Tres artículos sobre el Partido
ACERCA DE LA IDEOLOGÍA, LA ORGANIZACIÓN LENINISTA Y EL ESTADO
Exordio
Los presentes tres artículos, no constituyen un análisis integral ni exhaustivo de los temas que plantean, ni siquiera tienen un carácter autónomo, son en definitiva la continuación de viejas preocupaciones acerca del partido revolucionario que ya he planteado en otros trabajos y que seguramente seguirán apareciendo en otros posteriores.
I
Acerca de la ideología
Es muy común oír hablar de las ideologías como sinónimo de pensamiento político. No obstante “ideología” se refiere al conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político, etc. (tal la definición del diccionario). El problema de reducir la ideología a solo una parte de ese conjunto de ideas, en este caso “lo político”, es que podemos caer en la estrechez, el dogmatismo, o sin darnos cuenta fundar una nueva religión.
En nuestro caso ese peligro consistiría en reducir nuestra ideología (y la de nuestro partido) a un supuesto “marxismo” o “marxismo leninismo” o “trotskismo” o lo que fuese, que así entrecomillado pareciera abarcarlo todo y tener un carácter universal y finalista, de lo que se podría deducir que es válido para todo tiempo, lugar y circunstancia. Habría que preguntar que es lo que entendemos, en definitiva, por “marxismo”.
Una primera aproximación no dogmática y acorde a lo que postulamos más arriba, nos mostraría al “marxismo” como el conjunto de ideas de Marx, ideas que involucran a lo que consideramos “marxismo” pero que seguramente no se agotan en él. Una segunda aproximación ya más profunda nos mostraría que esas ideas (como ideología) ya no serían patrimonio solo de Marx, sino que fueron complementadas y enriquecidas con las de otros hombres (Engel, Lenin, Luxemburgo, Mao, Gramsci, Mariátegui, el Che y muchos otros de los cinco continentes) a lo largo del tiempo. Por otro lado Karl Marx como portador de un conjunto de ideas, es un producto cultural e histórico específico como todos nosotros. Es decir, en la formación de las ideas de Marx hay un sedimento histórico cultural inevitable.
Este “sedimento histórico cultural inevitable” no le quita nada de lo universal que pueda tener (y de hecho tiene) sino que nos habla a las claras de una forma de entender el marxismo. De que estoy hablando?
De que quizás Marx, como revolucionario que era, no tenía pretensiones demasiado alejadas a las de resolver las dificultades propias de la práctica revolucionaria que se impuso y es desde allí, seguramente, desde donde pensó todo lo que pensó (incluso aquellas cosas que trascendieron esa realidad y se convirtieron en universales). Es decir, hay un hombre llamado Marx, nacido en un tiempo y en un país, con una educación y una cultura y con una historia que lo trascendía y de la cual él (por acción o reacción) también formaba parte.
Esto es fácilmente verificable en sus escritos, tanto lo de la pertenencia como lo de las limitaciones. Limitaciones sí, que son entendibles e inevitables, justamente por esa pertenencia cultural de la que hablábamos. En todo caso lo bueno en Marx es que muchas de esas limitaciones culturales (en su más amplia acepción) fueron siendo, en muchos casos, superadas en el tiempo por la propia dinámica de sus ideas. Por citar solo un ejemplo, su concepción en cierto modo eurocéntrica del mundo, heredada fundamentalmente del positivismo y la filosofía alemana, fue mutando desde aquellos “bárbaros” del Manifiesto, a sus cartas sobre el problema nacional en Irlanda o las comunidades campesinas rusas, pero indefectiblemente en su evolución tuvieron que pasar por su artículo sobre Bolívar o aquel otro sobre el colonialismo inglés en la India. Marx no pudo asomarse al mundo sino desde “su mundo” y es en ese “conocer desde su mundo” donde fue encontrando el mundo más o menos real o mejor dicho un mundo visto desde varios lados, no solo desde la centroeuropa de los dominadores.
Esto mismo podría decirse de muchos otros revolucionarios, que por hombres, no podían partir sino de sí y que por esa misma razón hicieron del marxismo un “conjunto de ideas” formuladas y reformuladas a lo largo del tiempo, desde las realidades y geografías más disímiles, para dar respuesta a un fenómeno global (y también particular) como es la dominación capitalista. La mentada “universalidad” del pensamiento marxista se halla mucho más en esa construcción colectiva sostenida en el tiempo por más de 150 años, que en las propias ideas de Marx, lo cual no viene a menoscabar la importancia que esas ideas tuvieron y tienen sino a poner de manifiesto que hay una dimensión y hay un sedimento histórico cultural en todo pensamiento y es por ese motivo que no hay ideas que puedan ser petrificadas o desbrozadas de la historia y más allá aun, de la cultura (incluidas las de Marx).
Esto es fundamental porque visto así, el marxismo jamás podría haber sido pensado como una religión de la materia, ni como una supraciencia, ni como una filosofía al margen de la filosofía, como de hecho sucedió, sino como la praxis transformadora de hombres y mujeres concretos inmersos en sus circunstancias.
“Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de diversos modos; de lo que se trata es de transformarlo” K. Marx tesis 11 sobre Feuerbach.
Esto de la “praxis transformadora” le da al marxismo la dimensión histórica que sin duda está en su esencia y por esa vía (la de la dimensión histórica) también lo inserta en el universo de la cultura, entendida esta como toda actividad realizada por el hombre. Esto nos devuelve nuevamente al principio de estas líneas cuando decíamos que nada hay fuera de la cultura. Filosofía, historia, ciencia, religión, usos y costumbres, son todos productos culturales y como tales, producto de una relación entre el hombre, la historia y el paisaje. La “ideología” en cuanto conjunto de ideas, es bastante parecida a la cultura y ese es nuestro punto. Si el marxismo es una “filosofía de la praxis” esa praxis transformadora del hombre tiene necesariamente que estar contaminada, acechada, condicionada y contenida dentro del horizonte cultural donde nace y se desarrolla.
Hay muchos ejemplos de como las distintas formaciones culturales
de esos hombres que pretenden “transformar” la realidad modifican el hecho de “ser marxistas” y esto es tan fácil de explicar, como decir que nadie es marxista y nada más. El marxista es un hombre y en tanto hombre es un producto de la historia y del paisaje. Lo que en realidad ha pasado es que el marxismo entendido como “filosofía de la historia para todo tiempo y lugar” terminó generando hibridación del pensamiento. Terminó imponiendo como propio, en los llamados países periféricos, aquel sedimento cultural que era lógico en los clásicos (Marx, Engel, Lenin, etc.) pero que nada tenía que ver con nuestra cultura. En ese sentido muchos marxistas americanos tomaron como propio el “mito civilizatorio” de occidente. Lo cual no puede ser visto como una mera elección, sino como un serio limitante para comprender y transformar su propia realidad. Bastaría analizar la relación histórica entre el marxismo como ideología y las diversas teorías científicas y filosóficas en boga a cada momento para entender de que estamos hablando. Hubo un correlato la más de las veces, como pasó entre la física de Newton y el “mecanisismo y el determinismo”, o entre la biología de Darwin, el positivismo y el marxismo liberal. El marxismo se convirtió así en una teoría finalista, en escatología, búsqueda ontológica, metafísica, atemperando sus capacidades subvirtientes, pero más importante aún, se convirtió en una ideología que aunque opuesta al capitalismo compartía en nuestro continente su mismo “mito civilizatorio”[1]. Este aspecto me parece que no es un aspecto menor y me parece también que es un aspecto que merece ser profundizado por las nuevas generaciones de marxistas americanos.
En definitiva de lo que tratan estos apuntes, es de la necesidad de dotar al partido revolucionario de una ideología que lo haga apto para comprender y transformar la realidad y eso solo se logra siendo parte de ella, no escindiéndose.
América necesita una filosofía de la historia. Una filosofía que tenga como base el análisis marxista pero que no se agote en el enfoque clasista o meramente económico, sino que profundice en los fenómenos interculturales y aculturales, en las diferentes cosmovisiones y mecanismos del pensar americano. Necesitamos bucear en la espiritualidad, en los mitos, en las instituciones económico sociales de la América ancestral que aun sobreviven en nuestros pueblos y que constituyen muchas veces su forma de ser más genuina y natural. También necesitamos conocer y testear a cada paso la los fenómenos transculturales que se siguen desarrollando hoy y se seguirán desarrollando mañana porque este es en continente no acabado y nuestro proceso identitario, un proceso aun en formación y de futuro incierto ya que es la realidad la que siempre lo modifica a manera de última palabra. Necesitamos una historia y una filosofía de la historia arquitectadas desde la perspectiva del dominado y no desde la del dominador. Una filosofía de la historia que tiene que tener como horizonte, como motivo, como razón de ser, la tan ansiada síntesis ya que el problema de América no es (ni nunca ha sido) la diversidad sino la fragmentación. Ambas cosas (diversidad y fragmentación) conllevan actitudes desde el punto de vista del hacer y del pensar. La diversidad implica el reconocimiento de que América es una realidad multinacional, pluricultural y multiétnica (incluso en el seno de cada estado nacional) y ese reconocimiento exige un diálogo en igualdad de condiciones sin mesianismos, ni paternalismos, por más bien intencionados que estos sean. La fragmentación en cambio implica el reconocimiento de que esas diferentes Américas se hallan confrontadas desde hace más de cinco siglos y están inmersas, están incluso en el centro mismo, del proceso de dominación de nuestro continente. Nuestra principal tarea en ese sentido ha de ser la de tender puentes, buscar comunes denominadores, construir un nuevo mito para América. Demostrar en definitiva que no son las culturas, ni los pueblos, ni los estados nacionales, sino la dominación lo que imprime y ha impreso siempre, una dinámica de destrucción y muerte a nuestra realidad. La otra posibilidad es la que el marxismo “tradicional” ya ha intentado: es la de ser parte de un proceso acultural (en el sentido de sustitución de lo preexistente) que no por antagónico al capitalismo es menos acultural.
Basta mirar la historia para darse cuenta que durante siglos los hombres y mujeres de este continente se han alineado a un lado y al otro de aquella dicotomía planteada por Sarmiento entre “la civilización” y “la barbarie” y los marxistas generalmente hemos caído en la trampa positivista de ver en nuestra cultura las rémoras de un pasado que había que superar. Hoy es el propio capitalismo y la propia dominación la que se ha encargado de develar lo artificial y estéril de esa dicotomía ya que lo que siempre estuvo en juego aquí fue la posibilidad de un pensamiento (y por ende de una cultura) americanas. No como negación sino como genuino punto de vista. No somos (ni podremos ser) la civilización porque (parafraseando a Martí) nunca ha habido una real batalla entre la civilización y la barbarie sino entre la falsa erudición y la naturaleza. Y ser “naturaleza” es justamente reconocer y explorar esa relación del hombre con la historia y el paisaje. Esa relación en América está atravesada por la dominación , por la batalla paradigmática entre culturas, que no se termina de saldar y que por ende no termina de parir un nuevo arquetipo. Esa es la principal calidad de lo americano, su condición de “no acabado”. Y es en este sentido que el marxismo para ser americano debe de situarse por encima de los proyectos en disputa y convertirse en aquel nuevo mito del que hablaba Mariátegui.
Esto sería en relación al marxismo como “filosofía” ubicado en el centro de la dicotomía “civilización o barbarie”. No obstante necesitamos también incorporar a nuestra ideología, los grandes valores de nuestro siglo. Aquellos que la humanidad ha puesto en el horizonte de la civilización.
La propia historia de la humanidad exige que sean repensados los derechos de los hombres... porque ya no basta que contrapongamos el derecho a la vida, a la salud, al trabajo, a la educación, a la vivienda, a una “libertad hueca del capitalismo”. Debemos seguir luchando por lo que luchamos siempre pero además incorporar al núcleo duro de nuestro pensamiento esos viejos valores redimensionados. La libertad de expresión, la democracia real (tanto la formal como la participativa), el libre albedrío y el respeto a la intimidad y la espiritualidad de las personas, a sus opciones sexuales, a sus objeciones de conciencia. Nada que coarte las capacidades del hombre en cualquiera de sus aspectos, por sutiles que estos sean, puede ser esgrimido en favor de su felicidad. Digo esto y lo digo sin rodeos, porque pienso que el tema de las libertades es un tema en el que el socialismo debe seguir reflexionando a la luz, no solo de la sociedad capitalista, sino también de las experiencias históricas que ensayó como modelo de sociedad. Aquella carta del Che al semanario “Marcha” hablaba de que el socialismo no se trataba de reducir todo a elementos de la misma categoría; hablaba (justamente en el sentido inverso) de que solo desarrollando al máximo la potencialidad individual del hombre, este podía serle útil al conjunto de la sociedad. En nombre del socialismo se han generado experiencias con diversos grados de totalitarismo y el totalitarismo como fenómeno nada tiene que ver con el socialismo. Debe ser tomado en consecuencia como contranatural y antagónico a nuestro proyecto y nuestras aspiraciones.
En realidad lo que nos pasa es que a nivel de la arquitectación de una nueva sociedad poco es lo que hemos andado y reflexionado. El grueso de nuestro conocimiento se centra, de manera lógica (y en el mejor de los casos), en la demolición del capitalismo, pero no así en la solución al menos avanzada de gran parte de la problemática elemental del hombre[2].
Necesitamos por último también, ver al socialismo como una cuestión civilizatoria. No como escatología, sino civilizatoria en sentido de preservación de la especie humana ya que lo que aquí se juega es el futuro de la hombre y del planeta mismo como sistema.
Es en ese sentido que debemos asumir posturas ecológicas de avanzada, sobre todo nosotros los habitantes de los países oprimidos, porque es aquí donde se encuentran la casi totalidad de los recursos que serán imprescindibles en este milenio, no solo los combustibles, no solo los minerales, no solo los alimentos y el agua potable, los espacios incontaminados, también aquí se encuentra más del 70 u 80 % de la biodiversidad genética y esto es fundamental después de la Tercera Revolución Científico Técnica, donde la genética, junto a la robótica y la informática acrecentarán o achicarán la hasta ahora insalvable brecha entre desarrollo y subdesarrollo.
El tema de la preservación del medio ambiente es también un derecho humano, un derecho cultural, porque aquí hemos hablado permanentemente de una relación hombre/tiempo/paisaje y la enajenación del medio ambiente también traerá consecuencias culturales ya que estamos penetrados y atravesados por ese paisaje.
Estos son algunos aspectos que he querido incorporar al debate sobre los aspectos ideológicos, no porque piense que nuestra ideología deba reducirse a estos aspectos que he tocado aquí, sino (como dije al principio) porque no los había planteado de esta manera en trabajos anteriores y es tal la amplitud y complejidad de la ideología como "“conjunto de ideas" que me parece imprescindible y hasta una cuestión vital para nosotros comenzar a avanzar en estos temas superando las entrecomilladas referencias a los “clásicos” y los slogan clausuradores de lo diverso.
II
Acerca de la organización leninista
El tema de la organización revolucionaria ha aparecido de manera tangencial pero recurrente en varios de mis trabajos anteriores. Esta preocupación por rescatar a la organización como concepto, nace del total convencimiento de que sin organización consciente jamás puede haber revolución.
Ahora bien, cierto es que hay “organizaciones y organizaciones” y cierto también es, que el modo de ser de las organizaciones (las vanguardias) termina siendo transferido, en gran medida, al resto de la sociedad después de que estas se instalan en el poder. Creo que sobre esto no puede caber la duda porque es un hecho verificable históricamente.
Vemos entonces que el tema de la organización revolucionaria no puede ser en principio a una cuestión meramente instrumental (en términos de necesidad o eficacia) sino que además tiene un contenido también paradigmático, en tanto y en cuanto, si en toda sociedad (analizada como cultura) se encuentran de manera embrionaria aquello que la ha de sustituir, quiere decir que el partido u organización revolucionaria, se convierte no solo en actor de esa transformación sino también en parte constitutiva de ese nuevo modelo o paradigma.
La casi totalidad de los partidos u organizaciones de la izquierda clasista (y algunos que no lo son), lo digan o no lo digan, han adoptado históricamente el modelo leninista de organización. Sin caer en la vulgaridad de todo reduccionismo, cabría preguntar si hubo alguna relación entre el modo leninista de organizar al partido y la fracasada experiencia del “socialismo realmente existente”.
Lo primero que se me ocurre es que habría que analizar esta cuestión dentro del contexto histórico en que se desarrolló. El partido que Lenin propone (por acción u omisión) en libros como el “Que hacer?” es un partido diseñado para dar respuestas a una situación concreta de un país concreto en una etapa histórica determinada. Cuál era esa situación?: La dispersión política e ideológica, la falta de organicidad y de coordinación de esfuerzos, cosas todas graves para un partido revolucionario, pero, además, potenciadas por el hecho de que en la Rusia de ese entonces no había margen ya para la legalidad. El partido de Lenin asume, por tanto, no solo una actitud insurreccional, sino que, además, y como consecuencia, se organiza como un destacamento combatiente. Evidentemente una fuerza insurreccional combatiente tiene que caer (en mayor o en menor medida) en una lógica militar. Es decir (y por el absurdo para que se entienda) en medio del asalto a una unidad enemiga no se puede parar a realizar una asamblea, ni formar una comisión para que profundice acerca del tema, ni siquiera escuchar las, fundadas o no, razones de la minoría.
Quiero decir con esto que la organización leninista en la Rusia insurreccional de los primeros años del siglo XX estaba totalmente justificada y no podía tener otras características que las que tuvo (si es que en verdad quería tomar el poder) como lo reconoció Rosa Luxemburgo a pesar de sus reparos iniciales, reparos que paradójicamente se vieron ampliamente confirmados más tarde [3]. Lenin tenía razón y Rosa de Luxemburgo también tenía razón... y la única manera de que puedan tener razón los dos, es que las organizaciones (como sistemas o modelos organizativos) no sean un fin en sí mismo sino que respondan a necesidades concretas de momentos históricos determinados.
El problema es qué entendemos por organización leninista? O mejor dicho... puede una organización servir para todo tiempo y circunstancia?
Los que se oponen a la organización leninista contraponen la más de las veces un parlamentarismo burgués que creo refleja por un lado el asumir posturas reformistas (por lo tanto no precisan un partido insurreccional combatiente, ni siquiera uno con vocación de poder) y por otro una dispersión ideológica que más que diversidad es individualismo de las ideas. No obstante, creo yo, que si hay una relación entre una cierta interpretación del espíritu leninista de organización y el “socialismo -no marxista- realmente existente”.
Ser leninista no puede ser otra cosa que ser conspirativo... y lo de conspirativo remite a su vez al poder y el poder nos pone de frente ante el cómo y para qué de ese poder, lo que nos devuelve a su vez, adonde empezamos. Puede haber una forma organizativa disociada de los principios y valores que le dan razón de ser? Definitivamente no.
Marxistas contemporáneos como Adolfo Sánchez Vázquez retoman en cierto modo aquella crítica de Rosa Luxemburgo y apuntan a la ideología marxista-leninista ser “fundamento y justificación” de una experiencia histórica identificable (léase socialismo real) que fue pos capitalista pero evidentemente no socialista. Ahora esta especie de homologación del leninismo al “socialismo realmente existente” me parece tan arbitraria como la que se hace en el mismo sentido al marxismo en general cuando se pretende presentar a Stalin como consecuencia lógica y natural de Lenin y de Marx. Creo sí que la “organización leninista” (en su sentido clásico) debe tomarse en su espíritu y no convertirse en un modelo petrificado de democracia (centralismo democrático) para todo tiempo y lugar.
No hay ningún modelo organizativo que sea intrínsecamente bueno o intrínsecamente malo. Las organizaciones están conformadas por hombres y mujeres y de su moral, de sus valores, sus prácticas y motivaciones, depende, mucho más que de la arquitectura organizativa, la eficacia y la habitabilidad de las mismas.
Digo, por tanto, que el partido revolucionario debe conservar siempre su vocación de poder, lo que implica determinadas pautas organizativas que le den capacidad real de conspirar, pero en tanto y en cuanto es también (y fundamentalmente) “intelectual colectivo”, debe garantizar de manera indeclinable la más absoluta circulación de ideas, debe garantizar la capacidad de incidir en la línea y en la vida real del partido a cada uno de sus militantes. Esta es la parte criticable de cierta apropiación del concepto leninista de partido, justamente para inhibir ese intelectual colectivo.
La lógica militar de la que hemos hablado debe ser aplicada en zonas muy específicas de la vida partidaria y de manera general en los momentos extremos que no permitan otro modo de democracia interna que no sea el de “delegación e intermediación”. Pero en los momentos que esas condiciones extremas no se dan (que generalmente es la mayor parte del tiempo) el partido debe practicar la más amplia democracia, entendiendo por democracia, el debate, la confrontación de las ideas, el respeto a las eventuales minorías, la horizontalidad de las discusiones y las decisiones de amplio consenso, la rendición de cuentas y la plebiscitación de aquellos temas puntuales que pueden suscitar polémicas o no fueron contemplados en los procesos asamblearios donde se define, se construye y articula la línea política y que por lo general distan varios años unos de otros.
Es un hecho por todos conocido que cuando la “organización leninista del partido” es sinónimo de “ordene y mando” lenta pero inexorablemente se llega a las lealtades personales, a las pertenencias a determinadas minorías que no se asumen como tales pero existen y operan en el seno de la fuerza. El partido como paradigma se vuelve “otra versión” de la misma sociedad caduca en tanto y en cuanto reproduce sus mecanismos y miserias con la aparente justificación de que sirven a otros fines, luego los fines y las personas se confunden y se funden y se termina identificando el futuro y el presente, con el futuro y el presente de un dirigente determinado, volviéndose el partido una empresa generacional y no un proyecto que trasciende a quienes lo integran. Esta doble moral es lo que reduce al partido a su mínima expresión posible, ya que es la fuerza centrífuga que termina haciendo una selección inversa entre sus cuadros. Se acusa de principistas y formalistas a quienes en realidad tratan de imponer una práctica coherente con los valores que dan razón de ser al partido en cuanto paradigma. El disenso es puesto como amenazador de la vida misma de la organización, el celo metodológico, como problemas personales entre sus miembros. Nada nuevo hay en definitiva en todo esto ya que es parte de la vieja mitología stalinniana: la permanente instalación de falsas dicotomías entre forma y contenido, entre política y principios, entre medios y fines que es lo más antimarxista que se nos pueda ocurrir. Todo lo contrario es deseable y por cierto posible. La unidad ideológica del partido solo se alcanza a través del acatamiento de las resoluciones colectivas y nada tiene que ver con un hipotético pensamiento monocorde y mucho menos oficial. Incluso las tendencias y eventuales mayorías y agrupamientos (dicho sea de paso como sucedía en los tiempos de Lenin) son aceptables si se respetan los acuerdos y resoluciones y es más honesto y revolucionario asumirlas que negarlas, ya que en definitiva muchas veces se las emplea de hecho y en la sombra. El centralismo democrático no puede ser la cáscara de la hipocresía, un escudarse en frases como “el colectivo”, el “partido”, “nosotros”, que generalmente (y así entrecomillados) no son más que la voluntad de uno o de unos pocos. Por eso decía al principio que no había ninguna forma organizativa que “garantice” determinadas pautas de comportamiento, sí es verdad que determinadas arquitecturas organizativas son más permeables ha ser usadas de manera discrecional que otras y esto es tan evidente y está tan abonado por la historia de la humanidad que no merece comentarios.
El partido debe entonces conservar su esencia, sus capacidades y atributos, su sentido revolucionario de democracia, lo cual no quiere decir (tampoco en este caso) que no deba incorporar aquellos valores, prácticas y mecanismos que han pasado a tener carácter universal para toda la humanidad. El voto directo y secreto para algunas instancias como pueden ser las de elección direcciones, la revocatoria de mandatos, el plebiscito, los despachos por la minoría, no pueden ser descartados, deben ser manejados y ubicados y son tan válidos y deseables como el consenso mismo. Nadie duda que un partido realmente revolucionario debe conservar espacios organizativos que por su propia esencia y especificidad no pueden ser democratizados (en un sentido asambleario) e incluso deben permanecer compartimentados, pero no son tantos como para imprimir a toda la organización características que tienen como resultado un conocimiento diferenciado de la realidad (tanto interna como externa) y un uso discrecional y, por tanto, muchas veces interesado, de la información y del aparato o estructura partidaria. No hay dudas que el grueso de la vida del partido debe discurrir con la menor cantidad posible de intermediación y de delegación de las facultades y de la soberanía de sus miembros. Esto es una cuestión vital ya que es imposible la construcción de un “intelectual colectivo” sin esa soberanía de la inteligencia.
El “centralismo democrático” no es intrínsecamente un sistema perverso, lo que es perverso son algunas interpretaciones que de él se hacen. Creo sí y con honestidad, que al menos de la forma que yo lo conozco, tiene serias limitaciones y se presta con mucha facilidad al desarrollo de fidelidades personales y al uso del aparato como homogeneizador y hasta domesticador de voluntades, lo cual es una especie de suicidio colectivo, porque no solo se quita la riqueza que el partido pueda tener, sino que lo que es aun más grave, inhibe la posibilidad de que el partido se rectifique a sí mismo. Estoy hablando del “centralismo democrático” y con más razón aun cuando ese “centralismo democrático” es solo “centralismo”. El solo hecho de la tremenda intermediación hace que en la práctica lo que nace en la base de la pirámide como crítica, llegue al vértice como slogan o mero enunciado. Quedan reducidas así cosas que eran importantes y hasta fundamentales a simples preocupaciones, porque en ese proceso de intermediación muchas veces también se hace un proceso de filtrado a tal punto que en el vértice todo puede llegar a ser unánime decisión... se pierde así toda la riqueza de las ideas (acertadas o no) a manos de “relatorías y forzados consensos” que no hacen más que vulgarizar lo complejo, ridiculizar lo adverso, desconocer lo disonante. Esta es una de las razones por la cual no sirve este esquema para la construcción de contenidos, que dicho sea de paso es uno de los grandes problemas de todas las organizaciones revolucionarias: organizaciones abnegadas, organizaciones heroicas, pero organizaciones muchas veces que caen en la inercia del oposicionismo víctimas de su propia mediocridad.
III
Acerca del estado
Con respecto a este tema no estaría de más decir que los comunistas estamos por la abolición absoluta del estado ya que todo estado es en esencia coercitivo. A diferencia de los anarquistas para nosotros esta desaparición del estado es un punto de llegada y no de partida, lo cual quiere decir en principio dos cosas: Primero, que vemos la construcción de la nueva sociedad como un proceso. Y segundo, que en ese proceso el estado tiene un rol fundamental. Es justamente por su carácter coercitivo que el estado adquiere esa importancia, la diferencia es que esa coerción es ejercida para liberar a la clase oprimida, la que está en la base de la sociedad.
Ya tenemos aquí dos elementos aparentemente contradictorios. Uno la necesidad de abolir el estado y el otro la necesidad de que el estado sea un instrumento apto para la emancipación absoluta del hombre.
Este proceso bidireccional es un buen parámetro para medir la calidad y profundidad de cualquier proceso revolucionario, porque si hablamos de un rol del estado y hablamos también de un punto de llegada que es de disolución del mismo, estamos diciendo que el principal rol del estado es de disolverse, de ir transfiriendo a lo largo de un proceso de “tránsito” sus facultades a la sociedad toda, es decir: al pueblo organizado.
Este es un tema interesante y sobre el cual se ha escrito menos. La gran mayoría de los escritos marxistas se refieren a los procesos que culminan con la toma del poder, pero poco o nada a los problemas del llamado “tránsito al socialismo y al comunismo”. Pero lo que me interesa abordar ahora es otra cosa y no este aspecto sino más bien el aspecto más estructural de esta cuestión. Dejemos en claro sí, que todo lo dicho en relación a la organización leninista sirve también en este punto ya que toda forma organizativa genera una “forma de ser” y esta a su vez una cultura. Esa cultura que ya posee la organización revolucionaria antes de la toma del poder, es el paradigma de sociedad (como ya dijimos) que implementará en la construcción de lo nuevo. Como no recordar aquí aquello de las armas melladas del capitalismo a las que hacía referencia Ernesto Guevara.
En otros trabajos ya he intentado analizar este aspecto estructural del nuevo estado. He señalado muchas veces, que la mayoría (yo diría la totalidad) de las experiencias socialistas se han definido así mismas como “repúblicas” (democrática, popular, socialistas). Y a pesar de que las experiencias han sido muchas y de diferentes características (incluso con diferentes arquitecturas) la palabra “república” no puede dejar de remitir a la revolución francesa y en consecuencia a la separación de la iglesia del estado y a la división e independencia de poderes. En consecuencia y a la luz de estos elementos habría que definir en principio si somos o no republicanos.
En caso afirmativo (como es mi opinión) tendríamos que oponernos a todo estado “confesional”. Y esto aunque suene antiguo me parece cardinal en estos tiempos de finales del siglo XX principios del XXI, ya que este fenómeno se nos vuelve a presentar con más fuerza incluso que durante la Edad Media.
El estado confesional es inaceptable por cientos de razones... por antidemocrático, por ahistórico, acultural, por mesiánico, etc., etc. ... sean estos estados judíos, musulmanes, católicos, protestantes e incluso ateos (ya que el “ateísmo militante” termina siendo también una ontología[4]). El estado nacional es nada más, y tampoco nada menos, que una figura jurídica y así debemos reivindicarlo. Nada tiene que hacer por tanto (ni a favor ni en contra) con respecto a la espiritualidad del hombre. Esto (repito) es sumamente importante porque creo que no solo el pasado sino el presente de la humanidad demuestra el peligro de los estados confesionales, estados que siempre han conservado la misma lógica, desde las cruzadas hasta la guerra contra el terrorismo, pasando por la conquista de América, África y Asia, la guerra del Ulster, los Balcanes o el fundamentalismo musulmán. Es decir, “si Dios nos hizo a nosotros, debe ser que los demás han de ser cualquier otra cosa menos seres humanos”. La existencia de religiones “oficiales” (como es el caso de muchos de nuestros países) es una forma solapada de continuidad medioeval en el estado moderno y si no veamos la reciente experiencia boliviana donde al poner a las religiones de las nacionalidades indias a la misma altura que la iglesia católica se ha formado un revuelo increíble. El estado nada tiene que ver con la espiritualidad del hombre, incluso la nación (que es una figura no legal sino cultural) muchas veces alberga en su seno a distintas confesiones y si no veamos el caso de Palestina. Palestino era Jesucristo que era judío, palestino eran los seguidores de Jesús que eran cristianos y más tarde también lo fueron los seguidores del profeta Mahoma. Por eso es tan inaceptable el estado de Israel como el de Irán o cualquier otro estado que obligue a sus ciudadanos a tomar una postura predeterminada en relación a sus creencias más íntimas. Muchas veces somos condescendientes con muchos movimientos o países confesionales (y otros no confesionales pero de dudosa moral) por su simple oposición al imperialismo, lo cual nada aporta y mucho confunde... y sobre todo nos confunde.
El otro aspecto tiene que ver con la división y necesaria independencia de poderes, cuestión que está íntimamente ligada con lo que ya hemos planteado acerca de los derechos humanos y posibilidades de desarrollarse en plenitud como individuos. Esta división y esta independencia de poderes, es lo único que parece garantizar el estado de derecho no solo por el mutuo contralor sino porque es la justicia la última instancia de preservación del individuo.
Ya lo he dicho en otras ocasiones, yo soy partidario de la no superposición del partido revolucionario con el estado y lo he explicado detalladamente en “Democracia y socialismo”. El partido, en resumidas cuentas, no tiene que mutar de condición con la toma del poder. Su función sigue siendo la de concientizador, la de vanguardia, la de garante del proceso y eso resulta imposible cuando partido y estado son la misma cosa. En esa misma línea creo también que debe existir la libertad de asociación y en consecuencia la posibilidad de que existan otros partidos políticos y organizaciones civiles independientes. Es decir, nuestra crítica al capitalismo no puede empañar la visión del sistema republicano, ni restringir nuestro concepto de las libertades y derechos que son inherentes a toda persona. Una cosa es el estado burgués y otra cosa muy distinta ha de ser el nuevo estado, pero en el sentido de que lo que una solo enuncia el otro hace efectivo. “Libertad, igualdad, fraternidad” sigue siendo una buena bandera, el problema es que en manos de la burguesía siempre ha sido una (en el mejor de los casos) expresión de deseos, cuando no una ironía. Me parece interesante, en definitiva, analizar las nuevas experiencias y los fundamentos de la llamada “democracia participativa” de la cual la constitución venezolana puede ser un buen ejemplo. No por caer en un nuevo fetichismo pero en Venezuela se abre una experiencia “no clásica” que intenta revolucionar la sociedad a partir de la construcción de una nueva legalidad: el proyecto político, el programa revolucionario, la propia ideología, es la constitución nacional. Otro antecedente sería el del movimiento zapatista. Más allá de las posibles valoraciones de ambos procesos, queda claro que a partir de una nueva legalidad se puede “matar al pez por la boca” dando a partir de este hecho un nuevo sentido y un nuevo significado al discurso hueco del modelo imperial de democracia. Las constituciones pueden y deben garantizar no solo los derechos humanos y ciudadanos, sino también los derechos económicos, ecológicos y medioambientales, y los derechos culturales y nacionales de los distintos pueblos que forman el estado nacional.
Hay que retomar el camino de la “vía chilena” al socialismo, no como “la vía” sino como un aspecto que no hemos desarrollado en la profundidad que hemos desarrollado otros aspectos o posibilidades de acceso al poder y modelos de democracia. Creo que no debo aclarar a esta altura de todos mis trabajos anteriores, que los medios y los modelos tienen que ver con las condiciones reales en momentos determinados y específicos, todos son válidos siempre y cuando se los aplique en el momento preciso: los métodos son "consecuencia" de las condiciones reales en que la lucha se desarrolla. Por eso en las actuales condiciones es imperioso desarrollar otros aspectos del accionar revolucionario. En definitiva, todo lo que subyace bajo todo esta línea argumental no contradice en nada los axiomas clásicos del pensamiento revolucionario, ya que todos estos proyectos llevan implícitos la necesidad de “destruir” el estado burgués a manos del partido revolucionario quien en definitiva será también quien construya esa nueva legalidad. Por tanto, no hay ninguna contradicción tampoco entre revolución, estado, división e independencia de poderes y democracia.
Por último quiero resaltar lo que ya hemos adelantado hace un instante... y es que por toda esa visión de la historia que desarrollamos en los puntos anteriores, no nos que más que refundar el Estado Nacional no solo como una república sino también como una unidad multinacional, pluricultural y multiétnica. Esta refundación parte de la premisa de reconocer que todos los que estamos en esta tierra más allá de las circunstancias históricas y sociales tenemos el mismo derecho a existir y desarrollarnos acorde a nuestras particulares cosmovisiones. Y en este sentido es que la revolución en América tiene que ser fundamentalmente un hecho de la más absoluta justicia y de reparación histórica.
No voy a fundamentar sobre este particular porque ya lo he hecho ampliamente en mi ensayo sobre la naciones indias que no solo desarrolla conceptualmente toda esta problemática, sino que además es una verdadera propuesta de implementación que tuve el gusto de discutir no solo con algunos especialistas en el tema sino también con muchos integrantes y dirigentes de las propias comunidades.
Estos han sido algunos aspectos que como habrán visto están todos interrelacionados a pesar de que cada uno tiene su propia dimensión y complejidad. Como dije al principio, remiten y complementan anteriores trabajos que he escrito y como siempre no quieren ser una última palabra (ni siquiera una opinión definitiva) sino al menos un poner sobre la mesa lo que generalmente ocultamos bajo la alfombra.
[1] Estamos hablando concretamente que si eran correctas las teorías de Taylor y Morgan acerca de que la humanidad tenía que pasar inexorablemente por una serie de estadios hacia la civilización, si las teorías de Darwin acerca de la selección natural y la evolución de las especies eran transportables al hombre y a la sociedad... América quedaba evidentemente ubicada en la prehistoria y hasta el capitalismo (como decía aquel artículo de Marx sobre la India) era civilizador por cruento que fuera.
[2] Fíjense que no he utilizado la tan trillada frase “emancipación total del hombre” porque justamente pretender que con la eliminación de la sociedad dividida en clases vamos a terminar con todos los problemas de la sociedad me parece religioso o al menos un a priori que no me interesa sostener hoy por hoy.
[3] Rosa Luxemburgo creía que una organización así podía ser utilizada en sentido autoritario.
[4] Los soviéticos acuñaron el término “ateísmo científico” deducido obviamente (y aunque parezca contradictorio) de su religión de la materia.
ACERCA DE LA IDEOLOGÍA, LA ORGANIZACIÓN LENINISTA Y EL ESTADO
Exordio
Los presentes tres artículos, no constituyen un análisis integral ni exhaustivo de los temas que plantean, ni siquiera tienen un carácter autónomo, son en definitiva la continuación de viejas preocupaciones acerca del partido revolucionario que ya he planteado en otros trabajos y que seguramente seguirán apareciendo en otros posteriores.
I
Acerca de la ideología
Es muy común oír hablar de las ideologías como sinónimo de pensamiento político. No obstante “ideología” se refiere al conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político, etc. (tal la definición del diccionario). El problema de reducir la ideología a solo una parte de ese conjunto de ideas, en este caso “lo político”, es que podemos caer en la estrechez, el dogmatismo, o sin darnos cuenta fundar una nueva religión.
En nuestro caso ese peligro consistiría en reducir nuestra ideología (y la de nuestro partido) a un supuesto “marxismo” o “marxismo leninismo” o “trotskismo” o lo que fuese, que así entrecomillado pareciera abarcarlo todo y tener un carácter universal y finalista, de lo que se podría deducir que es válido para todo tiempo, lugar y circunstancia. Habría que preguntar que es lo que entendemos, en definitiva, por “marxismo”.
Una primera aproximación no dogmática y acorde a lo que postulamos más arriba, nos mostraría al “marxismo” como el conjunto de ideas de Marx, ideas que involucran a lo que consideramos “marxismo” pero que seguramente no se agotan en él. Una segunda aproximación ya más profunda nos mostraría que esas ideas (como ideología) ya no serían patrimonio solo de Marx, sino que fueron complementadas y enriquecidas con las de otros hombres (Engel, Lenin, Luxemburgo, Mao, Gramsci, Mariátegui, el Che y muchos otros de los cinco continentes) a lo largo del tiempo. Por otro lado Karl Marx como portador de un conjunto de ideas, es un producto cultural e histórico específico como todos nosotros. Es decir, en la formación de las ideas de Marx hay un sedimento histórico cultural inevitable.
Este “sedimento histórico cultural inevitable” no le quita nada de lo universal que pueda tener (y de hecho tiene) sino que nos habla a las claras de una forma de entender el marxismo. De que estoy hablando?
De que quizás Marx, como revolucionario que era, no tenía pretensiones demasiado alejadas a las de resolver las dificultades propias de la práctica revolucionaria que se impuso y es desde allí, seguramente, desde donde pensó todo lo que pensó (incluso aquellas cosas que trascendieron esa realidad y se convirtieron en universales). Es decir, hay un hombre llamado Marx, nacido en un tiempo y en un país, con una educación y una cultura y con una historia que lo trascendía y de la cual él (por acción o reacción) también formaba parte.
Esto es fácilmente verificable en sus escritos, tanto lo de la pertenencia como lo de las limitaciones. Limitaciones sí, que son entendibles e inevitables, justamente por esa pertenencia cultural de la que hablábamos. En todo caso lo bueno en Marx es que muchas de esas limitaciones culturales (en su más amplia acepción) fueron siendo, en muchos casos, superadas en el tiempo por la propia dinámica de sus ideas. Por citar solo un ejemplo, su concepción en cierto modo eurocéntrica del mundo, heredada fundamentalmente del positivismo y la filosofía alemana, fue mutando desde aquellos “bárbaros” del Manifiesto, a sus cartas sobre el problema nacional en Irlanda o las comunidades campesinas rusas, pero indefectiblemente en su evolución tuvieron que pasar por su artículo sobre Bolívar o aquel otro sobre el colonialismo inglés en la India. Marx no pudo asomarse al mundo sino desde “su mundo” y es en ese “conocer desde su mundo” donde fue encontrando el mundo más o menos real o mejor dicho un mundo visto desde varios lados, no solo desde la centroeuropa de los dominadores.
Esto mismo podría decirse de muchos otros revolucionarios, que por hombres, no podían partir sino de sí y que por esa misma razón hicieron del marxismo un “conjunto de ideas” formuladas y reformuladas a lo largo del tiempo, desde las realidades y geografías más disímiles, para dar respuesta a un fenómeno global (y también particular) como es la dominación capitalista. La mentada “universalidad” del pensamiento marxista se halla mucho más en esa construcción colectiva sostenida en el tiempo por más de 150 años, que en las propias ideas de Marx, lo cual no viene a menoscabar la importancia que esas ideas tuvieron y tienen sino a poner de manifiesto que hay una dimensión y hay un sedimento histórico cultural en todo pensamiento y es por ese motivo que no hay ideas que puedan ser petrificadas o desbrozadas de la historia y más allá aun, de la cultura (incluidas las de Marx).
Esto es fundamental porque visto así, el marxismo jamás podría haber sido pensado como una religión de la materia, ni como una supraciencia, ni como una filosofía al margen de la filosofía, como de hecho sucedió, sino como la praxis transformadora de hombres y mujeres concretos inmersos en sus circunstancias.
“Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de diversos modos; de lo que se trata es de transformarlo” K. Marx tesis 11 sobre Feuerbach.
Esto de la “praxis transformadora” le da al marxismo la dimensión histórica que sin duda está en su esencia y por esa vía (la de la dimensión histórica) también lo inserta en el universo de la cultura, entendida esta como toda actividad realizada por el hombre. Esto nos devuelve nuevamente al principio de estas líneas cuando decíamos que nada hay fuera de la cultura. Filosofía, historia, ciencia, religión, usos y costumbres, son todos productos culturales y como tales, producto de una relación entre el hombre, la historia y el paisaje. La “ideología” en cuanto conjunto de ideas, es bastante parecida a la cultura y ese es nuestro punto. Si el marxismo es una “filosofía de la praxis” esa praxis transformadora del hombre tiene necesariamente que estar contaminada, acechada, condicionada y contenida dentro del horizonte cultural donde nace y se desarrolla.
Hay muchos ejemplos de como las distintas formaciones culturales
de esos hombres que pretenden “transformar” la realidad modifican el hecho de “ser marxistas” y esto es tan fácil de explicar, como decir que nadie es marxista y nada más. El marxista es un hombre y en tanto hombre es un producto de la historia y del paisaje. Lo que en realidad ha pasado es que el marxismo entendido como “filosofía de la historia para todo tiempo y lugar” terminó generando hibridación del pensamiento. Terminó imponiendo como propio, en los llamados países periféricos, aquel sedimento cultural que era lógico en los clásicos (Marx, Engel, Lenin, etc.) pero que nada tenía que ver con nuestra cultura. En ese sentido muchos marxistas americanos tomaron como propio el “mito civilizatorio” de occidente. Lo cual no puede ser visto como una mera elección, sino como un serio limitante para comprender y transformar su propia realidad. Bastaría analizar la relación histórica entre el marxismo como ideología y las diversas teorías científicas y filosóficas en boga a cada momento para entender de que estamos hablando. Hubo un correlato la más de las veces, como pasó entre la física de Newton y el “mecanisismo y el determinismo”, o entre la biología de Darwin, el positivismo y el marxismo liberal. El marxismo se convirtió así en una teoría finalista, en escatología, búsqueda ontológica, metafísica, atemperando sus capacidades subvirtientes, pero más importante aún, se convirtió en una ideología que aunque opuesta al capitalismo compartía en nuestro continente su mismo “mito civilizatorio”[1]. Este aspecto me parece que no es un aspecto menor y me parece también que es un aspecto que merece ser profundizado por las nuevas generaciones de marxistas americanos.
En definitiva de lo que tratan estos apuntes, es de la necesidad de dotar al partido revolucionario de una ideología que lo haga apto para comprender y transformar la realidad y eso solo se logra siendo parte de ella, no escindiéndose.
América necesita una filosofía de la historia. Una filosofía que tenga como base el análisis marxista pero que no se agote en el enfoque clasista o meramente económico, sino que profundice en los fenómenos interculturales y aculturales, en las diferentes cosmovisiones y mecanismos del pensar americano. Necesitamos bucear en la espiritualidad, en los mitos, en las instituciones económico sociales de la América ancestral que aun sobreviven en nuestros pueblos y que constituyen muchas veces su forma de ser más genuina y natural. También necesitamos conocer y testear a cada paso la los fenómenos transculturales que se siguen desarrollando hoy y se seguirán desarrollando mañana porque este es en continente no acabado y nuestro proceso identitario, un proceso aun en formación y de futuro incierto ya que es la realidad la que siempre lo modifica a manera de última palabra. Necesitamos una historia y una filosofía de la historia arquitectadas desde la perspectiva del dominado y no desde la del dominador. Una filosofía de la historia que tiene que tener como horizonte, como motivo, como razón de ser, la tan ansiada síntesis ya que el problema de América no es (ni nunca ha sido) la diversidad sino la fragmentación. Ambas cosas (diversidad y fragmentación) conllevan actitudes desde el punto de vista del hacer y del pensar. La diversidad implica el reconocimiento de que América es una realidad multinacional, pluricultural y multiétnica (incluso en el seno de cada estado nacional) y ese reconocimiento exige un diálogo en igualdad de condiciones sin mesianismos, ni paternalismos, por más bien intencionados que estos sean. La fragmentación en cambio implica el reconocimiento de que esas diferentes Américas se hallan confrontadas desde hace más de cinco siglos y están inmersas, están incluso en el centro mismo, del proceso de dominación de nuestro continente. Nuestra principal tarea en ese sentido ha de ser la de tender puentes, buscar comunes denominadores, construir un nuevo mito para América. Demostrar en definitiva que no son las culturas, ni los pueblos, ni los estados nacionales, sino la dominación lo que imprime y ha impreso siempre, una dinámica de destrucción y muerte a nuestra realidad. La otra posibilidad es la que el marxismo “tradicional” ya ha intentado: es la de ser parte de un proceso acultural (en el sentido de sustitución de lo preexistente) que no por antagónico al capitalismo es menos acultural.
Basta mirar la historia para darse cuenta que durante siglos los hombres y mujeres de este continente se han alineado a un lado y al otro de aquella dicotomía planteada por Sarmiento entre “la civilización” y “la barbarie” y los marxistas generalmente hemos caído en la trampa positivista de ver en nuestra cultura las rémoras de un pasado que había que superar. Hoy es el propio capitalismo y la propia dominación la que se ha encargado de develar lo artificial y estéril de esa dicotomía ya que lo que siempre estuvo en juego aquí fue la posibilidad de un pensamiento (y por ende de una cultura) americanas. No como negación sino como genuino punto de vista. No somos (ni podremos ser) la civilización porque (parafraseando a Martí) nunca ha habido una real batalla entre la civilización y la barbarie sino entre la falsa erudición y la naturaleza. Y ser “naturaleza” es justamente reconocer y explorar esa relación del hombre con la historia y el paisaje. Esa relación en América está atravesada por la dominación , por la batalla paradigmática entre culturas, que no se termina de saldar y que por ende no termina de parir un nuevo arquetipo. Esa es la principal calidad de lo americano, su condición de “no acabado”. Y es en este sentido que el marxismo para ser americano debe de situarse por encima de los proyectos en disputa y convertirse en aquel nuevo mito del que hablaba Mariátegui.
Esto sería en relación al marxismo como “filosofía” ubicado en el centro de la dicotomía “civilización o barbarie”. No obstante necesitamos también incorporar a nuestra ideología, los grandes valores de nuestro siglo. Aquellos que la humanidad ha puesto en el horizonte de la civilización.
La propia historia de la humanidad exige que sean repensados los derechos de los hombres... porque ya no basta que contrapongamos el derecho a la vida, a la salud, al trabajo, a la educación, a la vivienda, a una “libertad hueca del capitalismo”. Debemos seguir luchando por lo que luchamos siempre pero además incorporar al núcleo duro de nuestro pensamiento esos viejos valores redimensionados. La libertad de expresión, la democracia real (tanto la formal como la participativa), el libre albedrío y el respeto a la intimidad y la espiritualidad de las personas, a sus opciones sexuales, a sus objeciones de conciencia. Nada que coarte las capacidades del hombre en cualquiera de sus aspectos, por sutiles que estos sean, puede ser esgrimido en favor de su felicidad. Digo esto y lo digo sin rodeos, porque pienso que el tema de las libertades es un tema en el que el socialismo debe seguir reflexionando a la luz, no solo de la sociedad capitalista, sino también de las experiencias históricas que ensayó como modelo de sociedad. Aquella carta del Che al semanario “Marcha” hablaba de que el socialismo no se trataba de reducir todo a elementos de la misma categoría; hablaba (justamente en el sentido inverso) de que solo desarrollando al máximo la potencialidad individual del hombre, este podía serle útil al conjunto de la sociedad. En nombre del socialismo se han generado experiencias con diversos grados de totalitarismo y el totalitarismo como fenómeno nada tiene que ver con el socialismo. Debe ser tomado en consecuencia como contranatural y antagónico a nuestro proyecto y nuestras aspiraciones.
En realidad lo que nos pasa es que a nivel de la arquitectación de una nueva sociedad poco es lo que hemos andado y reflexionado. El grueso de nuestro conocimiento se centra, de manera lógica (y en el mejor de los casos), en la demolición del capitalismo, pero no así en la solución al menos avanzada de gran parte de la problemática elemental del hombre[2].
Necesitamos por último también, ver al socialismo como una cuestión civilizatoria. No como escatología, sino civilizatoria en sentido de preservación de la especie humana ya que lo que aquí se juega es el futuro de la hombre y del planeta mismo como sistema.
Es en ese sentido que debemos asumir posturas ecológicas de avanzada, sobre todo nosotros los habitantes de los países oprimidos, porque es aquí donde se encuentran la casi totalidad de los recursos que serán imprescindibles en este milenio, no solo los combustibles, no solo los minerales, no solo los alimentos y el agua potable, los espacios incontaminados, también aquí se encuentra más del 70 u 80 % de la biodiversidad genética y esto es fundamental después de la Tercera Revolución Científico Técnica, donde la genética, junto a la robótica y la informática acrecentarán o achicarán la hasta ahora insalvable brecha entre desarrollo y subdesarrollo.
El tema de la preservación del medio ambiente es también un derecho humano, un derecho cultural, porque aquí hemos hablado permanentemente de una relación hombre/tiempo/paisaje y la enajenación del medio ambiente también traerá consecuencias culturales ya que estamos penetrados y atravesados por ese paisaje.
Estos son algunos aspectos que he querido incorporar al debate sobre los aspectos ideológicos, no porque piense que nuestra ideología deba reducirse a estos aspectos que he tocado aquí, sino (como dije al principio) porque no los había planteado de esta manera en trabajos anteriores y es tal la amplitud y complejidad de la ideología como "“conjunto de ideas" que me parece imprescindible y hasta una cuestión vital para nosotros comenzar a avanzar en estos temas superando las entrecomilladas referencias a los “clásicos” y los slogan clausuradores de lo diverso.
II
Acerca de la organización leninista
El tema de la organización revolucionaria ha aparecido de manera tangencial pero recurrente en varios de mis trabajos anteriores. Esta preocupación por rescatar a la organización como concepto, nace del total convencimiento de que sin organización consciente jamás puede haber revolución.
Ahora bien, cierto es que hay “organizaciones y organizaciones” y cierto también es, que el modo de ser de las organizaciones (las vanguardias) termina siendo transferido, en gran medida, al resto de la sociedad después de que estas se instalan en el poder. Creo que sobre esto no puede caber la duda porque es un hecho verificable históricamente.
Vemos entonces que el tema de la organización revolucionaria no puede ser en principio a una cuestión meramente instrumental (en términos de necesidad o eficacia) sino que además tiene un contenido también paradigmático, en tanto y en cuanto, si en toda sociedad (analizada como cultura) se encuentran de manera embrionaria aquello que la ha de sustituir, quiere decir que el partido u organización revolucionaria, se convierte no solo en actor de esa transformación sino también en parte constitutiva de ese nuevo modelo o paradigma.
La casi totalidad de los partidos u organizaciones de la izquierda clasista (y algunos que no lo son), lo digan o no lo digan, han adoptado históricamente el modelo leninista de organización. Sin caer en la vulgaridad de todo reduccionismo, cabría preguntar si hubo alguna relación entre el modo leninista de organizar al partido y la fracasada experiencia del “socialismo realmente existente”.
Lo primero que se me ocurre es que habría que analizar esta cuestión dentro del contexto histórico en que se desarrolló. El partido que Lenin propone (por acción u omisión) en libros como el “Que hacer?” es un partido diseñado para dar respuestas a una situación concreta de un país concreto en una etapa histórica determinada. Cuál era esa situación?: La dispersión política e ideológica, la falta de organicidad y de coordinación de esfuerzos, cosas todas graves para un partido revolucionario, pero, además, potenciadas por el hecho de que en la Rusia de ese entonces no había margen ya para la legalidad. El partido de Lenin asume, por tanto, no solo una actitud insurreccional, sino que, además, y como consecuencia, se organiza como un destacamento combatiente. Evidentemente una fuerza insurreccional combatiente tiene que caer (en mayor o en menor medida) en una lógica militar. Es decir (y por el absurdo para que se entienda) en medio del asalto a una unidad enemiga no se puede parar a realizar una asamblea, ni formar una comisión para que profundice acerca del tema, ni siquiera escuchar las, fundadas o no, razones de la minoría.
Quiero decir con esto que la organización leninista en la Rusia insurreccional de los primeros años del siglo XX estaba totalmente justificada y no podía tener otras características que las que tuvo (si es que en verdad quería tomar el poder) como lo reconoció Rosa Luxemburgo a pesar de sus reparos iniciales, reparos que paradójicamente se vieron ampliamente confirmados más tarde [3]. Lenin tenía razón y Rosa de Luxemburgo también tenía razón... y la única manera de que puedan tener razón los dos, es que las organizaciones (como sistemas o modelos organizativos) no sean un fin en sí mismo sino que respondan a necesidades concretas de momentos históricos determinados.
El problema es qué entendemos por organización leninista? O mejor dicho... puede una organización servir para todo tiempo y circunstancia?
Los que se oponen a la organización leninista contraponen la más de las veces un parlamentarismo burgués que creo refleja por un lado el asumir posturas reformistas (por lo tanto no precisan un partido insurreccional combatiente, ni siquiera uno con vocación de poder) y por otro una dispersión ideológica que más que diversidad es individualismo de las ideas. No obstante, creo yo, que si hay una relación entre una cierta interpretación del espíritu leninista de organización y el “socialismo -no marxista- realmente existente”.
Ser leninista no puede ser otra cosa que ser conspirativo... y lo de conspirativo remite a su vez al poder y el poder nos pone de frente ante el cómo y para qué de ese poder, lo que nos devuelve a su vez, adonde empezamos. Puede haber una forma organizativa disociada de los principios y valores que le dan razón de ser? Definitivamente no.
Marxistas contemporáneos como Adolfo Sánchez Vázquez retoman en cierto modo aquella crítica de Rosa Luxemburgo y apuntan a la ideología marxista-leninista ser “fundamento y justificación” de una experiencia histórica identificable (léase socialismo real) que fue pos capitalista pero evidentemente no socialista. Ahora esta especie de homologación del leninismo al “socialismo realmente existente” me parece tan arbitraria como la que se hace en el mismo sentido al marxismo en general cuando se pretende presentar a Stalin como consecuencia lógica y natural de Lenin y de Marx. Creo sí que la “organización leninista” (en su sentido clásico) debe tomarse en su espíritu y no convertirse en un modelo petrificado de democracia (centralismo democrático) para todo tiempo y lugar.
No hay ningún modelo organizativo que sea intrínsecamente bueno o intrínsecamente malo. Las organizaciones están conformadas por hombres y mujeres y de su moral, de sus valores, sus prácticas y motivaciones, depende, mucho más que de la arquitectura organizativa, la eficacia y la habitabilidad de las mismas.
Digo, por tanto, que el partido revolucionario debe conservar siempre su vocación de poder, lo que implica determinadas pautas organizativas que le den capacidad real de conspirar, pero en tanto y en cuanto es también (y fundamentalmente) “intelectual colectivo”, debe garantizar de manera indeclinable la más absoluta circulación de ideas, debe garantizar la capacidad de incidir en la línea y en la vida real del partido a cada uno de sus militantes. Esta es la parte criticable de cierta apropiación del concepto leninista de partido, justamente para inhibir ese intelectual colectivo.
La lógica militar de la que hemos hablado debe ser aplicada en zonas muy específicas de la vida partidaria y de manera general en los momentos extremos que no permitan otro modo de democracia interna que no sea el de “delegación e intermediación”. Pero en los momentos que esas condiciones extremas no se dan (que generalmente es la mayor parte del tiempo) el partido debe practicar la más amplia democracia, entendiendo por democracia, el debate, la confrontación de las ideas, el respeto a las eventuales minorías, la horizontalidad de las discusiones y las decisiones de amplio consenso, la rendición de cuentas y la plebiscitación de aquellos temas puntuales que pueden suscitar polémicas o no fueron contemplados en los procesos asamblearios donde se define, se construye y articula la línea política y que por lo general distan varios años unos de otros.
Es un hecho por todos conocido que cuando la “organización leninista del partido” es sinónimo de “ordene y mando” lenta pero inexorablemente se llega a las lealtades personales, a las pertenencias a determinadas minorías que no se asumen como tales pero existen y operan en el seno de la fuerza. El partido como paradigma se vuelve “otra versión” de la misma sociedad caduca en tanto y en cuanto reproduce sus mecanismos y miserias con la aparente justificación de que sirven a otros fines, luego los fines y las personas se confunden y se funden y se termina identificando el futuro y el presente, con el futuro y el presente de un dirigente determinado, volviéndose el partido una empresa generacional y no un proyecto que trasciende a quienes lo integran. Esta doble moral es lo que reduce al partido a su mínima expresión posible, ya que es la fuerza centrífuga que termina haciendo una selección inversa entre sus cuadros. Se acusa de principistas y formalistas a quienes en realidad tratan de imponer una práctica coherente con los valores que dan razón de ser al partido en cuanto paradigma. El disenso es puesto como amenazador de la vida misma de la organización, el celo metodológico, como problemas personales entre sus miembros. Nada nuevo hay en definitiva en todo esto ya que es parte de la vieja mitología stalinniana: la permanente instalación de falsas dicotomías entre forma y contenido, entre política y principios, entre medios y fines que es lo más antimarxista que se nos pueda ocurrir. Todo lo contrario es deseable y por cierto posible. La unidad ideológica del partido solo se alcanza a través del acatamiento de las resoluciones colectivas y nada tiene que ver con un hipotético pensamiento monocorde y mucho menos oficial. Incluso las tendencias y eventuales mayorías y agrupamientos (dicho sea de paso como sucedía en los tiempos de Lenin) son aceptables si se respetan los acuerdos y resoluciones y es más honesto y revolucionario asumirlas que negarlas, ya que en definitiva muchas veces se las emplea de hecho y en la sombra. El centralismo democrático no puede ser la cáscara de la hipocresía, un escudarse en frases como “el colectivo”, el “partido”, “nosotros”, que generalmente (y así entrecomillados) no son más que la voluntad de uno o de unos pocos. Por eso decía al principio que no había ninguna forma organizativa que “garantice” determinadas pautas de comportamiento, sí es verdad que determinadas arquitecturas organizativas son más permeables ha ser usadas de manera discrecional que otras y esto es tan evidente y está tan abonado por la historia de la humanidad que no merece comentarios.
El partido debe entonces conservar su esencia, sus capacidades y atributos, su sentido revolucionario de democracia, lo cual no quiere decir (tampoco en este caso) que no deba incorporar aquellos valores, prácticas y mecanismos que han pasado a tener carácter universal para toda la humanidad. El voto directo y secreto para algunas instancias como pueden ser las de elección direcciones, la revocatoria de mandatos, el plebiscito, los despachos por la minoría, no pueden ser descartados, deben ser manejados y ubicados y son tan válidos y deseables como el consenso mismo. Nadie duda que un partido realmente revolucionario debe conservar espacios organizativos que por su propia esencia y especificidad no pueden ser democratizados (en un sentido asambleario) e incluso deben permanecer compartimentados, pero no son tantos como para imprimir a toda la organización características que tienen como resultado un conocimiento diferenciado de la realidad (tanto interna como externa) y un uso discrecional y, por tanto, muchas veces interesado, de la información y del aparato o estructura partidaria. No hay dudas que el grueso de la vida del partido debe discurrir con la menor cantidad posible de intermediación y de delegación de las facultades y de la soberanía de sus miembros. Esto es una cuestión vital ya que es imposible la construcción de un “intelectual colectivo” sin esa soberanía de la inteligencia.
El “centralismo democrático” no es intrínsecamente un sistema perverso, lo que es perverso son algunas interpretaciones que de él se hacen. Creo sí y con honestidad, que al menos de la forma que yo lo conozco, tiene serias limitaciones y se presta con mucha facilidad al desarrollo de fidelidades personales y al uso del aparato como homogeneizador y hasta domesticador de voluntades, lo cual es una especie de suicidio colectivo, porque no solo se quita la riqueza que el partido pueda tener, sino que lo que es aun más grave, inhibe la posibilidad de que el partido se rectifique a sí mismo. Estoy hablando del “centralismo democrático” y con más razón aun cuando ese “centralismo democrático” es solo “centralismo”. El solo hecho de la tremenda intermediación hace que en la práctica lo que nace en la base de la pirámide como crítica, llegue al vértice como slogan o mero enunciado. Quedan reducidas así cosas que eran importantes y hasta fundamentales a simples preocupaciones, porque en ese proceso de intermediación muchas veces también se hace un proceso de filtrado a tal punto que en el vértice todo puede llegar a ser unánime decisión... se pierde así toda la riqueza de las ideas (acertadas o no) a manos de “relatorías y forzados consensos” que no hacen más que vulgarizar lo complejo, ridiculizar lo adverso, desconocer lo disonante. Esta es una de las razones por la cual no sirve este esquema para la construcción de contenidos, que dicho sea de paso es uno de los grandes problemas de todas las organizaciones revolucionarias: organizaciones abnegadas, organizaciones heroicas, pero organizaciones muchas veces que caen en la inercia del oposicionismo víctimas de su propia mediocridad.
III
Acerca del estado
Con respecto a este tema no estaría de más decir que los comunistas estamos por la abolición absoluta del estado ya que todo estado es en esencia coercitivo. A diferencia de los anarquistas para nosotros esta desaparición del estado es un punto de llegada y no de partida, lo cual quiere decir en principio dos cosas: Primero, que vemos la construcción de la nueva sociedad como un proceso. Y segundo, que en ese proceso el estado tiene un rol fundamental. Es justamente por su carácter coercitivo que el estado adquiere esa importancia, la diferencia es que esa coerción es ejercida para liberar a la clase oprimida, la que está en la base de la sociedad.
Ya tenemos aquí dos elementos aparentemente contradictorios. Uno la necesidad de abolir el estado y el otro la necesidad de que el estado sea un instrumento apto para la emancipación absoluta del hombre.
Este proceso bidireccional es un buen parámetro para medir la calidad y profundidad de cualquier proceso revolucionario, porque si hablamos de un rol del estado y hablamos también de un punto de llegada que es de disolución del mismo, estamos diciendo que el principal rol del estado es de disolverse, de ir transfiriendo a lo largo de un proceso de “tránsito” sus facultades a la sociedad toda, es decir: al pueblo organizado.
Este es un tema interesante y sobre el cual se ha escrito menos. La gran mayoría de los escritos marxistas se refieren a los procesos que culminan con la toma del poder, pero poco o nada a los problemas del llamado “tránsito al socialismo y al comunismo”. Pero lo que me interesa abordar ahora es otra cosa y no este aspecto sino más bien el aspecto más estructural de esta cuestión. Dejemos en claro sí, que todo lo dicho en relación a la organización leninista sirve también en este punto ya que toda forma organizativa genera una “forma de ser” y esta a su vez una cultura. Esa cultura que ya posee la organización revolucionaria antes de la toma del poder, es el paradigma de sociedad (como ya dijimos) que implementará en la construcción de lo nuevo. Como no recordar aquí aquello de las armas melladas del capitalismo a las que hacía referencia Ernesto Guevara.
En otros trabajos ya he intentado analizar este aspecto estructural del nuevo estado. He señalado muchas veces, que la mayoría (yo diría la totalidad) de las experiencias socialistas se han definido así mismas como “repúblicas” (democrática, popular, socialistas). Y a pesar de que las experiencias han sido muchas y de diferentes características (incluso con diferentes arquitecturas) la palabra “república” no puede dejar de remitir a la revolución francesa y en consecuencia a la separación de la iglesia del estado y a la división e independencia de poderes. En consecuencia y a la luz de estos elementos habría que definir en principio si somos o no republicanos.
En caso afirmativo (como es mi opinión) tendríamos que oponernos a todo estado “confesional”. Y esto aunque suene antiguo me parece cardinal en estos tiempos de finales del siglo XX principios del XXI, ya que este fenómeno se nos vuelve a presentar con más fuerza incluso que durante la Edad Media.
El estado confesional es inaceptable por cientos de razones... por antidemocrático, por ahistórico, acultural, por mesiánico, etc., etc. ... sean estos estados judíos, musulmanes, católicos, protestantes e incluso ateos (ya que el “ateísmo militante” termina siendo también una ontología[4]). El estado nacional es nada más, y tampoco nada menos, que una figura jurídica y así debemos reivindicarlo. Nada tiene que hacer por tanto (ni a favor ni en contra) con respecto a la espiritualidad del hombre. Esto (repito) es sumamente importante porque creo que no solo el pasado sino el presente de la humanidad demuestra el peligro de los estados confesionales, estados que siempre han conservado la misma lógica, desde las cruzadas hasta la guerra contra el terrorismo, pasando por la conquista de América, África y Asia, la guerra del Ulster, los Balcanes o el fundamentalismo musulmán. Es decir, “si Dios nos hizo a nosotros, debe ser que los demás han de ser cualquier otra cosa menos seres humanos”. La existencia de religiones “oficiales” (como es el caso de muchos de nuestros países) es una forma solapada de continuidad medioeval en el estado moderno y si no veamos la reciente experiencia boliviana donde al poner a las religiones de las nacionalidades indias a la misma altura que la iglesia católica se ha formado un revuelo increíble. El estado nada tiene que ver con la espiritualidad del hombre, incluso la nación (que es una figura no legal sino cultural) muchas veces alberga en su seno a distintas confesiones y si no veamos el caso de Palestina. Palestino era Jesucristo que era judío, palestino eran los seguidores de Jesús que eran cristianos y más tarde también lo fueron los seguidores del profeta Mahoma. Por eso es tan inaceptable el estado de Israel como el de Irán o cualquier otro estado que obligue a sus ciudadanos a tomar una postura predeterminada en relación a sus creencias más íntimas. Muchas veces somos condescendientes con muchos movimientos o países confesionales (y otros no confesionales pero de dudosa moral) por su simple oposición al imperialismo, lo cual nada aporta y mucho confunde... y sobre todo nos confunde.
El otro aspecto tiene que ver con la división y necesaria independencia de poderes, cuestión que está íntimamente ligada con lo que ya hemos planteado acerca de los derechos humanos y posibilidades de desarrollarse en plenitud como individuos. Esta división y esta independencia de poderes, es lo único que parece garantizar el estado de derecho no solo por el mutuo contralor sino porque es la justicia la última instancia de preservación del individuo.
Ya lo he dicho en otras ocasiones, yo soy partidario de la no superposición del partido revolucionario con el estado y lo he explicado detalladamente en “Democracia y socialismo”. El partido, en resumidas cuentas, no tiene que mutar de condición con la toma del poder. Su función sigue siendo la de concientizador, la de vanguardia, la de garante del proceso y eso resulta imposible cuando partido y estado son la misma cosa. En esa misma línea creo también que debe existir la libertad de asociación y en consecuencia la posibilidad de que existan otros partidos políticos y organizaciones civiles independientes. Es decir, nuestra crítica al capitalismo no puede empañar la visión del sistema republicano, ni restringir nuestro concepto de las libertades y derechos que son inherentes a toda persona. Una cosa es el estado burgués y otra cosa muy distinta ha de ser el nuevo estado, pero en el sentido de que lo que una solo enuncia el otro hace efectivo. “Libertad, igualdad, fraternidad” sigue siendo una buena bandera, el problema es que en manos de la burguesía siempre ha sido una (en el mejor de los casos) expresión de deseos, cuando no una ironía. Me parece interesante, en definitiva, analizar las nuevas experiencias y los fundamentos de la llamada “democracia participativa” de la cual la constitución venezolana puede ser un buen ejemplo. No por caer en un nuevo fetichismo pero en Venezuela se abre una experiencia “no clásica” que intenta revolucionar la sociedad a partir de la construcción de una nueva legalidad: el proyecto político, el programa revolucionario, la propia ideología, es la constitución nacional. Otro antecedente sería el del movimiento zapatista. Más allá de las posibles valoraciones de ambos procesos, queda claro que a partir de una nueva legalidad se puede “matar al pez por la boca” dando a partir de este hecho un nuevo sentido y un nuevo significado al discurso hueco del modelo imperial de democracia. Las constituciones pueden y deben garantizar no solo los derechos humanos y ciudadanos, sino también los derechos económicos, ecológicos y medioambientales, y los derechos culturales y nacionales de los distintos pueblos que forman el estado nacional.
Hay que retomar el camino de la “vía chilena” al socialismo, no como “la vía” sino como un aspecto que no hemos desarrollado en la profundidad que hemos desarrollado otros aspectos o posibilidades de acceso al poder y modelos de democracia. Creo que no debo aclarar a esta altura de todos mis trabajos anteriores, que los medios y los modelos tienen que ver con las condiciones reales en momentos determinados y específicos, todos son válidos siempre y cuando se los aplique en el momento preciso: los métodos son "consecuencia" de las condiciones reales en que la lucha se desarrolla. Por eso en las actuales condiciones es imperioso desarrollar otros aspectos del accionar revolucionario. En definitiva, todo lo que subyace bajo todo esta línea argumental no contradice en nada los axiomas clásicos del pensamiento revolucionario, ya que todos estos proyectos llevan implícitos la necesidad de “destruir” el estado burgués a manos del partido revolucionario quien en definitiva será también quien construya esa nueva legalidad. Por tanto, no hay ninguna contradicción tampoco entre revolución, estado, división e independencia de poderes y democracia.
Por último quiero resaltar lo que ya hemos adelantado hace un instante... y es que por toda esa visión de la historia que desarrollamos en los puntos anteriores, no nos que más que refundar el Estado Nacional no solo como una república sino también como una unidad multinacional, pluricultural y multiétnica. Esta refundación parte de la premisa de reconocer que todos los que estamos en esta tierra más allá de las circunstancias históricas y sociales tenemos el mismo derecho a existir y desarrollarnos acorde a nuestras particulares cosmovisiones. Y en este sentido es que la revolución en América tiene que ser fundamentalmente un hecho de la más absoluta justicia y de reparación histórica.
No voy a fundamentar sobre este particular porque ya lo he hecho ampliamente en mi ensayo sobre la naciones indias que no solo desarrolla conceptualmente toda esta problemática, sino que además es una verdadera propuesta de implementación que tuve el gusto de discutir no solo con algunos especialistas en el tema sino también con muchos integrantes y dirigentes de las propias comunidades.
Estos han sido algunos aspectos que como habrán visto están todos interrelacionados a pesar de que cada uno tiene su propia dimensión y complejidad. Como dije al principio, remiten y complementan anteriores trabajos que he escrito y como siempre no quieren ser una última palabra (ni siquiera una opinión definitiva) sino al menos un poner sobre la mesa lo que generalmente ocultamos bajo la alfombra.
[1] Estamos hablando concretamente que si eran correctas las teorías de Taylor y Morgan acerca de que la humanidad tenía que pasar inexorablemente por una serie de estadios hacia la civilización, si las teorías de Darwin acerca de la selección natural y la evolución de las especies eran transportables al hombre y a la sociedad... América quedaba evidentemente ubicada en la prehistoria y hasta el capitalismo (como decía aquel artículo de Marx sobre la India) era civilizador por cruento que fuera.
[2] Fíjense que no he utilizado la tan trillada frase “emancipación total del hombre” porque justamente pretender que con la eliminación de la sociedad dividida en clases vamos a terminar con todos los problemas de la sociedad me parece religioso o al menos un a priori que no me interesa sostener hoy por hoy.
[3] Rosa Luxemburgo creía que una organización así podía ser utilizada en sentido autoritario.
[4] Los soviéticos acuñaron el término “ateísmo científico” deducido obviamente (y aunque parezca contradictorio) de su religión de la materia.
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