“La ecepcionalidad y lo paradigmático
en el proceso venezolano”
por armando de magdalena
Venezuela es para la América de hoy lo que Cuba fue durante los 60, 70 y 80. Hasta la propia Revolución Sandinista, con toda su heterodoxia, estaba dentro del modelo “clásico” insurreccional que propuso la Revolución Cubana a finales de los 50, y cabe aclarar que ese modelo “clásico” fue a su tiempo, también heterodoxo tanto en relación con el dogma soviético que proponía la revolución por etapas[1], como también del modelo insurreccional de octubre del 17.
Esa Revolución Cubana fue la constatación empírica de la incorrección de ambos modelos para el caso de América Latina y del Caribe. Primero, por su carácter de insurrección armada que la alejaba del dogma soviético en tanto y en cuanto no seguía las políticas de los partidos burgueses y sí la acercaba a la revolución de octubre en cuanto esos objetivos democráticos se cumplían en la primera etapa de un único proceso. Segundo por su inicial carácter agrario/campesino sin preeminencia de la clase obrera en tanto protagonista. Y tercero por su carácter nacional y antiimperialista en un país escasamente desarrollado y sumamente pobre que tampoco terminaba de encajar en ninguno de los moldes concebidos de antemano.
Estas tres particularidades, todas a contrapelo de la ortodoxia comunista de aquel tiempo, están implícitas en la posteriores elaboraciones que el Che desarrolló en los últimos tramos de su vida y que propuso para el Tercer Mundo y más concretamente para los países altamente atrasados donde la dominación imperialista ,y hasta colonialista, era burda y descarada (aunque también entraban, aunque con algunos matices, aquellos otros donde se había fomentado un desarrollo distorsionado, funcional a intereses específicos del capitalismo transnacional[2] . Ese modelo que el Che militaba respondía, por cierto, a una coyuntura internacional donde el imperialismo norteamericano se hallaba a la defensiva (y hasta derrotado como en Viet Nam) lo cual abría la posibilidad de derrotarlo de modo definitivo, lo cual explica la premura de la insurrección y su carácter mundial. Esta premura exigía también una amplitud de alianzas y un piso estratégico mínimo para generar rápidamente esa ofensiva antisistémica. El Che pensaba, en definitiva, que el camino del socialismo en el Tercer Mundo pasaba por la Guerra de Liberación Nacional y de ahí y como consecuencia, nacerían los procesos socialistas y de tránsito al comunismo como resultado natural de una política realmente soberana de los pueblos ante el fenómeno despiadado del imperialismo y el colonialismo.
No fue desacertada esta caracterización ya que en esas décadas se liberaron gran cantidad de países en África y Asia. Y en América misma, de no haber mediado una serie de factores (complejos todos) que terminaron con la muerte del Che en Bolivia, y que no vamos a analizar aquí, la situación hubiera podido ser muy diferente para nosotros y para el mundo. No obstante, en los países con un cierto grado de desarrollo y alguna que otra tradición democrática dilatada en el tiempo, esta propuesta mostró sus dificultades a pesar de que pudiera haber triunfado en la Argentina de los 70 y en otros países vecinos en distintas épocas y circunstancias. Y es que los modelos no son sustitutivos unos de otros en el sentido de que aparición de uno clausura de manera definitiva a los que lo antecedieron, sino que responden a determinados momentos y características propias de cada país, incluso a determinadas coyunturas internacionales, lo cual hace que no puedan ser exportables sino como paradigmas y aun así con reservas.
En esos mismos 70 nace la experiencia chilena que es la primera experiencia socialista de toma del poder por la “vía democrática” en un país con cierto grado de desarrollo y cierta vida republicana. Experiencia que quedará clausurada hasta el triunfo de Chávez y que más allá del dolor y de lo cara que fue (y sigue siendo) tanto para el pueblo chileno como para la América toda, no dejó de ser vista desde la contrastación con “el modelo clásico” como un rapto heroico sí, pero también de cierto lirismo e ingenuidad revolucionaria. Ese cruento derrumbamiento dejaba bien en claro que al poder “si no se lo tomaba, al menos había que defenderlo, más temprano que tarde, por las armas”. Esta aseveración que circula aun en labios de muchos intelectuales y militantes de izquierda del continente, sin dejar de ser cierta, funcionó, creo, como excusa para no pensar o profundizar nuevas estrategias y modelos para el socialismo americano. Solo después de los ‘90 tras la derrota de la Revolución Sandinista y el desarme del FMLN la izquierda empieza a involucrarse más seriamente en los procesos democráticos, en muchos casos con serias probabilidades de acceder al poder por la vía electoral. Los mismos sandinistas, los mismos guerrilleros salvadoreños se convierten en partidos mayoritarios en sus países y se suman a las experiencias más viejas en este sentido como las del Frente Amplio en Uruguay y el Partido dos Trabalhadores en Brasil.
No obstante esta “vía electoral” pone a la izquierda latinoamericana en una nueva disyuntiva que aun hoy no ha podido resolver: los programas de la izquierda revolucionaria tienen un techo que en el mejor de los casos ha podido alcanzar una aceptación del 20 o 25% en el electorado (según las coyunturas nacionales e internacionales) lo cual permite ganar alcaldías y diputaciones pero no acceder al poder... y puestos en esta encrucijada y tan cercas del poder, la mayoría de las veces esos programas van lavando sus contenidos para cooptar a sectores de centro, con los riesgos ideológicos que ello implica y que muchas veces han tenido que pagar. Esta situación en extremo incierta y compleja es la que atraviesa el gobierno de Lula y el de Tabaré en estos mismos momentos.
Pero volviendo a los ‘90 hay dos hechos que vienen a parar la soberbia neoliberal en América e incluso en el mundo y son la insurrección zapatista en el ‘94 y la victoria electoral de Chávez en el ‘98. Estos dos movimientos a pesar de ser muy diferentes en cuanto a sus métodos y objetivos (incluso en la base social que los sustenta) tienen en común que son movimientos “constitucionalistas” y de ello hablaremos más adelante. Lo que sí cabe señalar es que ambos procesos volvieron a reavivar la polémica, el uno acerca de los métodos y modos de organización y construcción (incluso en cuanto a la definición del sujeto revolucionario) y el otro volvió a poner sobre el tapete, no solo, la posibilidad y la viabilidad de acceder al poder por la vía democrática, sino también a proponer un nuevo modelo de “construcción” y de “tránsito” a una nueva sociedad que “tampoco responde como modelo” a los cánones a los cuales izquierda revolucionaria estaba acostumbrada hasta entonces.
Argentina y el bolivarismo chavista
Sobrarían los dedos de una mano para contar a aquellos que hace no muchos años daban aunque más no sea unos pocos centavos por aquel coronel de paracaidistas que se alzó en el ’92 contra del gobierno constitucional de Andrés Perez. Presidente además que por ese entonces gobernaba la tan mentada como pendular Internacional Socialista. Ese coronel entrevistado por Bonasso en la cárcel parecía demasiado poco creíble para el sentido común y el clima de época en América y en el mundo. Desde su apariencia de zambo a su discurso decimonónico todo era en él como caricaturesco.
Venezuela era, por ese entonces, la “granja modelo” del capitalismo latinoamericano y el referido coronel parecía bastante patético (y lo sigue pareciendo) para las burguesías tanto de izquierda como de derecha de nuestro continente, quienes lo tomaron como un afiebrado más de los que tanto abundan y han abundado siempre en nuestros cuarteles. Eran los tiempos de la caída del “muro” y también de la debacle del socialismo “realmente existente”, y también (como ya dijimos) de la derrota del Frente Sandinista, las negociaciones de paz que llevaron al desarme del FMLN en El Salvador, de la instauración en definitiva, del neoliberalismo a escala planetaria y de la posmodernidad capitalista como clausura de los sueños juveniles de la humanidad. Las pertenencias de izquierdas, en ese marco, eran ocultadas o reconocidas a regañadientes como ya curadas enfermedades venéreas de las épocas de la inmadurez no solo biológica sino también intelectual, y ya no hombres, sino organizaciones enteras se pasaban de un bando a otro sin mediar explicación o derecho de inventario.
En ese clima se insurrecciona Chávez quien es finalmente liberado por el presidente Caldera dos años después cumpliendo su promesa electoral ante las masas que ya venían en viaje sin retorno después del “caracazo”. Ese “caracazo” con sus mal matados muertos fue sin dudas, no solo el comienzo del fin de la partidocracia venezolana, sino también el del quiebre de “la granja modelo” como paradigma del desarrollo capitalista para América.
Pero poco o nada se habla del papel que tuvo nuestro país en la difusión a nivel continental (y hasta mundial) de la propuesta bolivariana de Hugo Rafael Chávez.
En realidad “el coronel” era conocido y seguido de cerca por los nacionalistas revolucionarios y no revolucionarios de todo el continente y también (y como era de esperar) de nuestro país, desde el mismísimo instante que aflora a la vida pública con su boina roja y su traje de fajina. Ya al poco tiempo, Chávez convoca, después de 171 años, al Segundo Congreso Anfictiónico Bolivariano en Caracas (el primero fue convocado por Bolívar en 1826) se contaban, entre los escasos asistentes internacionales a dicho congreso, tres argentinos[3]. Son ellos quienes a su vuelta de Venezuela se reúnen para conformar la “Junta Argentina” del Congreso Anfictiónico Bolivariano y desde Buenos Aires se va irradiando al interior del país y hacia muchos otros países hermanos del continente esta experiencia y este nuevo paradigma. Se empieza a conformar una red de solidaridad, de esclarecimiento y difusión de la experiencia bolivariana de Venezuela que va metiendo a Chávez en la agenda de los partidos y los movimientos sociales de nuestro país y del continente. Este grupo inicial de no más de 15 personas estaba conformado en lo esencial por gente de la llamada “izquierda nacional” y por algunos comunistas que si bien participábamos “orgánicamente” estábamos tironeados por las discusiones aun no saldadas de nuestro partido y que tenían como bisagra el Congreso del viraje o XVI Congreso. Poco a poco, de forma lenta y gradual, y no sin mucho trabajo, se fueron incorporando en torno a esta nueva propuesta personalidades, organizaciones, sindicatos y agrupaciones políticas de un espectro ideológico que superaba con creces la unidad política realmente existente dentro del campo popular y la izquierda revolucionaria de la Argentina de ese momento. En ese sentido el Congreso Anfictiónico fue una gran escuela de unidad y también un vaso comunicante entre distintas tradiciones políticas que sin duda repercutió con mayor o menor éxito al interior de cada una de las organizaciones políticas y sociales de nuestro país tanto dentro como fuera de este nuevo marco de unidad que se había creado en torno a la figura de Chávez y su paradigma de revolución. Y creo que algo bastante similar pasó en muchos países de nuestro continente.
Lo importante es señalar que Chávez, aun sin proponérselo, con ese modo y ese discurso vino a exacerbar todos los prejuicios y limitaciones no solo de las oligarquías, sino del propio campo popular y revolucionario de este continente. Y es que Chávez a parte de “zambo”, “patético” y “decimonónico”, era “coronel” lo cual ya de por sí parecía ser eximitorio de cualquier comentario. Ni hablar ya de un análisis.
Esta ligereza y este apresuramiento, que fue real y definitorio, si bien tiene sus fundadas razones en el marco del proceso contrainsurreccional que el imperio desató sobre América durante los 60, 70 y 80, no deja de ser llamativo y preocupante, si se tiene en cuenta que fue propio de quienes decían tener un conocimiento profundo de la realidad para transformarla en sentido revolucionario. Esta actitud casi generalizada de descalificación automática, no fue, como ya dijimos, privativa de ningún sector en particular sino patrimonio de un gran arco ideológico que arrancaba en los partidos tradicionales pasaba por los partidos de izquierda y llegaba incluso a referentes sociales tan caros para nosotros los argentinos como las Madres de Plaza de Mayo. Solo después de derrotado el golpe de abril de 2002, Chávez empieza a ser visto con otros ojos, porque sin temor a equivocarme lo que pasó en aquellas horas no tiene precedente creo en ningún lugar de la tierra, y esas imágenes transmitidas por la CNN no solo que impactaron profundamente sino que contagiaron e hicieron volver a creer a muchos que ya no creían en nada. Es a partir de ese instante que el sistema (que también había subestimado a Chávez) lo empezará a tomar en serio y a mirarlo también con creciente preocupación. La izquierda también sentirá ese impacto y se dividirá en torno a la figura del “coronel” y a su modelo de revolución como hacía tiempo no lo hacía. Habrá quienes aflojarán el “izquierdómetro” con el que lo monitoreaban permanentemente, habrá quienes se resignen a esperar (y lo siguen haciendo) a que Chávez “muestre la hilacha” y traicione a la base social que lo llevó al poder o “trance a escondidas” con La Casa Blanca, y habrá quienes se decidan al fin a apoyarlo con un poco más de convicción... incluso surgirán aquellos que se saquen los ojos por ser “la sucursal argentina” de la revolución bolivariana y abandonen la lucha social para dedicarse full time al antiimperialismo abstracto.
El apoyo incondicional de Fidel y de la revolución cubana, el casi nombramiento oficial de Chávez como “sucesor natural” del emblemático comandante, terminó por ser la gota que rebalsó el baso del escepticismo e imprimió aun más vertiginosidad a la metamorfosis política argentina poniendo en aprietos, incluso, a más de una línea política aparentemente impecable.
Digamos también, y por la misma plata, que este apoyo de Fidel es apuntado por cierta izquierda trostkista como una muestra más de la finitud del modelo cubano de revolución, lo que demuestra una vez más hasta qué punto Chávez se ha convertido en la piedra del escándalo para la América revolucionaria y no revolucionaria.
Por suerte el proceso en Venezuela está al margen de todo este “menú de opciones” y también, tanto de la poca o mucha profundidad de los análisis, como del cambio o no de opiniones de muchos actores políticos y sociales de nuestro país, de nuestro continente y del mundo.
Dicho esto (que no es más que historiar el desarrollo del llamado bolivarismo en Argentina) aclaremos desde el principio que el proceso en Venezuela es responsabilidad de los venezolanos, lo cual no nos exime a nosotros (los pueblos de América y del mundo) de ninguna responsabilidad con respecto a él, incluida la de de analizarlo, con todo el respeto que su pueblo merece, como “modelo” y como “nueva aportación” a la historia de las revoluciones y del pensamiento revolucionario americano y mundial.
Primera dificultad
Con Venezuela sucede lo mismo que con Cuba, se confunde la más de las veces el análisis del modelo con el del proceso. Es decir una cosa es Cuba o Venezuela como “modelo de revolución”, otra cosa es como “modelo de sociedad” y otra muy distinta puede resultar su análisis “como proceso que debe ser llevado adelante en un determinado contexto mundial”.
El error más frecuente en este sentido es confundir la política exterior de las revoluciones con la revolución misma. Y está claro que una revolución debe resolver múltiples desafíos muchos de los cuales tienen que ver con no caer en el aislamiento político y económico. Tal es así que desde el punto de vista teórico/práctico los “intereses nacionales” de un determinado proceso revolucionario pueden llegar “a no coincidir” con los intereses de los revolucionarios de otro país o grupo de países y así hay que verlo, reconocerlo y aceptarlo. Lo que no puede hacerse bajo ningún punto de vista es trasladar esa retórica y esa práctica de las cancillerías a la lucha de clases que los revolucionarios deben llevar adelante en sus respectivos escenarios nacionales. Porque de ser así podría ser que en realidad se esté abandonando el deber principal de un revolucionario que es: “hacer la revolución”, para convertirse “una vez más” en la sucursal de otros procesos que por importantes que sean, han nacido “de otras particularidades” tanto históricas como económicas, sociales y hasta culturales. Digo esto en primer término porque doy por sentado que la revolución bolivariana en Argentina está siendo desvirtuada en su esencia y adaptada a los intereses particulares y por cierto oportunistas de varias organizaciones tanto sociales como políticas, vicio este tan común como lamentable en la historia política de nuestro pueblo.
Todo proceso debe ser analizado y medido no por su retórica o por su estética, sino por los hechos concretos que produce.
¿Cuales son esos hechos y cuanto hay en ellos de ecepcionalidad o paradigma? De eso trataremos de ocuparnos ahora.
Lo excepcional y lo paradigmático
La revolución bolivariana de Venezuela tiene dos características excepcionales de gran envergadura. Primero, es la única revolución latinoamericana que contó y cuenta con el casi total apoyo de las fuerzas armadas de su país. En ese sentido se vuelve patética (ahora sí) la descalificación general a Chávez por “militar”. Fidel hace 40 años que viste un traje verde olivo y el Che y Camilo también lo vestían, de igual modo que Raúl lo hace al frente de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba... a no ser que alguien esté planteando que ser militar de un ejército socialista es menos militar que serlo de un ejército regular sea este del país que sea. De todos modos (y dejando de lado la polémica) lo concreto es, que las FF. AA. venezolanas más allá de haber estado sometidas a las mismas tensiones que el resto de las FF.AA. del continente supieron conservar un alto sentido del patriotismo y de sus deberes republicanos. También que la composición social de estas fuerzas es mayoritariamente popular y no de casta como puede suceder en nuestro país y en otros países del continente. Lo cual marca dos grandes diferencias concretas que evidentemente no fueron detectadas a la hora de analizar aquellos alzamientos chavistas de principios de los 90. Todas estas características iniciales de los hombres de armas venezolanos, han sido potenciadas en estos años por la revolución (y seguramente lo serán más y más) al punto de que pueblo y ejército son casi la misma cosa hoy en Venezuela y la prueba iniciática de esta relación estuvo dada en aquel golpe, contragolpe y reisntauración de un gobierno y de un líder que se salvó de ser fusilado justamente por la decisión de un grupo de soldados que tenían “ordenes” de matarlo. Y esto es toda una metáfora (más bien un axioma) para cualquier ejército: no hay ninguna orden que habilite a matar a un representante del pueblo.
La segunda excepcionalidad no es solo el acenso por la vía democrática, sino además el haberlo logrado sin una estructura partidaria en el sentido tradicional, sino más bien a través de una relación directa líder/masa que supo recurrir tanto a las tradiciones históricas como culturales y religiosas de su pueblo. Ese mismo ejército del que recién hablábamos, fue (y en cierto modo sigue siendo) la única estructura organizativa cohesionada sobre la cual se apoyó el proceso en sus tramos iniciales. Y tan cierto es esto que la principal preocupación y el principal esfuerzo del gobierno de Chávez en sus primeros años, fue el de “institucionalizar” ese apoyo que le había dado el pueblo en las urnas y en las calles. Sea a través de los “círculos bolivarianos”, sea a través de los “movimientos bolivarianos” de mujeres, de trabajadores, de jóvenes, o como es el caso más reciente de las milicias populares. Es en este sentido que la ayuda recibida de Cuba fue inestimable en esta especie de verdadera lucha contra reloj por solucionar los problemas sociales y organizar al pueblo, en medio de las más duras presiones políticas, económicas de Washintong que incluían e incluyen la desestabilización directa por cualquier medio legal o ilegal.
Otras excepcionalidades de segundo orden pero quizás no menos importantes son las de tipo económico[4] y como todos saben Venezuela es hoy uno de los principales productores de petróleo en medio de una crisis energética severa exacerbada entre otras cosas por el desastre producido por la Guerra de Afganistán y de Irak que no solo ha sacado de circulación a uno de los máximos productores de crudo, sino que ha absorbido gran parte de las capacidades políticas, militares y económicas de los EEUU, lo cual le ha dado una mínima dosis de aire a Chávez quien además no perdió tiempo y mantuvo desde el vamos una actitud hostil hacia los EEUU poniéndolo a la defensiva y a tratar de explicar más que a acusar.
Esta solvencia económica le permitió superar a Chávez el feroz boicot de la oligarquía (cosa que no logró Allende por ejemplo) y hasta el terrible atentado contra PDVSA que casi inutilizó de manera total y durante meses las plantas y refinerías. También ganar mucho espacio en latinoamérica vendiendo petroleo barato y comprando bonos de la deuda de países en crisis terminales como Argentina y Ecuador que más allá de sus reales simpatías o no, ven en Chávez la tabla de salvación para gran parte de sus problemas económicos (como es el caso de Argentina, Uruguay, Perú y Ecuador) y políticos como es el caso de Brasil después de los escándalos de corrupción en el gobierno petista. Chávez compra de todo: barcos petroleros, maquinaria agrícola, armas, genética agropecuaria, ganado, alimentos, reactores nucleares, medicamentos, instrumental médico, y lo hace en condiciones más que ventajosas para los ofertores, y cuando vende lo hace en operaciones que rondan muchas veces el mero trueque, o el “págueme como pueda”. Es él quien vive proponiendo sistemáticamente la creación de empresas multinacionales latinoamericanas, de energía, de aviación, de lo que sea y lo está logrando como en el caso de Petrocaribe con países tan impensados como Jamaica... Cuba, el país de los “alumbrones”, ya se piensa exportador de petroleo. Argentina no pudo cerrar como pensaba los astilleros de Río Santiago porque le compran todos los barcos petroleros que quiera o pueda fabricar. Brasil explora contratos de exploración y explotación conjunta de petroleo en el mar (igual Argentina). Y así podríamos seguir de país en país tanto dentro como fuera de nuestro continente. Solo queda imaginar que es lo que pueda provocar Chávez en lo sucesivo con su ingreso como “miembro pleno” al Mercosur a partir del mes de diciembre del 2005.
Todo esto está bastante propagandizado en Argentina incluso por el gobierno que también gusta de la retórica nacionalista aunque poco hace al respecto. Lo que nadie dice (ni del gobierno ni de los antiimperialistas abstractos) es que Chávez está haciendo una política nacional de “gran país” y lo está haciendo “sin una burguesía nacional” y no porque no quiera apoyarse en ella sino porque no la tiene como no la tiene ningún país del continente... al menos con una fuerza significativa que permita operar transformaciones serias de cualquier tipo que estas sean[5] . Si algo ha demostrado la década de los 90 en la mayoría de nuestros países es el carácter de meros “agentes” del poder económico transnacional que han ocupado nuestras clases poseedoras, incluida la burguesía. Chávez está usando los ingresos del petróleo para cambiar la hipertrofia, el “desarrollo deformado” de un país que “lo único que produce” es petróleo y que tiene serios déficit en la producción de alimentos, en la generación de energía y en la capacidad de generar respuestas a los derechos básicos de su población. Lo que no hizo la burguesía en Venezuela es justamente lo que tiene que hacer ahora el Estado Nacional que dirige Chávez. No solo repartir la tierra y nacionalizar los resortes claves del desarrollo, sino además crear bancos genéticos de producción agropecuaria, producir leche, manteca, queso, carne, granos, comprar maquinaria agrícola (incluso para producir etanol y generar naftas ecológicas) y tecnología de todo tipo. Lo interesante es que Chávez combina una política de “gran nación” (cosa que ya han hecho en otras décadas gobiernos que impulsaban en América un capitalismo nacional y a veces antiimperialista) con las reformas cada vez más estructurales que terminen con la desigualdad y la injusticia en Venezuela. Es de socialismo, en última instancia de lo que habla cada vez con más frecuencia y presición Hugo Chávez y lo hace en la práctica y no solo en la retórica cuando se pone al lado de Cuba y de los que luchan (como fue en el caso de Bolivia[6]) en abierta oposición al gobierno de la Casa Blanca a quien acusó, como hacía tiempo nadie lo hacía, en las propias Naciones Unidas.
Queda sí por dilucidar que es el socialismo para Chávez pero sobre eso avanzaremos después.
Fuera de estas tres excepcionalidades, hay, no obstante, un núcleo importantísimo de cosas para tomar de la experiencia venezolana y algunas ya las hemos referido de manera tangencial.
Lo primero que se me ocurre es reflexionar sobre el papel de los líderes en los procesos revolucionarios. Papel denostado generalmente por la izquierda tradicional tan hija del racionalismo positivista y que en todo caso tiene en América una tradición milenaria. De todos modos de lo que hablaremos aquí es del líder no como sustituto de la voluntad y la inteligencia colectivas, tampoco como sinónimo de verticalidad o de capricho, sino como emergente genuino del pueblo y en cuya persona se sintetizan y se reconocen los sueños y anhelos profundos de las mayorías.
Chávez ganó sus primeras elecciones citando los evangelios, a Bolívar y Alí Primera y en esto que puede parecer anecdótico podemos ver claramente a que nos referimos. Más allá de si Chávez es creyente o no lo es (y estoy seguro que sí lo es) hay en el evangelio, visto simplemente como filosofía, un alto contenido humanístico y liberador que puede impregnar de sentido trascendente una formulación lógica y racional (tal como lo entendían el Che y Mariátegui) pero que muchas veces la izquierda descarta por su propio fundamentalismo y su propia confusión entre lo que es la fe (sea esta filosófica, racional o religiosa) y la religión como dogma de las iglesias y por tanto discurso ideologizado de instituciones concretas. Si el sujeto pueblo en América es abrumadoramente religioso (esta vez en el sentido de su espiritualidad) y dentro de esa espiritualidad el cristianismo es una parte sumamente sustancial (no la única) mal podría prescindir de ella (mucho menos burlarse o denostarla) quien quisiera ser seguido por millones hacia la victoria. Tal es así que quien asume ese discurso de manera emotiva y genuina puede incluso enfrentar a la propia Iglesia (institución) y, evangelio en mano, hacerla presa de su propia hipocresía, tal pasó con Hugo Chávez hace no muchos meses en una larga polémica con la cúpula eclesial de su país. En el mismo sentido va lo de Alí Primera que es como si se dijera (y valga la comparación) el Atahualpa Yupanqui venezolano (ambos por cierto comunistas) [7]. En ambos casos a lo que apela Chávez es a la razón, al accionar consciente, pero el vehículo que elige es emotivo, irracional, simbólico, y como símbolo que es, lleva condensada una relación de lo inmediato con lo trascendente.
Del mismo modo opera la historia en el discurso de Chávez. Los permanentes paralelismos con la gesta de Bolívar no son una mera referencia (referencia que por otro lado ya han usado otros movimientos revolucionarios -zapatistas, sandinistas, tupacamaristas, tupamaros, etc.-) No son tampoco como en el caso de Cuba con Martí una mera continuidad por importante que esta sea, en Chávez son batallas, congresos, discursos, situaciones concretas del pasado histórico, lo que se rememora, y esto tiene efectos pedagógicos liberadores sobre el interlocutor pero fundamentalmente tiene la virtud de introducirlo en un dimensión mítica donde el pasado, el presente y el futuro se abrazan y se confunden. Una dimensión mítica por analógica (que es la calidad del verdadero mito) pero también por paradigmática en el sentido que introduce certeza en como se desarrollarán los hechos ya que el mito es siempre circular y por ende se repite. Ese mito además es un mito victorioso más allá del final de Bolívar (o de Chávez) porque es el mito de la liberación ante el poder más abrumador del planeta el absolutismo español (es decir los EEUU). Ese tan mentado “carisma” de algunos personajes es en los líderes populares “pertenencia y autenticidad”. Pertenencia porque son parte de aquello que representan y autenticidad porque su postura es genuina y no una especulación interesada como es el caso del demagogo. El pueblo generalmente percibe esa sutil diferencia, lo cual me hace también reflexionar en lo imprescindible que es ser parte, cultural y afectivamente, de aquello que uno pretende interpretar y conducir.
Esta misma operación realiza Chávez cuando sale de su país y muchas veces parece conocer más de la historia de los países hermanos que visita que los propios anfitriones. Chávez habla de San Martín en Argentina y de Artigas en Uruguay, de Tiradentes en Brasil y de Martí en Cuba y lo hace también en una dimensión mítica ya que esa unidad que todos buscamos o parecemos buscar no está en el futuro si no en el pasado. La sola evocación ya es todo un concepto y una experiencia histórica de vida y también la certeza (como ya dijimos) de que es posible porque ya fue posible alguna vez.
La historia tiene que ver también con la afectación de Chávez que puede resultar para algunos ridícula pero que también tenía el Che y seguramente todos los hombres y mujeres que son conscientes de su papel en la historia y que está dispuestos a pagar el precio. Es en esa historia también, donde Chávez encuentra sus proyectos. Y así en medio del fenómeno de la globalización capitalista y de la aparente “clausura de la historia”, Chávez no solo encuentra a la historia sino también el viejo proyecto de Bolívar en ella, aquel de una “Confederación de Repúblicas” oponiéndose a los poderes hegemónicos de las potencias y restituyendo la unidad “espiritual” de “la América antes española”. El viejo sueño de la Patria Grande que había quedado en la metáfora durante décadas junto al antiimperialismo setentista. Ahora se convierte en programa político donde se sintetizan la unidad con el antiimperialismo y la conformación de un bloque político económico y cultural capaz de confrontar con los otros bloques del mundo que en definitiva se diputan nuestra tierra como “alacena y como mercado”. Parece mentira que una idea tan vieja y tan americana haya sido tan bastardeada por casi dos siglos y hoy nos vuelva casi como impuesta por la realidad y como refracción de lo que otros hacen o han hecho como cenit de su desarrollo y su poder.
Todo lo que apuntamos más arriba con relación al potencial económico de Venezuela va en esta dirección que ahora planteamos y no hay duda que si por Chávez fuera marcharíamos hacia una integración total similar a la que pretende la actual Unión Europea y también hacia una Sur/Sur con el resto del mundo.
Otro aspecto que está ligado a esto del líder es la característica del movimiento que encarama a Chávez en el poder. Y como ya dijimos es este un movimiento que no estuvo solventado por ninguna estructura organizativa demasiado extendida o estructurada y sin embargo logró albergar un amplio espacio de tradiciones e ideologías, incluso, prescindiendo de los partidos tradicionales de cuyo cadáver él mismo era emergente.
Este tema, el de las alianzas, es siempre conflictivo para las organizaciones de la izquierda revolucionaria y veces el purismo ideológico (por no decir siempre) conspira con la vocación real de poder y por resguardarnos del frío se hace tan pequeña la puerta que no solo ya nadie puede entrar sino que a veces ni nosotros podemos salir. Es decir, lo amplio de un movimiento no determina a priori su fracaso o inconsistencia, sino la capacidad de conducirlo a los objetivos prefijados a la hora de conformarlo. Y este parece ser el caso de Chávez quien ha sufrido bajas considerables entre sus iniciales compañeros de ruta. Considerables tanto cuantitativa como cualitativamente, ya sea entre sus camaradas de armas, como en su comando revolucionario, como entre las organizaciones políticas de izquierda que lo apoyaban[8]. Es en definitiva la capacidad de liderar y de mantenerse fiel a los principios y objetivos lo que supera la aparente diversificación ideológica de un movimiento. Los objetivos amplios pueden ser profundos por pocos o minimales que parezcan y es el propio proceso con sus tensiones y desafíos el que se encarga de poner en crisis y centrifugar lo que no concuerda con lo que se requiere a cada momento.
De una manera muy esquemática se puede decir que Chávez cuenta entre sus filas a numerosos intelectuales, artistas, luchadores por los derechos humanos, activistas sociales, gente de convicciones patrióticas, marxistas, cristianos, demócratas honestos y convencidos. Todo eso puede ser posible (como veremos a continuación) si el “proyecto en sí” es capaz de dar respuesta a todo este abanico de visiones y demandas.
La síntesis de esta arquitectura política que acabamos de apuntar está en la propia constitución de la República Bolivariana de Venezuela y esto es quizás lo más novedoso de este proceso. Es decir, que se haya elegido como herramienta de construcción de esa nueva realidad tanto externa como interna, la propia constitución nacional. Y este es un tema sensible para las experiencias socialistas acusadas históricamente (y a veces con razón) de antidemocráticas. El programa de la revolución bolivariana es su propia constitución y que así sea explica en gran medida las dificultades que los EEUU han tenido para desprestigiar y derrotar la experiencia venezolana. No debe haber hoy en el mundo entero, un presidente más “legítimo” ni más “democrático” que Hugo Rafael Chávez y todas las medidas por radicales que sean están contempladas en una constitución que surge como resultado de una “asamblea general constituyente” en la que tomaron parte todos los sectores de la realidad política y social venezolana. Por tanto, el imperialismo o la oligarquía pueden decir que les gusta o no les gusta tal o cual medida pero no pueden cuestionar nunca su legalidad y legitimidad. Es decir, una vez en el poder Chávez crea una nueva legalidad y es esa propia legalidad el proceso mismo de transformación, tránsito y materialización de la nueva sociedad. Es en ese sentido donde la constitución en sí merece un capítulo aparte ya que comprende todas las visiones y todas las demandas de ese amplio arco que apuntábamos más arriba. Venezuela cuenta hoy con una constitución que es casi un compendio de lo mejor del pensamiento humano y de la experiencia de los pueblos y creo no exagerar (y los vuelvo a invitar a que la lean en su totalidad y a conciencia). No me resulta por tanto extraño que Chávez se pasee por todos lados con ella como un evangelista.
Ya en sus primeros artículos dice:
Artículo 1. La República Bolivariana de Venezuela es irrevocablemente Libre e Independiente y fundamenta su patrimonio moral y sus valores de libertad, igualdad, justicia y paz internacional, en la doctrina de Simón Bolívar, el Libertador.
Son derechos irrenunciables de la Nación la independencia, la libertad, la soberanía, la inmunidad, la integridad territorial y la autodeterminación nacional.
Articulo 2. Venezuela se constituye en un Estado democrático y social de Derecho y de Justicia, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico y de su actuación, la vida, la libertad, la justicia, la igualdad, la solidaridad, la democracia, la responsabilidad social y en general, la preeminencia de los derechos humanos, la ética y el pluralismo político.
Artículo 3. El Estado tiene como fines esenciales la defensa y el desarrollo de la persona y el respeto a su dignidad, el ejercicio democrático de la voluntad popular, la construcción de una sociedad justa y amante de la paz, la promoción de la prosperidad y bienestar del pueblo y la garantía del cumplimiento de los principios, derechos y deberes reconocidos y consagrados en esta Constitución.
La educación y el trabajo son los procesos fundamentales para alcanzar dichos fines.
Artículo 4. La República Bolivariana de Venezuela es un Estado federal descentralizado en los términos consagrados en esta Constitución, y se rige por los principios de integridad territorial, cooperación, solidaridad, concurrencia y corresponsabilidad.
Articulo 5. La soberanía reside intransferiblemente en el pueblo, quien la ejerce directamente en la forma prevista en esta Constitución y en la ley, e indirectamente, mediante el sufragio, por los órganos que ejercen el Poder Público.
Los órganos del Estado emanan do la soberanía popular y a ella están sometidos.
Artículo 6. El gobierno de la República Bolivariana de Venezuela y de las entidades políticas que la componen es y será siempre democrático, participativo, electivo, descentralizado, alternativo, responsable, pluralista y de mandatos revocables.
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Artículo 9. El idioma oficial el castellano. Los idiomas indígenas también son de uso oficial para los pueblos indígenas y deben ser respetados en todo el territorio de la República, por constituir patrimonio cultural de la Nación y de la humanidad
Es de destacar también las secciones dedicadas a los derechos humanos, libertades individuales, democracia participativa, territorio, recursos naturales, derechos medioambientales, educación, salud, derechos de las minorías, derechos de las naciones indias, de la infancia y los ancianos, entre otros.
Alguien podrá decir que todas las constituciones serían buenas si se aplicaran y tendría mucha razón, pero no menos cierto es que existiendo la voluntad de aplicarla, como es el caso, una constitución como esta se vuelve un arma poderosa de transformación y lo hace en el más absoluto marco de legitimidad y de respeto republicano. Lo cual no deja de ser un tema fundamental para nosotros ya que la casi totalidad de los estados socialistas se han definido históricamente como “repúblicas” (sean populares, socialistas o democráticas) y la palabra república por historia y tradición remite en lo fundamental a la división e independencia de poderes que justamente es un tema bastante objetable en muchas experiencias socialistas. Esta independencia de poderes está ligada de manera indisoluble al tema de las libertades individuales, ya que es el último reaseguro del hombre individual ante la magnificencia del estado que por su propia esencia siempre será coercitivo.
Venezuela en el marco de un nuevo imaginario
Hemos hecho, al promediar este artículo, una observación que ahora volveremos a repetir como final. Es preciso diferenciar los distintos modelos que nos presenta la revolución bolivariana: como revolución en sí me parece bastante excepcional. Como modelo de construcción de una alternativa política y también de una nueva realidad social en un proceso de tránsito (para el caso argentino y de otros países de igual desarrollo y capacidades) me parece altamente paradigmático (incluso para la mayoría de los países latinoamericanos y caribeños en la actual coyuntura mundial). No es sustitutivo de modelos de sociedad como el cubano, por la sencilla razón de que la propia constitución venezolana que tanto he elogiado, reconoce taxativamente no solo la propiedad privada sino también la libre empresa, aunque cierto es que con una clara subordinación a los intereses nacionales del estado y generales de la sociedad. Sí creo que es una auténtica revolución que se encuentra en una fase nacional y democrática y que ya avanza en un sentido socialista o de tránsito al socialismo, pero ese es el techo que se impuso así misma o que al menos le impone la propia legalidad nacida de su seno. Otras experiencias revolucionarias ya alcanzaron ese escalón hacia el comunismo pero cierto es que podrían copiar mucho de lo que esta nueva revolución promete en el sentido de las libertades individuales, la institucionalidad republicana y la democracia participativa. También y muy en especial en cuanto al derecho de las minorías y el respeto de la diversidad cultural, nacional y étnica.
Más allá de cualquier consideración Venezuela es una buena noticia para América y cada milímetro que avanza se acerca también el horizonte a todos los pueblos del continente. Es por ese solo motivo que además de apoyarla decididamente tenemos que evitar que sea aprovechada en sentido oportunista para desvirtuarla, por proyectos que nada tienen de revolucionarios y si mucho de dilatorios desde la perspectiva de la lucha de clases en nuestro continente.
Buenos Aires, otoño del 2005
[1] Primero democrático-burguesa y después socialista
[2] El subdesarrollo no necesariamente es la falta de desarrollo sino que en ocasiones puede ser un alto desarrollo en áreas muy específicas de la producción que son vitales para el imperialismo.
[3] Fernando Bossi, Athos Fava y Conlis Tizado.
[4] Y digo de segundo orden porque hay varios países en nuestro continente que pueden compararse por su riqueza con Venezuela y tal vez superarla por la diversidad de recursos y ventajas comparativas en determinados rubros de la producción.
[5] Salvo el caso atemperado de Brasil al que habría que estudiar en particular.
[6] Allí se sucedieron fricciones con Argentina que se alineaba junto al presidente Mesa, del mismo modo que pasó con Brasil en el caso ecuatoriano.
[7] Alí Primera es la conjunción de la tradición y la rebelión que no es poco decir para un producto cultural de honda raigambre en el pueblo.
[8] Como es el caso del MAS que después de fragmentado se pasó con armas y todo a la oposición, no así el Partido Comunista Venezolano que apoyó desde el principio y lo sigue apoyando a pesar de ser un partido modesto pero de mucho prestigio entre el pueblo.
por armando de magdalena
Venezuela es para la América de hoy lo que Cuba fue durante los 60, 70 y 80. Hasta la propia Revolución Sandinista, con toda su heterodoxia, estaba dentro del modelo “clásico” insurreccional que propuso la Revolución Cubana a finales de los 50, y cabe aclarar que ese modelo “clásico” fue a su tiempo, también heterodoxo tanto en relación con el dogma soviético que proponía la revolución por etapas[1], como también del modelo insurreccional de octubre del 17.
Esa Revolución Cubana fue la constatación empírica de la incorrección de ambos modelos para el caso de América Latina y del Caribe. Primero, por su carácter de insurrección armada que la alejaba del dogma soviético en tanto y en cuanto no seguía las políticas de los partidos burgueses y sí la acercaba a la revolución de octubre en cuanto esos objetivos democráticos se cumplían en la primera etapa de un único proceso. Segundo por su inicial carácter agrario/campesino sin preeminencia de la clase obrera en tanto protagonista. Y tercero por su carácter nacional y antiimperialista en un país escasamente desarrollado y sumamente pobre que tampoco terminaba de encajar en ninguno de los moldes concebidos de antemano.
Estas tres particularidades, todas a contrapelo de la ortodoxia comunista de aquel tiempo, están implícitas en la posteriores elaboraciones que el Che desarrolló en los últimos tramos de su vida y que propuso para el Tercer Mundo y más concretamente para los países altamente atrasados donde la dominación imperialista ,y hasta colonialista, era burda y descarada (aunque también entraban, aunque con algunos matices, aquellos otros donde se había fomentado un desarrollo distorsionado, funcional a intereses específicos del capitalismo transnacional[2] . Ese modelo que el Che militaba respondía, por cierto, a una coyuntura internacional donde el imperialismo norteamericano se hallaba a la defensiva (y hasta derrotado como en Viet Nam) lo cual abría la posibilidad de derrotarlo de modo definitivo, lo cual explica la premura de la insurrección y su carácter mundial. Esta premura exigía también una amplitud de alianzas y un piso estratégico mínimo para generar rápidamente esa ofensiva antisistémica. El Che pensaba, en definitiva, que el camino del socialismo en el Tercer Mundo pasaba por la Guerra de Liberación Nacional y de ahí y como consecuencia, nacerían los procesos socialistas y de tránsito al comunismo como resultado natural de una política realmente soberana de los pueblos ante el fenómeno despiadado del imperialismo y el colonialismo.
No fue desacertada esta caracterización ya que en esas décadas se liberaron gran cantidad de países en África y Asia. Y en América misma, de no haber mediado una serie de factores (complejos todos) que terminaron con la muerte del Che en Bolivia, y que no vamos a analizar aquí, la situación hubiera podido ser muy diferente para nosotros y para el mundo. No obstante, en los países con un cierto grado de desarrollo y alguna que otra tradición democrática dilatada en el tiempo, esta propuesta mostró sus dificultades a pesar de que pudiera haber triunfado en la Argentina de los 70 y en otros países vecinos en distintas épocas y circunstancias. Y es que los modelos no son sustitutivos unos de otros en el sentido de que aparición de uno clausura de manera definitiva a los que lo antecedieron, sino que responden a determinados momentos y características propias de cada país, incluso a determinadas coyunturas internacionales, lo cual hace que no puedan ser exportables sino como paradigmas y aun así con reservas.
En esos mismos 70 nace la experiencia chilena que es la primera experiencia socialista de toma del poder por la “vía democrática” en un país con cierto grado de desarrollo y cierta vida republicana. Experiencia que quedará clausurada hasta el triunfo de Chávez y que más allá del dolor y de lo cara que fue (y sigue siendo) tanto para el pueblo chileno como para la América toda, no dejó de ser vista desde la contrastación con “el modelo clásico” como un rapto heroico sí, pero también de cierto lirismo e ingenuidad revolucionaria. Ese cruento derrumbamiento dejaba bien en claro que al poder “si no se lo tomaba, al menos había que defenderlo, más temprano que tarde, por las armas”. Esta aseveración que circula aun en labios de muchos intelectuales y militantes de izquierda del continente, sin dejar de ser cierta, funcionó, creo, como excusa para no pensar o profundizar nuevas estrategias y modelos para el socialismo americano. Solo después de los ‘90 tras la derrota de la Revolución Sandinista y el desarme del FMLN la izquierda empieza a involucrarse más seriamente en los procesos democráticos, en muchos casos con serias probabilidades de acceder al poder por la vía electoral. Los mismos sandinistas, los mismos guerrilleros salvadoreños se convierten en partidos mayoritarios en sus países y se suman a las experiencias más viejas en este sentido como las del Frente Amplio en Uruguay y el Partido dos Trabalhadores en Brasil.
No obstante esta “vía electoral” pone a la izquierda latinoamericana en una nueva disyuntiva que aun hoy no ha podido resolver: los programas de la izquierda revolucionaria tienen un techo que en el mejor de los casos ha podido alcanzar una aceptación del 20 o 25% en el electorado (según las coyunturas nacionales e internacionales) lo cual permite ganar alcaldías y diputaciones pero no acceder al poder... y puestos en esta encrucijada y tan cercas del poder, la mayoría de las veces esos programas van lavando sus contenidos para cooptar a sectores de centro, con los riesgos ideológicos que ello implica y que muchas veces han tenido que pagar. Esta situación en extremo incierta y compleja es la que atraviesa el gobierno de Lula y el de Tabaré en estos mismos momentos.
Pero volviendo a los ‘90 hay dos hechos que vienen a parar la soberbia neoliberal en América e incluso en el mundo y son la insurrección zapatista en el ‘94 y la victoria electoral de Chávez en el ‘98. Estos dos movimientos a pesar de ser muy diferentes en cuanto a sus métodos y objetivos (incluso en la base social que los sustenta) tienen en común que son movimientos “constitucionalistas” y de ello hablaremos más adelante. Lo que sí cabe señalar es que ambos procesos volvieron a reavivar la polémica, el uno acerca de los métodos y modos de organización y construcción (incluso en cuanto a la definición del sujeto revolucionario) y el otro volvió a poner sobre el tapete, no solo, la posibilidad y la viabilidad de acceder al poder por la vía democrática, sino también a proponer un nuevo modelo de “construcción” y de “tránsito” a una nueva sociedad que “tampoco responde como modelo” a los cánones a los cuales izquierda revolucionaria estaba acostumbrada hasta entonces.
Argentina y el bolivarismo chavista
Sobrarían los dedos de una mano para contar a aquellos que hace no muchos años daban aunque más no sea unos pocos centavos por aquel coronel de paracaidistas que se alzó en el ’92 contra del gobierno constitucional de Andrés Perez. Presidente además que por ese entonces gobernaba la tan mentada como pendular Internacional Socialista. Ese coronel entrevistado por Bonasso en la cárcel parecía demasiado poco creíble para el sentido común y el clima de época en América y en el mundo. Desde su apariencia de zambo a su discurso decimonónico todo era en él como caricaturesco.
Venezuela era, por ese entonces, la “granja modelo” del capitalismo latinoamericano y el referido coronel parecía bastante patético (y lo sigue pareciendo) para las burguesías tanto de izquierda como de derecha de nuestro continente, quienes lo tomaron como un afiebrado más de los que tanto abundan y han abundado siempre en nuestros cuarteles. Eran los tiempos de la caída del “muro” y también de la debacle del socialismo “realmente existente”, y también (como ya dijimos) de la derrota del Frente Sandinista, las negociaciones de paz que llevaron al desarme del FMLN en El Salvador, de la instauración en definitiva, del neoliberalismo a escala planetaria y de la posmodernidad capitalista como clausura de los sueños juveniles de la humanidad. Las pertenencias de izquierdas, en ese marco, eran ocultadas o reconocidas a regañadientes como ya curadas enfermedades venéreas de las épocas de la inmadurez no solo biológica sino también intelectual, y ya no hombres, sino organizaciones enteras se pasaban de un bando a otro sin mediar explicación o derecho de inventario.
En ese clima se insurrecciona Chávez quien es finalmente liberado por el presidente Caldera dos años después cumpliendo su promesa electoral ante las masas que ya venían en viaje sin retorno después del “caracazo”. Ese “caracazo” con sus mal matados muertos fue sin dudas, no solo el comienzo del fin de la partidocracia venezolana, sino también el del quiebre de “la granja modelo” como paradigma del desarrollo capitalista para América.
Pero poco o nada se habla del papel que tuvo nuestro país en la difusión a nivel continental (y hasta mundial) de la propuesta bolivariana de Hugo Rafael Chávez.
En realidad “el coronel” era conocido y seguido de cerca por los nacionalistas revolucionarios y no revolucionarios de todo el continente y también (y como era de esperar) de nuestro país, desde el mismísimo instante que aflora a la vida pública con su boina roja y su traje de fajina. Ya al poco tiempo, Chávez convoca, después de 171 años, al Segundo Congreso Anfictiónico Bolivariano en Caracas (el primero fue convocado por Bolívar en 1826) se contaban, entre los escasos asistentes internacionales a dicho congreso, tres argentinos[3]. Son ellos quienes a su vuelta de Venezuela se reúnen para conformar la “Junta Argentina” del Congreso Anfictiónico Bolivariano y desde Buenos Aires se va irradiando al interior del país y hacia muchos otros países hermanos del continente esta experiencia y este nuevo paradigma. Se empieza a conformar una red de solidaridad, de esclarecimiento y difusión de la experiencia bolivariana de Venezuela que va metiendo a Chávez en la agenda de los partidos y los movimientos sociales de nuestro país y del continente. Este grupo inicial de no más de 15 personas estaba conformado en lo esencial por gente de la llamada “izquierda nacional” y por algunos comunistas que si bien participábamos “orgánicamente” estábamos tironeados por las discusiones aun no saldadas de nuestro partido y que tenían como bisagra el Congreso del viraje o XVI Congreso. Poco a poco, de forma lenta y gradual, y no sin mucho trabajo, se fueron incorporando en torno a esta nueva propuesta personalidades, organizaciones, sindicatos y agrupaciones políticas de un espectro ideológico que superaba con creces la unidad política realmente existente dentro del campo popular y la izquierda revolucionaria de la Argentina de ese momento. En ese sentido el Congreso Anfictiónico fue una gran escuela de unidad y también un vaso comunicante entre distintas tradiciones políticas que sin duda repercutió con mayor o menor éxito al interior de cada una de las organizaciones políticas y sociales de nuestro país tanto dentro como fuera de este nuevo marco de unidad que se había creado en torno a la figura de Chávez y su paradigma de revolución. Y creo que algo bastante similar pasó en muchos países de nuestro continente.
Lo importante es señalar que Chávez, aun sin proponérselo, con ese modo y ese discurso vino a exacerbar todos los prejuicios y limitaciones no solo de las oligarquías, sino del propio campo popular y revolucionario de este continente. Y es que Chávez a parte de “zambo”, “patético” y “decimonónico”, era “coronel” lo cual ya de por sí parecía ser eximitorio de cualquier comentario. Ni hablar ya de un análisis.
Esta ligereza y este apresuramiento, que fue real y definitorio, si bien tiene sus fundadas razones en el marco del proceso contrainsurreccional que el imperio desató sobre América durante los 60, 70 y 80, no deja de ser llamativo y preocupante, si se tiene en cuenta que fue propio de quienes decían tener un conocimiento profundo de la realidad para transformarla en sentido revolucionario. Esta actitud casi generalizada de descalificación automática, no fue, como ya dijimos, privativa de ningún sector en particular sino patrimonio de un gran arco ideológico que arrancaba en los partidos tradicionales pasaba por los partidos de izquierda y llegaba incluso a referentes sociales tan caros para nosotros los argentinos como las Madres de Plaza de Mayo. Solo después de derrotado el golpe de abril de 2002, Chávez empieza a ser visto con otros ojos, porque sin temor a equivocarme lo que pasó en aquellas horas no tiene precedente creo en ningún lugar de la tierra, y esas imágenes transmitidas por la CNN no solo que impactaron profundamente sino que contagiaron e hicieron volver a creer a muchos que ya no creían en nada. Es a partir de ese instante que el sistema (que también había subestimado a Chávez) lo empezará a tomar en serio y a mirarlo también con creciente preocupación. La izquierda también sentirá ese impacto y se dividirá en torno a la figura del “coronel” y a su modelo de revolución como hacía tiempo no lo hacía. Habrá quienes aflojarán el “izquierdómetro” con el que lo monitoreaban permanentemente, habrá quienes se resignen a esperar (y lo siguen haciendo) a que Chávez “muestre la hilacha” y traicione a la base social que lo llevó al poder o “trance a escondidas” con La Casa Blanca, y habrá quienes se decidan al fin a apoyarlo con un poco más de convicción... incluso surgirán aquellos que se saquen los ojos por ser “la sucursal argentina” de la revolución bolivariana y abandonen la lucha social para dedicarse full time al antiimperialismo abstracto.
El apoyo incondicional de Fidel y de la revolución cubana, el casi nombramiento oficial de Chávez como “sucesor natural” del emblemático comandante, terminó por ser la gota que rebalsó el baso del escepticismo e imprimió aun más vertiginosidad a la metamorfosis política argentina poniendo en aprietos, incluso, a más de una línea política aparentemente impecable.
Digamos también, y por la misma plata, que este apoyo de Fidel es apuntado por cierta izquierda trostkista como una muestra más de la finitud del modelo cubano de revolución, lo que demuestra una vez más hasta qué punto Chávez se ha convertido en la piedra del escándalo para la América revolucionaria y no revolucionaria.
Por suerte el proceso en Venezuela está al margen de todo este “menú de opciones” y también, tanto de la poca o mucha profundidad de los análisis, como del cambio o no de opiniones de muchos actores políticos y sociales de nuestro país, de nuestro continente y del mundo.
Dicho esto (que no es más que historiar el desarrollo del llamado bolivarismo en Argentina) aclaremos desde el principio que el proceso en Venezuela es responsabilidad de los venezolanos, lo cual no nos exime a nosotros (los pueblos de América y del mundo) de ninguna responsabilidad con respecto a él, incluida la de de analizarlo, con todo el respeto que su pueblo merece, como “modelo” y como “nueva aportación” a la historia de las revoluciones y del pensamiento revolucionario americano y mundial.
Primera dificultad
Con Venezuela sucede lo mismo que con Cuba, se confunde la más de las veces el análisis del modelo con el del proceso. Es decir una cosa es Cuba o Venezuela como “modelo de revolución”, otra cosa es como “modelo de sociedad” y otra muy distinta puede resultar su análisis “como proceso que debe ser llevado adelante en un determinado contexto mundial”.
El error más frecuente en este sentido es confundir la política exterior de las revoluciones con la revolución misma. Y está claro que una revolución debe resolver múltiples desafíos muchos de los cuales tienen que ver con no caer en el aislamiento político y económico. Tal es así que desde el punto de vista teórico/práctico los “intereses nacionales” de un determinado proceso revolucionario pueden llegar “a no coincidir” con los intereses de los revolucionarios de otro país o grupo de países y así hay que verlo, reconocerlo y aceptarlo. Lo que no puede hacerse bajo ningún punto de vista es trasladar esa retórica y esa práctica de las cancillerías a la lucha de clases que los revolucionarios deben llevar adelante en sus respectivos escenarios nacionales. Porque de ser así podría ser que en realidad se esté abandonando el deber principal de un revolucionario que es: “hacer la revolución”, para convertirse “una vez más” en la sucursal de otros procesos que por importantes que sean, han nacido “de otras particularidades” tanto históricas como económicas, sociales y hasta culturales. Digo esto en primer término porque doy por sentado que la revolución bolivariana en Argentina está siendo desvirtuada en su esencia y adaptada a los intereses particulares y por cierto oportunistas de varias organizaciones tanto sociales como políticas, vicio este tan común como lamentable en la historia política de nuestro pueblo.
Todo proceso debe ser analizado y medido no por su retórica o por su estética, sino por los hechos concretos que produce.
¿Cuales son esos hechos y cuanto hay en ellos de ecepcionalidad o paradigma? De eso trataremos de ocuparnos ahora.
Lo excepcional y lo paradigmático
La revolución bolivariana de Venezuela tiene dos características excepcionales de gran envergadura. Primero, es la única revolución latinoamericana que contó y cuenta con el casi total apoyo de las fuerzas armadas de su país. En ese sentido se vuelve patética (ahora sí) la descalificación general a Chávez por “militar”. Fidel hace 40 años que viste un traje verde olivo y el Che y Camilo también lo vestían, de igual modo que Raúl lo hace al frente de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba... a no ser que alguien esté planteando que ser militar de un ejército socialista es menos militar que serlo de un ejército regular sea este del país que sea. De todos modos (y dejando de lado la polémica) lo concreto es, que las FF. AA. venezolanas más allá de haber estado sometidas a las mismas tensiones que el resto de las FF.AA. del continente supieron conservar un alto sentido del patriotismo y de sus deberes republicanos. También que la composición social de estas fuerzas es mayoritariamente popular y no de casta como puede suceder en nuestro país y en otros países del continente. Lo cual marca dos grandes diferencias concretas que evidentemente no fueron detectadas a la hora de analizar aquellos alzamientos chavistas de principios de los 90. Todas estas características iniciales de los hombres de armas venezolanos, han sido potenciadas en estos años por la revolución (y seguramente lo serán más y más) al punto de que pueblo y ejército son casi la misma cosa hoy en Venezuela y la prueba iniciática de esta relación estuvo dada en aquel golpe, contragolpe y reisntauración de un gobierno y de un líder que se salvó de ser fusilado justamente por la decisión de un grupo de soldados que tenían “ordenes” de matarlo. Y esto es toda una metáfora (más bien un axioma) para cualquier ejército: no hay ninguna orden que habilite a matar a un representante del pueblo.
La segunda excepcionalidad no es solo el acenso por la vía democrática, sino además el haberlo logrado sin una estructura partidaria en el sentido tradicional, sino más bien a través de una relación directa líder/masa que supo recurrir tanto a las tradiciones históricas como culturales y religiosas de su pueblo. Ese mismo ejército del que recién hablábamos, fue (y en cierto modo sigue siendo) la única estructura organizativa cohesionada sobre la cual se apoyó el proceso en sus tramos iniciales. Y tan cierto es esto que la principal preocupación y el principal esfuerzo del gobierno de Chávez en sus primeros años, fue el de “institucionalizar” ese apoyo que le había dado el pueblo en las urnas y en las calles. Sea a través de los “círculos bolivarianos”, sea a través de los “movimientos bolivarianos” de mujeres, de trabajadores, de jóvenes, o como es el caso más reciente de las milicias populares. Es en este sentido que la ayuda recibida de Cuba fue inestimable en esta especie de verdadera lucha contra reloj por solucionar los problemas sociales y organizar al pueblo, en medio de las más duras presiones políticas, económicas de Washintong que incluían e incluyen la desestabilización directa por cualquier medio legal o ilegal.
Otras excepcionalidades de segundo orden pero quizás no menos importantes son las de tipo económico[4] y como todos saben Venezuela es hoy uno de los principales productores de petróleo en medio de una crisis energética severa exacerbada entre otras cosas por el desastre producido por la Guerra de Afganistán y de Irak que no solo ha sacado de circulación a uno de los máximos productores de crudo, sino que ha absorbido gran parte de las capacidades políticas, militares y económicas de los EEUU, lo cual le ha dado una mínima dosis de aire a Chávez quien además no perdió tiempo y mantuvo desde el vamos una actitud hostil hacia los EEUU poniéndolo a la defensiva y a tratar de explicar más que a acusar.
Esta solvencia económica le permitió superar a Chávez el feroz boicot de la oligarquía (cosa que no logró Allende por ejemplo) y hasta el terrible atentado contra PDVSA que casi inutilizó de manera total y durante meses las plantas y refinerías. También ganar mucho espacio en latinoamérica vendiendo petroleo barato y comprando bonos de la deuda de países en crisis terminales como Argentina y Ecuador que más allá de sus reales simpatías o no, ven en Chávez la tabla de salvación para gran parte de sus problemas económicos (como es el caso de Argentina, Uruguay, Perú y Ecuador) y políticos como es el caso de Brasil después de los escándalos de corrupción en el gobierno petista. Chávez compra de todo: barcos petroleros, maquinaria agrícola, armas, genética agropecuaria, ganado, alimentos, reactores nucleares, medicamentos, instrumental médico, y lo hace en condiciones más que ventajosas para los ofertores, y cuando vende lo hace en operaciones que rondan muchas veces el mero trueque, o el “págueme como pueda”. Es él quien vive proponiendo sistemáticamente la creación de empresas multinacionales latinoamericanas, de energía, de aviación, de lo que sea y lo está logrando como en el caso de Petrocaribe con países tan impensados como Jamaica... Cuba, el país de los “alumbrones”, ya se piensa exportador de petroleo. Argentina no pudo cerrar como pensaba los astilleros de Río Santiago porque le compran todos los barcos petroleros que quiera o pueda fabricar. Brasil explora contratos de exploración y explotación conjunta de petroleo en el mar (igual Argentina). Y así podríamos seguir de país en país tanto dentro como fuera de nuestro continente. Solo queda imaginar que es lo que pueda provocar Chávez en lo sucesivo con su ingreso como “miembro pleno” al Mercosur a partir del mes de diciembre del 2005.
Todo esto está bastante propagandizado en Argentina incluso por el gobierno que también gusta de la retórica nacionalista aunque poco hace al respecto. Lo que nadie dice (ni del gobierno ni de los antiimperialistas abstractos) es que Chávez está haciendo una política nacional de “gran país” y lo está haciendo “sin una burguesía nacional” y no porque no quiera apoyarse en ella sino porque no la tiene como no la tiene ningún país del continente... al menos con una fuerza significativa que permita operar transformaciones serias de cualquier tipo que estas sean[5] . Si algo ha demostrado la década de los 90 en la mayoría de nuestros países es el carácter de meros “agentes” del poder económico transnacional que han ocupado nuestras clases poseedoras, incluida la burguesía. Chávez está usando los ingresos del petróleo para cambiar la hipertrofia, el “desarrollo deformado” de un país que “lo único que produce” es petróleo y que tiene serios déficit en la producción de alimentos, en la generación de energía y en la capacidad de generar respuestas a los derechos básicos de su población. Lo que no hizo la burguesía en Venezuela es justamente lo que tiene que hacer ahora el Estado Nacional que dirige Chávez. No solo repartir la tierra y nacionalizar los resortes claves del desarrollo, sino además crear bancos genéticos de producción agropecuaria, producir leche, manteca, queso, carne, granos, comprar maquinaria agrícola (incluso para producir etanol y generar naftas ecológicas) y tecnología de todo tipo. Lo interesante es que Chávez combina una política de “gran nación” (cosa que ya han hecho en otras décadas gobiernos que impulsaban en América un capitalismo nacional y a veces antiimperialista) con las reformas cada vez más estructurales que terminen con la desigualdad y la injusticia en Venezuela. Es de socialismo, en última instancia de lo que habla cada vez con más frecuencia y presición Hugo Chávez y lo hace en la práctica y no solo en la retórica cuando se pone al lado de Cuba y de los que luchan (como fue en el caso de Bolivia[6]) en abierta oposición al gobierno de la Casa Blanca a quien acusó, como hacía tiempo nadie lo hacía, en las propias Naciones Unidas.
Queda sí por dilucidar que es el socialismo para Chávez pero sobre eso avanzaremos después.
Fuera de estas tres excepcionalidades, hay, no obstante, un núcleo importantísimo de cosas para tomar de la experiencia venezolana y algunas ya las hemos referido de manera tangencial.
Lo primero que se me ocurre es reflexionar sobre el papel de los líderes en los procesos revolucionarios. Papel denostado generalmente por la izquierda tradicional tan hija del racionalismo positivista y que en todo caso tiene en América una tradición milenaria. De todos modos de lo que hablaremos aquí es del líder no como sustituto de la voluntad y la inteligencia colectivas, tampoco como sinónimo de verticalidad o de capricho, sino como emergente genuino del pueblo y en cuya persona se sintetizan y se reconocen los sueños y anhelos profundos de las mayorías.
Chávez ganó sus primeras elecciones citando los evangelios, a Bolívar y Alí Primera y en esto que puede parecer anecdótico podemos ver claramente a que nos referimos. Más allá de si Chávez es creyente o no lo es (y estoy seguro que sí lo es) hay en el evangelio, visto simplemente como filosofía, un alto contenido humanístico y liberador que puede impregnar de sentido trascendente una formulación lógica y racional (tal como lo entendían el Che y Mariátegui) pero que muchas veces la izquierda descarta por su propio fundamentalismo y su propia confusión entre lo que es la fe (sea esta filosófica, racional o religiosa) y la religión como dogma de las iglesias y por tanto discurso ideologizado de instituciones concretas. Si el sujeto pueblo en América es abrumadoramente religioso (esta vez en el sentido de su espiritualidad) y dentro de esa espiritualidad el cristianismo es una parte sumamente sustancial (no la única) mal podría prescindir de ella (mucho menos burlarse o denostarla) quien quisiera ser seguido por millones hacia la victoria. Tal es así que quien asume ese discurso de manera emotiva y genuina puede incluso enfrentar a la propia Iglesia (institución) y, evangelio en mano, hacerla presa de su propia hipocresía, tal pasó con Hugo Chávez hace no muchos meses en una larga polémica con la cúpula eclesial de su país. En el mismo sentido va lo de Alí Primera que es como si se dijera (y valga la comparación) el Atahualpa Yupanqui venezolano (ambos por cierto comunistas) [7]. En ambos casos a lo que apela Chávez es a la razón, al accionar consciente, pero el vehículo que elige es emotivo, irracional, simbólico, y como símbolo que es, lleva condensada una relación de lo inmediato con lo trascendente.
Del mismo modo opera la historia en el discurso de Chávez. Los permanentes paralelismos con la gesta de Bolívar no son una mera referencia (referencia que por otro lado ya han usado otros movimientos revolucionarios -zapatistas, sandinistas, tupacamaristas, tupamaros, etc.-) No son tampoco como en el caso de Cuba con Martí una mera continuidad por importante que esta sea, en Chávez son batallas, congresos, discursos, situaciones concretas del pasado histórico, lo que se rememora, y esto tiene efectos pedagógicos liberadores sobre el interlocutor pero fundamentalmente tiene la virtud de introducirlo en un dimensión mítica donde el pasado, el presente y el futuro se abrazan y se confunden. Una dimensión mítica por analógica (que es la calidad del verdadero mito) pero también por paradigmática en el sentido que introduce certeza en como se desarrollarán los hechos ya que el mito es siempre circular y por ende se repite. Ese mito además es un mito victorioso más allá del final de Bolívar (o de Chávez) porque es el mito de la liberación ante el poder más abrumador del planeta el absolutismo español (es decir los EEUU). Ese tan mentado “carisma” de algunos personajes es en los líderes populares “pertenencia y autenticidad”. Pertenencia porque son parte de aquello que representan y autenticidad porque su postura es genuina y no una especulación interesada como es el caso del demagogo. El pueblo generalmente percibe esa sutil diferencia, lo cual me hace también reflexionar en lo imprescindible que es ser parte, cultural y afectivamente, de aquello que uno pretende interpretar y conducir.
Esta misma operación realiza Chávez cuando sale de su país y muchas veces parece conocer más de la historia de los países hermanos que visita que los propios anfitriones. Chávez habla de San Martín en Argentina y de Artigas en Uruguay, de Tiradentes en Brasil y de Martí en Cuba y lo hace también en una dimensión mítica ya que esa unidad que todos buscamos o parecemos buscar no está en el futuro si no en el pasado. La sola evocación ya es todo un concepto y una experiencia histórica de vida y también la certeza (como ya dijimos) de que es posible porque ya fue posible alguna vez.
La historia tiene que ver también con la afectación de Chávez que puede resultar para algunos ridícula pero que también tenía el Che y seguramente todos los hombres y mujeres que son conscientes de su papel en la historia y que está dispuestos a pagar el precio. Es en esa historia también, donde Chávez encuentra sus proyectos. Y así en medio del fenómeno de la globalización capitalista y de la aparente “clausura de la historia”, Chávez no solo encuentra a la historia sino también el viejo proyecto de Bolívar en ella, aquel de una “Confederación de Repúblicas” oponiéndose a los poderes hegemónicos de las potencias y restituyendo la unidad “espiritual” de “la América antes española”. El viejo sueño de la Patria Grande que había quedado en la metáfora durante décadas junto al antiimperialismo setentista. Ahora se convierte en programa político donde se sintetizan la unidad con el antiimperialismo y la conformación de un bloque político económico y cultural capaz de confrontar con los otros bloques del mundo que en definitiva se diputan nuestra tierra como “alacena y como mercado”. Parece mentira que una idea tan vieja y tan americana haya sido tan bastardeada por casi dos siglos y hoy nos vuelva casi como impuesta por la realidad y como refracción de lo que otros hacen o han hecho como cenit de su desarrollo y su poder.
Todo lo que apuntamos más arriba con relación al potencial económico de Venezuela va en esta dirección que ahora planteamos y no hay duda que si por Chávez fuera marcharíamos hacia una integración total similar a la que pretende la actual Unión Europea y también hacia una Sur/Sur con el resto del mundo.
Otro aspecto que está ligado a esto del líder es la característica del movimiento que encarama a Chávez en el poder. Y como ya dijimos es este un movimiento que no estuvo solventado por ninguna estructura organizativa demasiado extendida o estructurada y sin embargo logró albergar un amplio espacio de tradiciones e ideologías, incluso, prescindiendo de los partidos tradicionales de cuyo cadáver él mismo era emergente.
Este tema, el de las alianzas, es siempre conflictivo para las organizaciones de la izquierda revolucionaria y veces el purismo ideológico (por no decir siempre) conspira con la vocación real de poder y por resguardarnos del frío se hace tan pequeña la puerta que no solo ya nadie puede entrar sino que a veces ni nosotros podemos salir. Es decir, lo amplio de un movimiento no determina a priori su fracaso o inconsistencia, sino la capacidad de conducirlo a los objetivos prefijados a la hora de conformarlo. Y este parece ser el caso de Chávez quien ha sufrido bajas considerables entre sus iniciales compañeros de ruta. Considerables tanto cuantitativa como cualitativamente, ya sea entre sus camaradas de armas, como en su comando revolucionario, como entre las organizaciones políticas de izquierda que lo apoyaban[8]. Es en definitiva la capacidad de liderar y de mantenerse fiel a los principios y objetivos lo que supera la aparente diversificación ideológica de un movimiento. Los objetivos amplios pueden ser profundos por pocos o minimales que parezcan y es el propio proceso con sus tensiones y desafíos el que se encarga de poner en crisis y centrifugar lo que no concuerda con lo que se requiere a cada momento.
De una manera muy esquemática se puede decir que Chávez cuenta entre sus filas a numerosos intelectuales, artistas, luchadores por los derechos humanos, activistas sociales, gente de convicciones patrióticas, marxistas, cristianos, demócratas honestos y convencidos. Todo eso puede ser posible (como veremos a continuación) si el “proyecto en sí” es capaz de dar respuesta a todo este abanico de visiones y demandas.
La síntesis de esta arquitectura política que acabamos de apuntar está en la propia constitución de la República Bolivariana de Venezuela y esto es quizás lo más novedoso de este proceso. Es decir, que se haya elegido como herramienta de construcción de esa nueva realidad tanto externa como interna, la propia constitución nacional. Y este es un tema sensible para las experiencias socialistas acusadas históricamente (y a veces con razón) de antidemocráticas. El programa de la revolución bolivariana es su propia constitución y que así sea explica en gran medida las dificultades que los EEUU han tenido para desprestigiar y derrotar la experiencia venezolana. No debe haber hoy en el mundo entero, un presidente más “legítimo” ni más “democrático” que Hugo Rafael Chávez y todas las medidas por radicales que sean están contempladas en una constitución que surge como resultado de una “asamblea general constituyente” en la que tomaron parte todos los sectores de la realidad política y social venezolana. Por tanto, el imperialismo o la oligarquía pueden decir que les gusta o no les gusta tal o cual medida pero no pueden cuestionar nunca su legalidad y legitimidad. Es decir, una vez en el poder Chávez crea una nueva legalidad y es esa propia legalidad el proceso mismo de transformación, tránsito y materialización de la nueva sociedad. Es en ese sentido donde la constitución en sí merece un capítulo aparte ya que comprende todas las visiones y todas las demandas de ese amplio arco que apuntábamos más arriba. Venezuela cuenta hoy con una constitución que es casi un compendio de lo mejor del pensamiento humano y de la experiencia de los pueblos y creo no exagerar (y los vuelvo a invitar a que la lean en su totalidad y a conciencia). No me resulta por tanto extraño que Chávez se pasee por todos lados con ella como un evangelista.
Ya en sus primeros artículos dice:
Artículo 1. La República Bolivariana de Venezuela es irrevocablemente Libre e Independiente y fundamenta su patrimonio moral y sus valores de libertad, igualdad, justicia y paz internacional, en la doctrina de Simón Bolívar, el Libertador.
Son derechos irrenunciables de la Nación la independencia, la libertad, la soberanía, la inmunidad, la integridad territorial y la autodeterminación nacional.
Articulo 2. Venezuela se constituye en un Estado democrático y social de Derecho y de Justicia, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico y de su actuación, la vida, la libertad, la justicia, la igualdad, la solidaridad, la democracia, la responsabilidad social y en general, la preeminencia de los derechos humanos, la ética y el pluralismo político.
Artículo 3. El Estado tiene como fines esenciales la defensa y el desarrollo de la persona y el respeto a su dignidad, el ejercicio democrático de la voluntad popular, la construcción de una sociedad justa y amante de la paz, la promoción de la prosperidad y bienestar del pueblo y la garantía del cumplimiento de los principios, derechos y deberes reconocidos y consagrados en esta Constitución.
La educación y el trabajo son los procesos fundamentales para alcanzar dichos fines.
Artículo 4. La República Bolivariana de Venezuela es un Estado federal descentralizado en los términos consagrados en esta Constitución, y se rige por los principios de integridad territorial, cooperación, solidaridad, concurrencia y corresponsabilidad.
Articulo 5. La soberanía reside intransferiblemente en el pueblo, quien la ejerce directamente en la forma prevista en esta Constitución y en la ley, e indirectamente, mediante el sufragio, por los órganos que ejercen el Poder Público.
Los órganos del Estado emanan do la soberanía popular y a ella están sometidos.
Artículo 6. El gobierno de la República Bolivariana de Venezuela y de las entidades políticas que la componen es y será siempre democrático, participativo, electivo, descentralizado, alternativo, responsable, pluralista y de mandatos revocables.
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Artículo 9. El idioma oficial el castellano. Los idiomas indígenas también son de uso oficial para los pueblos indígenas y deben ser respetados en todo el territorio de la República, por constituir patrimonio cultural de la Nación y de la humanidad
Es de destacar también las secciones dedicadas a los derechos humanos, libertades individuales, democracia participativa, territorio, recursos naturales, derechos medioambientales, educación, salud, derechos de las minorías, derechos de las naciones indias, de la infancia y los ancianos, entre otros.
Alguien podrá decir que todas las constituciones serían buenas si se aplicaran y tendría mucha razón, pero no menos cierto es que existiendo la voluntad de aplicarla, como es el caso, una constitución como esta se vuelve un arma poderosa de transformación y lo hace en el más absoluto marco de legitimidad y de respeto republicano. Lo cual no deja de ser un tema fundamental para nosotros ya que la casi totalidad de los estados socialistas se han definido históricamente como “repúblicas” (sean populares, socialistas o democráticas) y la palabra república por historia y tradición remite en lo fundamental a la división e independencia de poderes que justamente es un tema bastante objetable en muchas experiencias socialistas. Esta independencia de poderes está ligada de manera indisoluble al tema de las libertades individuales, ya que es el último reaseguro del hombre individual ante la magnificencia del estado que por su propia esencia siempre será coercitivo.
Venezuela en el marco de un nuevo imaginario
Hemos hecho, al promediar este artículo, una observación que ahora volveremos a repetir como final. Es preciso diferenciar los distintos modelos que nos presenta la revolución bolivariana: como revolución en sí me parece bastante excepcional. Como modelo de construcción de una alternativa política y también de una nueva realidad social en un proceso de tránsito (para el caso argentino y de otros países de igual desarrollo y capacidades) me parece altamente paradigmático (incluso para la mayoría de los países latinoamericanos y caribeños en la actual coyuntura mundial). No es sustitutivo de modelos de sociedad como el cubano, por la sencilla razón de que la propia constitución venezolana que tanto he elogiado, reconoce taxativamente no solo la propiedad privada sino también la libre empresa, aunque cierto es que con una clara subordinación a los intereses nacionales del estado y generales de la sociedad. Sí creo que es una auténtica revolución que se encuentra en una fase nacional y democrática y que ya avanza en un sentido socialista o de tránsito al socialismo, pero ese es el techo que se impuso así misma o que al menos le impone la propia legalidad nacida de su seno. Otras experiencias revolucionarias ya alcanzaron ese escalón hacia el comunismo pero cierto es que podrían copiar mucho de lo que esta nueva revolución promete en el sentido de las libertades individuales, la institucionalidad republicana y la democracia participativa. También y muy en especial en cuanto al derecho de las minorías y el respeto de la diversidad cultural, nacional y étnica.
Más allá de cualquier consideración Venezuela es una buena noticia para América y cada milímetro que avanza se acerca también el horizonte a todos los pueblos del continente. Es por ese solo motivo que además de apoyarla decididamente tenemos que evitar que sea aprovechada en sentido oportunista para desvirtuarla, por proyectos que nada tienen de revolucionarios y si mucho de dilatorios desde la perspectiva de la lucha de clases en nuestro continente.
Buenos Aires, otoño del 2005
[1] Primero democrático-burguesa y después socialista
[2] El subdesarrollo no necesariamente es la falta de desarrollo sino que en ocasiones puede ser un alto desarrollo en áreas muy específicas de la producción que son vitales para el imperialismo.
[3] Fernando Bossi, Athos Fava y Conlis Tizado.
[4] Y digo de segundo orden porque hay varios países en nuestro continente que pueden compararse por su riqueza con Venezuela y tal vez superarla por la diversidad de recursos y ventajas comparativas en determinados rubros de la producción.
[5] Salvo el caso atemperado de Brasil al que habría que estudiar en particular.
[6] Allí se sucedieron fricciones con Argentina que se alineaba junto al presidente Mesa, del mismo modo que pasó con Brasil en el caso ecuatoriano.
[7] Alí Primera es la conjunción de la tradición y la rebelión que no es poco decir para un producto cultural de honda raigambre en el pueblo.
[8] Como es el caso del MAS que después de fragmentado se pasó con armas y todo a la oposición, no así el Partido Comunista Venezolano que apoyó desde el principio y lo sigue apoyando a pesar de ser un partido modesto pero de mucho prestigio entre el pueblo.
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