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20 enero 2025

Variaciones sobre el populismo
por Armando de Magdalena

Para muchos estudiosos y analistas de la realidad americana, el populismo es y ha sido la corriente de pensamiento que más ha caracterizado nuestra escena política desde el siglo pasado . Tal aseveración puede ser tomada por cierta si abordáramos este fenómeno desde la perspectiva histórica de los procesos políticos de nuestro continente, no obstante, sin restarle importancia y verosimilitud a este enfoque, creo que el populismo no puede ser tomado como una ideología (al menos en el sentido no- lato de la palabra) si no más bien como una actitud que en todo caso ha impregnado con su coloratura a un amplio y diverso espectro de personas y procesos político sociales.

Y es que nada definimos, desde el punto de vista ideológico, cuando decimos que tal persona o política es populista. La identificación con una ideología determinada no puede dejar de ser sospechada, ya que si miramos bien lo que tácitamente se pretende, es establecer una supuesta ligazón (y continuidad) entre personajes y procesos de la actualidad, con personajes y procesos del pasado histórico, cuando en realidad pocas veces guardan (o han guardado) alguna similitud o concordancia. A esto debemos sumarle como agravante, que aquellos procesos tuvieron como protagonistas a hombres que en muchos casos han entrado a la categoría del mito o al menos han quedado fijados en el ideario de sus respectivos pueblos y del continente como figuras paradigmáticas, cosa que por cierto los separa grandemente se sus supuestos herederos. Desde ser procesos que se dieron en una determinada región y en una determinada fase del desarrollo capitalista a nivel mundial que no había llegado a la concentración y transnacionalización que tiene hoy día, hasta las posibilidades de desarrollo que le daba un mundo multipolar de entreguerras y posteriormente de la Guerra Fría (en el cual los países del tercer mundo podían a amenazar a cualquiera de los dos bloques de pasarse al otro bando) todo es diferente, salvo la máscara.

El problema es desde donde se piensa ese supuesto populismo como ideología.

Cuando se lo piensa desde el poder imperial el populismo es presentado como antagónico cuando en realidad se sabe que es una variante tolerada de un único proyecto. Más allá del refunfuneo y la pirotecnia verbal para las grandes cadenas informativas, el populismo cumple su deber de ser falsa alternativa. Para ello se rebautiza todo el espectro ideológico llamando “izquierdistas” a hombres como López Obrador, Kirchner, Tabaré Vázquez o Bachelet, se llama “centro” a la derecha, “moderados” a los liberales quedando así la izquierda revolucionaria fuera del espectro y hasta yuxtapuesta al terrorismo y los carteles de la droga. De este modo lo que se consigue es enmascarar una mera postura, con el ropaje y la entidad de una ideología, supuestamente alternativa, pero que en verdad no lo es.

El populismo se diga o no, es homologado a un nacionalismo (poco serio por cierto) pero nacionalismo al fin, propio de países subdesarrollados, que no comprende el fenómeno de la globalización y que por tanto (por viejo) no tiene ninguna posibilidad de sobrevivir o al menos de dar soluciones satisfactorias a los problemas actuales y futuros de los pueblos que conduce. Así, tácitamente excluida, queda la posibilidad de sustituir al capitalismo por otro modelo de sociedad y también de romper la hegemonía imperial a escala planetaria: el populismo enuncia un camino condenado de antemano al fracaso, pero en todo caso es tolerado (en tanto y en cuanto es un fenómeno nacido de las urnas) pero que en definitiva no puede dejar de mostrar y explicar el subdesarrollo de los pueblos que lo sustentan. Muy distinto es el servicio inestimable que presta ya que es el principal freno para los cambios verdaderos y el principal generador de frustración popular. Hay entonces una relación amor odio entre el imperio y el populismo porque por un lado instala un discurso que más allá de que jamás será consumado queda fijado en el ideario de los pueblos[1] (y por cierto hostil a las intereses imperiales), pero por otro es un vehículo para aislar a la izquierda real, descomprimir el descontento social e incluso arrebatar o desacralizar sus banderas.

Desde el otro lado (desde el campo popular) el populismo tiene problemas para ser presentado también por sus connotaciones negativas... pero en un sentido diferente. Populismo es más bien, sinónimo de demagogia. Y esto necesariamente obliga a los populistas a buscar otras denominaciones (nadie que yo sepa se reivindica populista), giros generalmente arquietectados en torno a lo nacional, el antiimperialismo, lo popular, la patria, la justicia, la soberanía y cosas por el estilo, incluida la revolución. Como ya hemos dicho esos procesos y personajes que fundan la supuesta genealogía de este sector del campo popular nada tienen que ver con la ideología (generalmente de “tercera vía”) que detentan sus supuestos herederos. Lo que toman la más de las veces es su máscara, es decir, su retórica, sus símbolos, sus mandatos incumplidos. Se trata de resaltar un supuesto pragmatismo que en realidad no era tal, sino más bien un intento (ilusorio o no) de encontrar un camino alternativo y por tanto diferenciado del capitalismo y el socialismo realmente existente en aquella época. La diferencia sustancial en este punto es el abandono del populismo actual de la retórica anticapitalista que tenía aquel otro, y lo que tiene en común sí, es la ilusión de que exista aun una burguesía genuinamente nacional que pueda operar transformaciones en sentido revolucionario y antiimperialista. Es decir, este es un segmento del campo popular que se empeña en no aprender nada de la historia de nuestro continente, e incluso de sus propios errores.

No es casual que junto con el redescubrimiento del antiimperialismo y la “Patria Grande”, estos sectores reinstalen también la polémica, ya vieja, acerca de el rol y características de las burguesías de nuestro continente, polémica que ya estaba casi saldada en la década del 20 y del 30 del siglo anterior pero que parece tendremos que seguir discutiendo algún tiempo más. Este hecho no puede ser tomado como desconocimiento. Creo que hay algo de aggiornamiento en esta exhumación, es decir, abandonada ya para siempre las fiebres juveniles de la utopía solo queda tratar de construir una sociedad más justa (no justa), un capitalismo sano como quiere Carrió y como quieren muchos aunque no lo digan. El tema es que las burguesías nacionales en la América de hoy, solo tienen de nacional su residencia ya que no son más que meros agentes de las transnacionales y grupos político económicos de las grandes metrópolis dominadoras del mundo. No hay por tanto una tal “burguesía nacional” y el caso más elocuente es el de Venezuela donde es justamente el Estado Nacional quien tiene que jugar el rol de esa burguesía nacional inexistente.

Ahora bien, esta homologación del populismo con el nacionalismo es tan dificultosa como dificultoso es definir al propio nacionalismo de una manera abstracta y ahistórica. En todo caso el nacionalismo será (y fue) populista solo en la medida que no sea revolucionario ya que el rasgo principal del populismo es justamente el divorcio entre su retórica y su accionar, o en el mejor de los casos, la superficialidad de sus medidas, su incapacidad de resolver los problemas de fondo, es decir, su carácter reformista en un continente donde a causa de la dominación las medidas deben ser liberadoras, es decir radicales. Desde ese punto de vista el populismo debiera ser identificado en todo caso, con el nacionalismo burgués (muy presente en nuestro continente a lo largo del siglo XX, incluso el indigenista) y no con el de origen marxista que por radical propone (y propuso siempre) modelos de transformación donde la lucha entre clases es (y era) insoslayable. No es casualidad que los grandes líderes populistas de todos los tiempos, sean y hayan sido siempre, los conductores de grandes partidos y movimientos policlasistas y por tanto la polisemia y la ambigüedad el eje de su discursiva.

Que se entienda bien entonces que no estamos criticando aquí al nacionalismo (todo lo contrario). De lo que se trata es de defenderlo también a él del manoseo y la profanación permanente, del vaciamiento de contenido y el travestismo tan propio de la posmodernidad capitalista. El nacionalismo no es siquiera un peldaño necesario en un proceso hacia el socialismo y el comunismo, el nacionalismo es (y debe ser) parte del núcleo duro de cualquier ideología revolucionaria, porque aun cuando se haya resuelto la lucha de clases, aun cuando hayan desaparecido las fronteras nacionales, las naciones seguirán existiendo como comunidades de cultura (que eso es en realidad lo que son) y por tanto el cultivo, preservación y enriquecimiento de las diferencias y particularidades, una parte fundamental del proceso identitario de todo individuo.

Ese nacionalismo al que nos referíamos (el de la primera mitad del siglo pasado) no era un todo singular, preciso y riguroso, sino que era ecléctico... palabra que para mi no necesariamente es una mala palabra... y digo ecléctico porque realmente lo era (al menos en su formación) ya que tomó del fascismo algunas poses y vicios (también su desprecio a la democracia burguesa), tomó del keynesianismo y del desarrollismo (cada uno a su momento), sobre todo en cuanto al papel del estado en el desarrollo estratégico de la nación, y abrevó incluso en las ideas socialistas, o más bien materializó muchos de sus reclamos y reivindicaciones, más allá de los motivos por lo que lo haya hecho (léase, de elevar por un lado el nivel de las masas, situación que además de una indignidad era hasta un freno para el capitalismo, o de frenar la lucha social y revolucionaria). Ese “ser el posibilitador” de ese ascenso social de las masas es el capital simbólico con el que el populismo ha logrado legitimar todas sus aventuras y zigzagueos ideológicos hasta el presente y fue también la herramienta con la cual erradicó el ascendiente que los elementos revolucionarios habían logrado sobre el pueblo en general y sobre la clase obrera en particular y que les había costado décadas acumular con sangre. Claro no ha sido solo el accionar de los unos sino también los desaciertos de los otros (pero eso ya es un tema aparte)... lo concreto es que esos procesos nacionales fueron genuinos, lícitos y hasta necesarios, lo que les podemos cuestionar hoy, desde la distancia, es su inconsecuencia, su haberse quedado a la mitad del río o lo que es peor, haber traicionado en algunos casos sus propios postulados o las aspiraciones de las grandes mayorías. Fueron necesarios porque no solo instauraron los derechos de los sin derecho, sino que nacionalizaron los resortes estratégicos para el desarrollo (energía, comunicaciones, industria pesada, reforma agraria, nacionalización de la banca, etc., etc.)
todas medidas correctas a su momento y por cierto nuevamente necesarias después de décadas de neoliberalismo. El tema es que el mundo este ya no es el mundo aquel, las burguesías, como dijimos, tampoco son las mismas y la clase obrera (casi extinta) también es distinta. El fenómeno hoy es la desocupación, la lumpenización, la marginalidad y exclusión lisa y llana de los 2/3 de la población mundial que son “inviables” (así de sencillo) para los grandes poderes político económicos de los rectores del mundo. Por eso hoy debemos llamarlos populistas y no nacionalistas porque no hay ninguna posibilidad (y ellos lo saben) de reeditar esos procesos en los mismos términos, sin derecho de inventario.

A diferencia de lo que hemos analizado con relación al mito en otros trabajos, la identificación del populismo actual con esos procesos nacionales del siglo pasado, no se da en términos ni siquiera paradigmáticos, es decir, del rol que le ocupa a un determinado personaje (generación o grupo de personas o movimiento) en relación a la historia, a su pueblo y a los mandatos que le vienen de su cultura desde el fondo de los tiempos... lo que hay es más bien una extrapolación de una realidad vista de manera detenida y superficial, una especie de foto que como tal solo recoge lo aparente, lo que está en la superficie y no lo que subyace y da fundamento. Por tanto el populismo como tradición hoy en pleno siglo XXI no deja de ser en muchos casos, una copia mala de algo que quizás ya era malo pero al menos era genuino en su momento. Es por eso que no puede ser tomado como una ideología, sino que debe ser tomado como una actitud, una postura, tolerada si por el imperialismo ya que es uno de los dos gestos inobviables de un mismo movimiento y que el capitalismo siempre ha necesitado para regenerarse. Tan necesario es el populismo que a veces hasta resulta imprescindible (sino veamos el caso de Kirchner apareciendo después de la sangrienta y estrepitosa caída de De La Rúa y del “que se vayan todos”). En los propios EEUU eso se llama “demócratas” y “republicanos” y a tal punto es así que no deja de ser simpático el modo en que los republicanos hablan de los demócratas, incluso un espectador desprevenido podría llegar a pensar que los demócratas por ser menos conservadores o más progresistas, son menos capitalistas que sus eternos y necesarios adversarios. Lo mismo sucede en Europa donde hasta el propio marxismo ha desaparecido de hecho a fuerza de su negativa a reconocerse beneficiarios de un standard de vida sustentado en la explotación del resto del mundo. Los marxistas europeos (por esta única y sencilla razón) se han convertido en los reformistas más honestos y consecuentes que puedan existir... ahora para ser revolucionarios tendrían que ir en contra de los intereses de sus propias naciones, cosa que no han hecho ni harán nunca, según parece.

Vemos entonces que este populismo nunca ha dejado de ser funcional al sistema dado su carácter retardatario. A diferencia de los pocos procesos nacionales honestos y consecuentes, toma las banderas profundas de los pueblos solo para traicionarlas. Su reinstalación y tolerancia hoy, tiene que ver sin dudas con la caída del Muro y con la reticencia de los mentores de la unipolaridad del mundo a reconocer el fracaso (casi dos décadas después) de su proyecto de dominación total (es decir, material y espiritual) de la humanidad, y el populismo es el máximo nivel de hostilidad que están dispuestos a aceptar. El problema en todo caso es que nunca pueden estar seguros si están realmente ante un populista o ante un proceso nacional que se desplaza hacia otras posiciones.

Muchos de los procesos revolucionarios de nuestro continente nacen y han nacido (como ya lo hemos dicho) desde posiciones nacionalistas honestas, y el populismo no tiene nada que ver con esto, en todo caso, todo proceso nacional serio tendrá en un momento que chocar con los intereses de los imperios, ya que hay una incompatibilidad obvia entre la soberanía e independencia política, económica y cultural de los pueblos y el destino manifiesto de los imperios por esclavizarlos. En la resolución de ese problema (y no antes) está dado el carácter burgués o revolucionario de un proceso nacional. Esta era la percepción del Che Guevara cuando hablaba de que el socialismo en el tercer mundo pasaba por la guerra de liberación. Hasta la “vía chilena”, realmente novedosa y fuera de la lógica del modelo de revolución tanto insurreccional como soviético, tuvo que enfrentarse antes que nada a este problema. La liberación nacional es lo que posibilita que se desarrolle en el tiempo histórico la liberación social. Porque bien cabe recordar que la superación de la sociedad dividida en clases es un proceso y no un hecho único y espontaneo, por tanto en el camino al socialismo y al comunismo hay toda una problemática de carácter nacional de cuya resolución depende la propia supervivencia del proceso revolucionario.

Esta resolución del proceso y no su estética o su retórica es lo que hace la diferencia. Se puede avanzar como hizo la revolución cubana, como parece hacer Chávez hasta el día de hoy, o se puede hacer lo que hizo Perón en el 73 cuando echó a la izquierda de la plaza. Es esa verbigracia la que termina yendo en contra del propio simulacro, ya que la acumulación de un proceso en determinados puntos de su desarrollo no puede ya desmontarse o retrotraer a estados anteriores. A eso nos referíamos tangencialmente cuando decíamos que el populismo más allá de ser un simulacro no deja de instalar un discurso (como lo hace hoy Kirchner con los derechos humanos y el antiimperialismo) el problema es que a veces los pueblos se lo creen y lo toman como propio y es más, se lo arrojan a la cara a sus líderes.

Tiene por tanto el populismo todo los elementos de una tragicomedia que va tocando todos y cada uno de los sentimientos más caros del pueblo. Cuando ese pueblo avanza y le empieza a reclamar la consumación del discurso que ha venido sosteniendo es donde estos procesos se definen y quedan al fin caracterizados. La identificación del populismo y nacionalismo tiene que ver entonces y de manera precisa, con la irresolución (premeditada o no) del problema nacional y no con otra cosa. Tiene que ver con procesos nacionales que quedaron a medio camino por no poder o no querer resolver el tema de la dominación, la condición colonial y neocolonial de nuestros países que en el plano interno se expresa e imprime determinadas características a la lucha de clases. Por eso es tan incorrecto e inconducente el antiimperialismo fronteras afuera que desconoce el carácter de meros agentes transnacionales de nuestras burguesías, como la lucha social clasista que desconoce el componente civilizatorio y continental de la dominación.

Ese reformismo populista que muchos estudiosos dan como distintivamente americano, nada tiene en verdad de distintivo y mucho menos de singular o americano, ya que es en la Europa de entreguerras donde nace y se desarrolla, e incluso sobrevive con éxito, hasta nuestros días, ya que el reformismo es una política correcta (y el populismo lo es) para un país o grupo de países, sometedores que han fundado su posición privilegiada en el concierto de las naciones en la dominación política, económica y cultural de los llamados países periféricos. Esas mismas reformas aplicadas en países como los nuestros nada pueden hacer sino fracasar ya que nuestra principal condición es la del dominado y no la del dominador. Eh ahí el fraude de todo el contrabando ideológico (de izquierda y de derecha) que vive extrapolando experiencias que nada dicen con respecto a nuestra problemática fundamental. Es ese uno de los rasgos más elocuentes de nuestra dominación: el colonialismo mental, la adscripción acrítica a todas y cada una de las corrientes en boga en el “mundo civilizado”.
En todo caso se podrá decir que aquí existe una fuerte tradición cultural, un fuerte peso, una fuerte identificación con los líderes, pero el caudillo nada tiene que ver con el populista o el demagogo o el déspota. El caudillo tiene en América una doble genealogía que le viene tanto de sus príncipes indianos, verdaderos dioses, como de los capitanes de la guerra, aquellos que “adelantaban la frontera” para el rey y para Dios. Ese es un tema específico (que bueno sería dedicarle unas cuartillas) y que en América nunca ha sido debidamente sopesado... ha sido incluso combatido por izquierda y derecha y sea tal vez nuestra más genuina razón de ser. Su gravitación en la historia pasada y presente de nuestro continente ha sido siempre determinante y no por casualidad, se me ocurre, ha sido tan denostada siempre.
Quien puede dudar que Fidel Castro es un caudillo y que por el solo hecho de existir siempre será inobviable?... lo fue el Che, lo fue Torrijos, lo fue Perón, Chávez lo es y Evo para “sus indios” casi un dios y no necesariamente (a pesar de lo disímil de los ejemplos) todos populistas.

Por eso me parece tan inconducente asumir al populismo como ideología, como circunscribirlo solamente al campo del nacionalismo. De hecho (y volvemos a lo de la heterogeneidad) cierto es, que otras corrientes no nacionalistas (socialdemócratas, socialcristianos, radicales y liberales en general) han sido también sus más altos exponentes en determinadas épocas y circunstancias. Hasta la misma izquierda revolucionaria ha caído (y cae) muchas veces en posturas populistas que tienen que ver con el facilismo, con la falta de profundidad, con el oposicionismo consignista que en realidad oculta su poca o nula preparación para el poder y su incapacidad de ser reconocida por las masas, no ya como vanguardia, sino como genuino emergente, genuino exponente, intérprete y conductor de un pueblo.

Convengamos entonces, para concluir, que el populismo es algo mucho más complejo que una simple ideología y por eso también es mucho más difícil de destruir. El populismo es una actitud fundada en una supuesta volubilidad ante las masas. Volubilidad que se verifica en la permanente atención a las encuestas, los medios y el estado de ánimo general de la población y del mundo. Y es que hay una especie de falta de plan en el populismo que es lo mismo que decir que el plan es en todo caso el dar respuesta a una especie de marketing político cortoplacista y demagógico que tiene por norte y por único objetivo la perpetuación en el poder. Si para sostener ese consenso se tiene que ir para atrás, para el costado, para adelante, o para el otro costado, no importa... tampoco si se tiene que recurrir a personajes históricos que están en las antípodas del propio pensamiento (tal el caso reciente del candidato de la derecha ecuatoriana que terminó su intervención en un debate televisado por CNN diciendo: “hasta la victoria, siempre”)... todo vale lo que importa es la captación de la voluntad de las masas como un fin en si mismo y no como aquello que posibilita la transformación y la solución de los problemas. No es casual que una vez en el poder populismo y totalitarismo se hallen íntimamente ligados, así como la corrupción y el avasallamiento de las libertades y derechos individuales.

Esa volubilidad ante las masas es la que derriba para el populismo cualquier frontera ideológica. Es esa mutua seducción, ese placer orgásmico del líder ante los grandes conglomerados, lo que hace opacar la más clara señal en el cielo de la historia. El populismo es una trampa ya que no tiene otro fundamento y justificación que ese placer edónico. Si como todos reconocen (tanto a izquierda como derecha) el estado nacional tiene un rol fundamental en la formación (o deformación) de la conciencia, ya sea mediante la cultura oficial, las instituciones educativas, culturales y sociales, (más exactamente aquello a lo que Gramsci llamaba “superestructura”) hay una contradicción entre esa complacencia ante las masas y el rol asumido de educarlas. Educarlas no en el sentido de que los pueblos no tengan sus propios saberes, sus propias idiosincrasias, sino porque toda generación es hija de un modelo de sociedad, y toda sociedad a su vez, está arquitectada sobre determinados valores, determinados mandatos y paradigmas... esas “armas melladas del capitalismo” de las que hablaba el Che nunca podrán servir para construir lo nuevo. Y lo nuevo puede ser muchas veces hasta antipopular, porque a nadie creo le tiene que caer simpático ir a hacer trabajo voluntario un domingo si bien pudiera quedarse en su cama, como tampoco al hijo le cae simpático que su padre le ponga un límite. Hasta la más exacerbada individualidad necesita un continente y necesita también un norte donde poder proyectarse. Es solo la conciencia lo que posibilita el sacrificio por lo demás, el sacrificarse por otro tiempo que necesita de mi tiempo para consumarse, un tiempo sí que tendrá mi huella y la de otros miles y miles de hombres, de niños y mujeres. El populismo es simplemente la falta de valores y de conciencia, es una exacervación del individualismo, una sed insaciable de poder y reconocimiento, que se mira a sí mismo y que nada le importa de los demás. Es la actitud correcta para un tiempo signado por la desesperanza, por la clausura, por la vanalización. Es por eso mismo que no respeta ideologías porque es solo lo que se espera de él y nunca lo que nos atraviesa, lo que nos sacude, lo que nos obliga y nos hace mejores, ser solo y para los demás, es decir “ser” en el sentido trascendente que es la condición de lo humano.
[1] Pensemos en la retórica antiimperialista, o contra las entidades de crédito internacionales, o la lucha por el castigo a los culpables de las dictaduras alentadas por Washington, etc. Hay toda una retórica que no por falsa deja de ser instalada en el ideario.

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