La percepción del otro en la cultura
En un libro tan perturbador como interesante, el filólogo búlgaro Tzvetan Todorov, aborda uno de los temas, que en mi opinión, constituye el problema fundamental de todo proceso intercultural: esto es el de la percepción que se tiene del “otro”.
Para ello se vale de un “relato ejemplar” con el que va explorando las distintas posibilidades de ver a ese "otro diferenciado" que no es nadie en particular, sino más bien todo aquel que no es “nosotros mismos”. El relato que elige es “la conquista de América” (nombre con que a su vez titula el libro al que hacemos referencia) y que en realidad no es totalmente el relato de un tercero, sino su propia voz articulando la voz de los propios actores de la conquista, que amalgamadas van conformando un discurso más amplio, cuyo gran mérito es contener todas las posibles actitudes ante ese otro diferenciado y desconocido que tarde o temprano todos los pueblos del mundo han tenido que enfrentar.
Desde los diarios de Colón, a los de Hernán Cortés, pasando por los dichos de Moctezuma, los tratados de Fray Bartolomé de las Casas, las crónicas de Durán, de Sahagún o Cabeza de Vaca, cada cita de este relato aglutinador, sirve para ejemplificar una actitud determinada de ese extrañamiento que parece haber nacido con el hombre mismo. Lo interesante y no casual, es que un filósofo y filólogo búlgaro, radicado en París y de fama mundial, encuentre en la historia de nuestra dominación aquel relato capáz de abarcar, de contener en su interior, todas los relatos, todas las distintas posibilidades de asumir al otro, cosa que pocas veces sucede ya que lo universal (correctamente formulado) no puede ser más que la sumatoria de un sin número de particularidades y fenómenos de igual categoría (por disímiles que estos sean o parezcan serlo) y el hecho de que aquí se hayan combinado todas las formas posibles de asumir al otro es una prueba más de lo rico y de lo complejo de nuestro proceso identitario. Bueno sería remarcar esto como primer dato interesante.
Este problema de asumir al otro, de verlo como en realidad es y no como nosotros pretendemos sea, es quizás la explicación más seria y profunda de la incapacidad de ser humano del hombre. Eso si se entiende al hombre no como un hecho sino como una posibilidad, es decir hay un hombre genérico, un especimen humano y existe también la humanidad del hombre como valor, como una serie de preceptos, actitudes y sentimientos que son deseables y que por tanto pasibles de convertirse en paradigma. Esa "humanidad"como valor, que ha sido el tema central de la filosofía (el famoso ser en plenitud) no deja de ser un proyecto, un paradigma cultural hacia el que caminamos y no está mal que así suceda, lo malo es que la pasión y la vehemencia nos lleven en definitiva a violar esos principios, esos valores que supuestamente perseguimos y que dejan de ser en verdad humanos cuando excluyen al "otro diferenciado".
Alguien dijo parafraseando a Aristóteles que el hombre es un animal simbólico y el símbolo no deja de ser una relación significado/ significante que está en la base misma de toda cultura. No se trata por tanto de asimilar el universo simbólico del otro (lo cual representaría una participación en su cultura) sino al menos un conocimiento lo más profundo posible del mismo y el reconocimiento de que tiene la misma entidad y jerarquía que el nuestro... o la menos, el mismo derecho de constituirse en camino paradigmático que merece ser explorado.
Es indudable que desde que el hombre está sobre la tierra siempre ha tenido una actitud beligerante con el medio. Ya los mitos dan cuenta de que el destino del hombre (del que pende también su existencia) ha sido siempre culturar la naturaleza. El hombre es (y ha sido siempre) el demiurgo que organiza el caos pero, a diferencia de los dioses, a una escala menor del universo. Es él el que ha tenido que domesticar la planta, la bestia, construir los utencillos, la vestimente y la morada, para poder conjurar, neutarlizar, lo impredecible, lo imponderable, lo que se opone a su existencia o la amenaza. Dentro de esa actitud cultural ante el medio esta el "otro diferenciado" aquel que no responde a la propia genealogía, a la propia cosmovisión, al ethos social que me cohesiona al grupo. El otro nunca es reconocido como igual (incluso como hombre) porque siempre tendrá una calidad diferente a la nuestra ya que en el "nosotros" siempre hay implícito un mandato civilizador en sentido culturador, lo cual explica la actitud etnocéntrica como algo aparentemente inherente al hombre mismo.
Como hemos dicho ya en otros trabajos, no hay un solo pueblo del mundo que no se llame así mismo: "la gente", no hay una sola religión que no diga que Dios nos hizo a "nosotros" y si "nosotros" somos "los hombres" los demás deben ser necesariamente otra cosa. Esta dificultad de ver al "otro diferenciado" como un igual al menos genérico no es patrimonio solamente de los supuestos "salvajes" sino de toda la humanidad incluído occidente. Lo que surge sí, son distintas actitudes o posibilidades dentro de esta limitación básica. Desde proyectar sobre el otro lo malo o lo bueno que tengamos dentro, a medirlo dentro de una lógica que les es totalmente indiferente. El punto es que ese mandato, el rol que nos adjudicamos a nosotros mismos como cultura o civilización, lo que impide ver al otro como un igual. Es decir ese etnocentrismo no es un etnocentrismo que se reafirme a sí mismo y nada más, sino que tiene un componénte mesíanico que necesita la destrucción del otro. Destrucción que de no ser física al menos tiene que ser cultural, espiritual, esencial.
El libro de Todorov creo que muestra eso. Como personajes tan disímiles entre sí como Colón, Las Casas y Cortés, que tienen hasta posiciones encontradas tanto en los métodos, como en la actitud, como en la mirada hacia el "nuevo mundo", comparten de manera inexorable un mismo objetivo que es convertir al otro, volverlo parte del "nosotros". Uno prefiere destruirlo, reconstruirlo a través del desarraigo, del aislamiento con sus tradiciones, con su historia, sus explicaciones del universo y la creación, otro trata de justificarlo de verlo en una especie de infancia, como un niño perdido que no conce su linaje, pero que no está del todo perdido o condenado porque lleva en su sangre (aun sin saberlo) las claves de la salvación que no son otras que las nuestras. Fíjense que uno de los argumentos prfereidos de los defensores de indios es la teoría de la famosa tribu perdida de Israel. Los indios serían desendientes de esos antiguos hebreos y hasta sus prácticas más "aberrantes" serían no condenación sino "prueba" de ese linaje: Las Casas argumenta que los hebreos también hacían sacrificios y que el propio Abrahan sacrificó a su hijo en honor a Dios quien a su vez mandó su hijo a que lo mataran par salvar nuestros pecados. Nada de esto por tozudamente bien intencionado, termina contemplando la mirada del otro. No deja, en definitiva, de ser pura proyección, ya sea del que ve en los dioses de piedra al demonio y en los sacrficios y el canibalismo al infierno mismo en la tierra, como quien ve al indio como un niño perdido, que no lo es, y le adjudica una inocencia que no tiene.
El rasgo común de ambas posibilidades es la no participación del otro en la percepción. Colón habla en su diario permanetemente de lo que los indios "le dijeron"... y Colón (y todos los que con él se hallaban) no entendieron nunca una sola palabra de lo que los indios hablaban. Sencillamente sucedía que tan etnocéntrica era la mentalidad del conquistador que se daba por descontado, no solo el esquema lineal ascendente de la civilización como categoría, sino que además (y por la misma razón) la lengua propia era "la lengua" y en todo caso el no manejo de la misma no implicaba su desconocimiento sino más bien la animalidad, el salvajismo y por ende la impericia del otro diferenciado. Y esto está en la base misma de occidente ya que una de las posibles y probables etimologías de "bárbaro". "Bárbaro" es la onomatopeya, el balbuceo de los extranjeros que querían y no podían hablar en griego: bárbaro de bar bar . La otra sería ber ber de berebere pueblo del norte de África (es decir la costa opuésta, antítesis y antípoda del mundo y de Grecia) que en realidad no era otra que Cartago, una de las civilizaciones más grandes de la tierra pero que como lamentablemente fue vencida por otro imperio (el romano) fue lisa y llamamente borrada de la historia, incluso quemada y sembrada con sal, demonizada (casualmente también acusados de sacrificar y de, supuestamente, comerse a sus hijos) etc., etc. Colón no comprendía al otro, no quería conocerlo, sino más bien estaba preocupado en descifrarlo, en entender la onomatopeya, el balbuceo del buen salvaje (primero), convertido después en caniba una vez que se decepcionó de él. Pero no era Colón... el rey, la corte y todo el mundo medioeval pensaban lo mismo (no solo el bueno de Cristobal) una de las medidas impuestas como defensa de los indios ante el celo evangelizador y la sed de riquezas, fue justamente leerles un "requerimiento". Esta era una pieza obligatoria que todo adelantado debía leerle a los salvajes ni bien se presentaba el primer contacto. En ella se les persaudía de que abandonaran sus idolatrías y prácticas abominables y abrazaran la fe de Cristo y la obediencia a su representante en la tierra: el rey. Esto es como si ahora bajara una nave intergaláctica y un hombrecito verde me alumbrara con su dedo encandecente y como yo no interpretara lo que me dijera, ese dedito y esa lucesita se conviertiera en rayo que me terminara calcinando. No fue distinto lo que pasó entre Atahualpa y el cura Valverde.
Paradojicamente fue Cortés (el gran matador de México) uno de los pocos (y seguramente el primero) que quizo conocer al indio. Cortés domina México no solo porque se comunica positivamente con el otro a través de los intérpretes (la Malinche traduce del tlaxcalteca al azteca y un soldado de Cortés del azteca al castellano), sino porque explota las contardicciones políticas, los conflictos, ahonda en los mitos, miedos y creencias del otro y él mismo se presenta, no como el otro desconocido y diferenciado, sino como el dios de las propias profecías del dominado. Cortés es el primer etnólogo de América no solo por el método sino también por el fin, ya que como repito siempre que tengo la oportunidad, las ciencias arqueológicas nacen como ciencias de la dominación, y Hernán Cortés debe ser reconocido como su más preclaro antecedente en nuestro continente.
Pero como sucede siempre, nada es blanco o negro y mucho menos lineal. La misma percepción distorcianada del otro termina generando más de una vez el efecto inverso al pretendido. Las Casas en su larga y compleja polémica en las cortes se va convenciendo a sí mismo al tiempo que trata de convencer a sus contendores y al final de la vida abandona ya el problema fundamental que planteamos, ya que se da cuenta que su dios no es ni pudo haber sido el único, o en todo caso ese dios único no sería patrimonio exclsuivo de nadie, y cada pueblo diseminado por la tierra tendría una historia en común con él y un modo particular de relacionamiento, de percibirlo, de ofrendarle, de servirle. Las Casas es quizás (y por este motivo) uno de los hombres que más se acercó a la verdad de la percepción del otro de aquellos que llegaron. Pero las posibilidades son y fueron muchas... hay un ejemplo en el libro del búlgaro que es interesante y es el de Guerrero un miembro creo que de una expedición anterior, que se termina volviendo indio... es uno de los generales americanos que mejor combate a Cortés ya que conoce las tácticas y trucos de las armadas espeñolas. Guerrero seguramente para adoptar la cosmovisión del otro tiene que haber llegado a la conclusión de que su cultura era decadente o al menos que la cultura del otro era superior. Ahora bien alguien pudiera pensar que este caso de Gonzalo Guerrero haya sido un caso ecepccional, sin embargo no es así ya que hubo muchos casos (incluso si tenemos en cuenta que los casos registrados siempre son minimos en relación a los realmente ocurridos) lo que pasa sencillamente es que la cultura oficial simplemente se "avergûenza" de estos casos y por ende o los olvida interesadamente o como es el caso de Guerrero lo demoniza ya desde el principio, desde la propios relatos de los primeros cronistas. Evidentemente no ha sido una de las opciones más características de la conquista, pero existió y en algún momento le vamos a dedicar al menos unas lineas. Lo que si vale la pena adelantar es que cuando hablamos de la porblemática de percibir al otro, bien pudiéramos estar hablando del mestizaje propiamente dicho y de las diferentes actitudes que hay hacia las culturas preexistentes y de estas hacia la oficial que se pretende imponer.
No obstante esta actitud "Guerrero", tuvo opciones menos radicales y si más extendidas, como es la de la proyección en sentido idealizado, que no imlicaban la adscripción a la cultura del otro: la teoría del "buen salvaje" que nace en algunos pasajes del diario de Colón, en los tratados de Las Casas y sobre todo en los de Pedro Mártir de Anglería, tiene una repercución directa en el surgimiento del pensamiento utópico ("utopía" de Tomás Moro, "Atlántida" de Bacon y "Cívitas Solis" de Tomasso de Campanella) y este a su vez en la conformación del pensamiento socialista y socialista científico, pasando claro por los "essais" de Montagne y "el origen de la desigualdad del hombre" de Rosseau y la Revolución Francesa. Es decir, la percepción deformada del otro, en este caso proyectando los anhelos y mandatos incumplidos de la propia cultura, termina generando una propuesta superadora o posibilitadora de esos sueños incumplidos: el descubrimiento de América posibilitó el surgimiento del capitalismo y al mismo tiempo el de la ideología llamada a sustituirlo. Es muy interesante bucear en la mitologia medioeval (incluso en la de los pueblos originarios de Europa, como los cantabros, britanos,etc) para ver el peso de la utopía en el imaginario y en la sicología del hombre de aquella época. La fascinación por lo exótico mezclada con el desconocimiento del mundo y la proyección de sus miedos y supersticiones, hizo del conquistador practicamente un niño ante ese mundo que triplicó en un solo día su tamaño. Es muy interesante confrontar, por ejemplo, el diario de Marco Polo con el de Colón para darse cuenta de que en el del marino se transcriben párrafos enteros de el que fue a la China: las descripciones de los hombres con "hocico de perro" es una de las más notorias. Quiero decir con todo esto que el conquistador veía lo que en realidad quería ver, él no quería conocer o descubrir, quería confirmar sus sueños y deseos, pero también sus miedos y peores sospechas. Esta sería la otra posibilidad, la del espejo, la de ver reflejado en el otro lo peor o lo mejor de nosotros mismos, aunque el aspecto negativo de esa devolución de la imagen es sin duda la que preponderó en el proceso. Lo que se vio aquí estaba condicionado por la estructura misma del pensameinto occidental que es, a diferencia del pensamiento americano, un pensamiento que se desplaza en medio de una lógica de opuestos irreconciliables (dios separó la luz de las tinieblas, lo seco de la mar, "el que no recoje conmigo desparrama" decía Jesus, etc, etc). Esas eran las dos opciones... o ver en estas tierras el paraiso o ver el mismísimo infierno... Colón, igual que muchos otros seguramente, pasa por ambas, su diario día a día se va tiñendo de impotencia, ya que no logra dar ni con el oro ni con el Kan, y es esa impotencia la que va alimentando su intolerancia.
Y es así como al fin llegamos a la palabra mágica, trágica, fundamental e inobviable: "intolerancia". La percepción del otro de manera veráz es sumamente dificil ya que siempre la mirada está cargada de un conocimiento y una experiencia vital (individual y colectiva) y de un sinnúmero de cosas más que en realidad constituyen un complejo cultural que nos condiciona en tanto y en cuanto es el apriori observacional con el que nos enfrentamos a lo desconocido... y esto no por trágico es menos cierto. Se me ocurre, en todo caso, que dado lo universal de este problema, lo extendido en el tiempo, ha sido en cierto modo inevitable. Todos los relatos del exterminio universal, los rios de sangre, la crueldad más tremenda no han servido indudablemente para cambiar la naturaleza del poder, pero quizás si para cambiar la subjetividad del hombre. Pareciera que recién hoy que la globalización ha llegado a donde ha llegado, el hombre (en sentido universal) ha tomado conciencia de esta dificultad y lo ha hecho con una mezcla de reflección y de perjuicio propio, ya que ese paradigma desconocedor del otro diferenciado cada vez que llega a un lugar se estrecha, aguza su haz para volver a excluir, poniendo nuevamente en evidencia su limitación e incapacidad. La guerra como fenómeno permanente y universal no es más que la constatación de esta dificultad ya que hay suficiente prueba empírica como para convencer al más ecéptico de los científicos de que la diversidad del mundo es un hecho incontestable y permanente, y que a pesar de la dominación material, a pesar de la interculturalidad, de lo dinámico de esos procesos de préstamos y adquisiciones, a pesar de su carácter traumático o no traumático, las culturas resisten y nada hay que diga que dejarán de hacerlo... resisten resistiendo, resisten asimilando, resisten conquistando espiritualmente a quienes las oprimen, pero resisten, y el mundo hoy (por dar un solo ejemplo) en los inicios del 2007 no habla de cosas diferentes a las que hablaba Godofredo... la guerra de Irak y de Afganistán, el discuros del Papa acerca de los musulmanes, conservan la misma lógica, la misma percepción del otro que la que occidente tenía de Oriente durante las cruzadas. Claro en muchas cosas en nada nos diferenciamos con esos pueblos tan aparentemente distintos (autos, internet, etc. etc.) y en otras seguimos tan distantes como siempre o aun más... el problema de la percepción del otro en la cultura es el tema fundamental (desde esta lógica) de la supervivencia de la especie humana. Este problema lejos de atenuarse se profundiza por una simple razón física, porque el mundo es cada vez más pequeño en comparación a quienes lo habitamos y los contactos e interacciones (a lo que podemos llamar globalización) son cada vez más continuados y exacervados. La simple solución de este problema implicaría solo un cambio de actitud, un renunciamiento a los supuestos mandatos que nos habrían dado el derecho, no solo ya de hacer un mundo a nuestra imagen y semejanza (nada sería eso) sino de erradicar de ese mundo al otro que también tiene linaje y por ende puede fundamentar su derecho a consumarse en un mundo visto e inteligido por sus propios ojos. Toda categrización implica una jerarquia y toda jerarquía se constituye en linaje y a su vez en ontología, por tanto es la necesidad de categorizar lo que nos arrastra al ojo de la tormenta cuando en realidad de lo que se trata es simplemente de tomar nota, de registrar lo más objetiva y desapasionadamente la realidad a la cual nos aproximamos. Cada nación es una construcción delimitada por el tiempo y la geografía y en definitiva ha sido la mejor respuesta posible a esas dos dificultades concretas, su sola existencia es prueba de ello y cualquier intento de conmensurar lleva implícito el paradigma del que mide, eso ya hemos dicho es inevitable, lo que hay que cambiar simplemente es la vocación mesiánica, la voluntad de sustituir y aniquilar al otro en una especie de apriori civilizatorio. Muy distinto es la interculturalidad en sentido positivo (no traumático) donde cada cultura toma de la otra lo que le sirve o lo que supera su horizonte. De hecho así ha funcionado el mundo hasta hoy y es muy probable que lo siga haciendo... lo que habría que quitar del medio es el tema de la dominación porque es en ese aniquilar al otro donde nos aniquilamos a nosotros mismos como sucede hoy y ha venido sucediendo siempre. Queda por tanto lo único que nunca hemos hecho: ensayar un diálogo en igualdad de condiciones que nos permita capitalizar toda esa rica diversidad que la historia ha ido generando durante miles y miles y miles de años y de la que no es solo "el hombre" el único dueño sinó también "la tierra" que lo ha modificado de tantas formas diferentes. No hay por tanto más que una sola genealogía, una sola historia y un solo escenario, todo lo demás es solo tozudéz, impiedad, incomprensión... el gesto del que muere enterrando el puñal pero no consigue tampoco vencer, que muere y no deja otra semilla que no sea la de la maleza que asfixia al capullo clausurando por siempre la primavera.
1 comentario:
maestro
cada dia me sorprende mas como ustedes en distintos lugares publicos o centros o locales tanto en el interior o frontis de ellos los llenan de formas y colores y cada dia mejor y se multiplican,los sigo de cerca en las publicaciones que hacen y me pican las manos por estar pintando
entre todos ahi,un gran abrazo
y adelante
nos volveremos a ver pintando juntos
mono
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