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20 enero 2025

Desde Argentina
El caso boliviano
por Armando de Magdalena

El ascenso al poder del dirigente cocalero Evo Morales ha profundizado la perspectiva de un nuevo tiempo para la América.
En menos de dos décadas nuestro continente ha pasado de la resistencia a la ofensiva y parece que cada nueva elección presidencial confirma la muerte por inanición del (valga el eufemismo) “proyecto estadounidense de desarrollo” para América.

Desde la digna soledad de la Cuba socialista a la insurrección que los zapatistas protagonizaron en el instante mismo que México pretendía abandonar este mundo para ingresar al de sus dominadores, desde el encaramamiento de Chávez en el poder al ascenso de Evo Morales, pasando por un sinúmero de experiencias de distinta especiería, como las de Argentina, Brasil y Uruguay... todo parece hablar de un nuevo ciclo en América.
Lo interesante en todo caso es que estamos sin dudas en el reino de la heterodoxia y yo como marxista lejos de preocuparme me alegro enormemente ya que este “nuevo tiempo” es una vez más otra oportunidad que se abre para repensar este continente. Es también una nueva oportunidad para materializar un cuerpo de ideas que nos den razón de ser en el marco universal de la cultura.
La preocupación en todo caso que me surge, es la misma que me surgió con Venezuela, y es tratar de dilucidar hasta que punto nosotros los marxistas estamos comprendiendo lo que está sucediendo en cada una de estas experiencias. Digo, es muy difícil comprender estos procesos desde el modelo “clásico de revolución” y mucho más aun prescindiendo de sustrato cultural genuinamente americano. El caso de Venezuela como nuevo paradigma de revolución para América ya lo hemos analizado. El caso boliviano es más singular aun y he aquí le motivación de estas líneas.

Creo sinceramente que quien esté analizando esta nueva experiencia desde una perspectiva estrictamente de clase, quien aun peor, lo esté haciendo desde las coordenadas de la política tradicional, está condenado a fracasar antes siquiera de haber empezado. Y no se trata aquí de capacidades o posibilidades individuales de comprender un fenómeno social o político, se trata aquí de que esa incomprensión puede implicar una vez más, quedar en el lado equivocado de la historia. Puede implicar no aportar a este momento tan ecepcional de nuestros pueblos. Momentos como ya hemos comprobado no se dan de manera para nada frecuente.

En Bolivia se está dando una verdadera guerra civilizatoria, guerra que incluso, como toda guerra, puede tener visos de venganza, pero que en todo caso (y más allá de cualquier explicación) tiene sobrados fundamentos.

Bolivia es uno de los ejemplos más claros de lo falsario del mito civilizatorio de occidente. Bolivia es un estado abrumadoramente mestizo e indígena donde lo ecpcional, donde lo realmente llamativo y extrínseco es la pertenencia a ese mito civilizatorio del que recién hablábamos. No es un problema de blancos, negros, indios o mestizos, es un problema (como todo en la cultura) de pertenencia, de adscripción, de permeabilidad, o no a determinadas cosmovisones.

Bolivia hoy se descubre a sí misma y esto lejos de ser un giro literario es una verdad inocultable ya que todos han tomado conciencia de los demás. Por primera vez quizás en la historia de América, los pueblos negados por la cultura oficial imperante, han sido reconocidos en igualdad de condiciones por un estado nacional. Y las consecuencias de este aparentemente simple hecho, tiene (y tendrá) consecuencias que creo ni los mismos bolivianos pueden conmensurar. Se han abierto aquí las puertas del infierno y han salido así, casi impolutos, aquellos que estuvieron sumergidos en el escarnio y la vergüenza por más de cinco siglos.
Este es un elemento fundamental de cualquier análisis medianamente serio y objetivo... desde la más extricta antropología cualquier cultura que logre resistir cinco siglos de dominación, ha de tener muy poco que aprender de aquella otra que la ha querido aculturar.Treinta y seis naciones desfilaron por las calles de Sucre el día en que se inauguraba la asamblea constituyente y solo bastaba verlos para entender de que podemos especular hacia donde va el proceso boliviano, pero lo que no podemos tener ninguna duda es que ese proceso no tiene marcha atrás. No hay ninguna posibilidad que esos por cinco siglos miserables se ahorquen voluntariamente con las cadenas que los oprimieron tan bien y tan a tiempo por generaciones.

Este proceso de liberación, de redignificación de los pueblos originarios, sin lugar a dudas que en su marcha se topará con la lucha de clases, se topará con los problemas de la propiedad de la tierra, se topará con la propiedad de los recursos, de los medios de producción, con los intereses antagónicos de la burguesía y las oligarquías, de las multinacionales, del imperio... tendrá que gobernar, tendrá que resolver y en consecuencia tocará los bordes de la real soberanía de nuestros minusválidos estados nacionales. El problema aquí, es en todo caso, saber que jerarquía tiene cada cosa en este proceso que se abre... cúal es el fundamento, cúal el medio y cúales son las consecuencias. No entender esto es no entender el proceso mismo y es, una vez más, mirarlo desde fuera, pretender ubicarlo en los rigidos moldes de nuestra comprensión o de nuestros anhelos y por tanto equivocarnos a la hora de calificarlo o “ayudarlo”, seguramente en un sentido que no respeta esa cosmovisión que le es propia y que justamente es la que lo justifica y lo hace interesante desde el punto de vista de la riqueza del pensamiento americano.

Yo quedé realmente impresionado porque no pensé que los pueblos originarios tenían un peso específico tan importante en este proceso. Ningún campesino boliviano se está en estos momentos preguntando siquiera lo que nosotros estamos tratando aquí, por la sencilla razón de que mucuyama mundaja (el mundo es así) y siempre ha sido así: cada cuatro edades sobreviene una quinta que es el vuelco abrupto de la tierra, el pachajkuti, y ese tiempo que empezó el 12 de octubre de 1492 se está terminando y ha vuelto con este nuevo kuty la dignidad para los pueblos ancestrales, se abre la posibilidad cierta de un hachajhuru (un tiempo sin escaséz ni padecimiento) y eso es tan inapelable como que después de la noche amanecerá... nadie duda del sol de la mañana, en todo caso habrá que oficiar a través del ritual nuestra parte en esta empresa inmemorial de equilibrar el caos del universo, de vencer todo lo que se opone al fruto, a la vida. Solo así se puede entender la asunción de Evo en Tiawanaku, no desde la superficialidad del pintoresquismo, sino desde la oscuridad del mito.

Todo eso nos trata de enseñar Bolivia y también que las culturas más allá del carácter de la dominación, del grado de traumatismo de esa realación, interactuan se influencian, se impregnan y contaminan mutuamente. Esta cosmovisión que hoy alimenta este nuevo proceso, no es la del indígena solamente, la del campesino mestizo, es una cosmovisión que ha permeado la propia cultura oficial imperante en la que se han educado los médicos, los abogados, los intelectuales y artistas, los diputados y senadores los funcionarios de gobierno y es en boca de ellos donde también muchas veces se la encuentra (lo cual me encanta ponga en crisis más de algún manual de filosofía). En todo caso este es el verdadero desafío que creo tiene Evo Morales y el proceso que encarna: el de la interculturalidad. Interculturalidad que es por otra parte la gran empresa americana. Cómo a partir de este hecho consumado, de este terrible cataclismo que somos, logramos un paradigma transcultural que nos contenga? Un paradigma, un verdadero mito civilizador para todos los oprimidos de este continente que por gracia y por derecho, más allá de su pertenecia cultural, han ganado el derecho de ser recocidos como verdaderos hijos de esta tierra. Jaillalla Bolivia!... los que estábamos aquí te saludamos.




Poeta y ensayista, cofundador de Cultura en Movimiento Argentina

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