura que la dominó, terminó inmortalizando y redimensionando, recreando, proyectando, eso que recibió de la peor forma posible. Qué sería de la literatura hispana sin América? Qué sería del catolicismo sin América? Qué sería de la lengua y de ese famoso carácter de una raza sin las circunstancias dramáticas y azarosas de nuestra condición de sabernos libres y soberanos?

Rufino Blanco Fombona merece ese lugar que se ha ganado en la mesa, porque a sabido analizar nuestra cultura en los términos correctos que debe ser analizada: como un entrecruzamiento formidable, en el cual la mínima negación de una de sus partes sería si no un suicido, al menos un hecho totalmente caprichoso e interesado. Él lo hizo en las primeras décadas del siglo que pasó prescindiendo de todo lo que las ciencias etnológicas han logrado comprender con el tiempo y trabajosamente. Ese es su gran mérito y por eso lo he traído a cuenta, no para endiosarlo sino para que sirva de antecedente y de plataforma para futuras reflexiones de hombres tan preocupados como él que tanto nos hacen falta en estos días.



[1] Tal el caso de nuestro país, que sin lugar a dudas fue una de las colonias más importantes de la Corona Británica, aunque nunca detentara ese título.
[2] Uno de sus últimos libros “Conflictos y armonías de las razas en América” escrito en 1883, atribuye a los españoles una incapacidad casi genética, intrínseca a su condición de tales.
[3] Sarmiento no solo conoció el artículo sino que se refirió al caso como “las ideas mestizas” del prócer cubano.
[4] Un libro que cito siempre del oriental Julio Assunçôn acerca de las “pilchas” criollas, muestra un sinnúmero de prendas y aperos y costumbres que el gaucho de la primera época toma de los peninsulares del Medioevo.
[5] El propio Unamuno ironiza sobre Sarmiento cuando dice que hasta para maldecir a España lo hace en la lengua de Cervantes, por lo tanto más allá de su rechazo no deja de ser un gran escritor hispano.
[6] Fíjense que Blanco Fombona señala con mucha razón que no se puede disociar este hecho conque España haya sido uno de los países donde mayor desarrollo popular tuvo el anarquismo en el mundo... yo le agregaría que en el caso de la argentina las ideas del socialismo libertario también arraigaron muy bien en el gaucho (o en su rémora) y que incluso, más allá del conocimiento y adscripción a una ideología, existió una gran empatía, un compartir intuitivamente un sentimeinto (una afectación) entre los ácratas y los obreros y bandidos rurales de principios del siglo que pasó.
[7] Se hace referencia aquí a una de las batallas más cruentas de la Primera Guerra Mundial donde se estima que murieron alrededor de 700.000 soldados alemanes y franceses-
[8] Mundo antecolombino que dicho sea de paso no pocas veces tomo partido por la causa realista.
[9] De ahí se deduce la heterogeneidad en el bando independentista donde no solo había peninsulares y americanos sino también republicanos y monárquicos constitucionalistas.
[10] Blanco Fombona es un admirador de la Revolución Rusa, del socialismo e incluso ejerció cargos de gobierno durante la Guerra Civil Española en territorio Republicano. Y en este sentido que estamos hablando, el libro de la Editorial Ayacucho recoge una polémica con Falcón justamente por este mismo tema.
[11] En ese mismo razonamiento podemos detectar el germen del nazismo.
[12] El modernismo más allá de sus postulados albergó en América una serie de personalidades y visiones divergentes. En el caso de Blanco Fombona (uno de sus reconocidos exponentes) fueron notorias sus discrepancias con figuras también emblemáticas de este movimiento como Rubén Darío y Lugones.
[13] Y entiéndase que no estoy hablando mal del federalismo (todo lo contrario) sino resaltando ese rasgo libertario e independiente que tan acendrado está en nuestro modo de ser nosotros mismos.
[14] Las leyes de Indias iban a contrapelo de las intenciones neofeudales de los conquistadores y eran francamente proteccionistas de las comunidades y las nacionalidades indias (logicamente dentro de su lógica de dominación). A diferencia de ello las reformas independentistas atacaron el concepto mismo de “comunidad”, fieles (como no podía ser de otro modo) a su dogma de revolución buerguesa.
[15] Es cierto lo que señala el poeta venezolano, España no supo irse de América, no estaba en su espíritu ni en su sicología el medir las consecuencias de su talante (así le paso en Cuba cuando entró en guerra contra los EEUU).